lunes 10/8/20

Confinamiento en alta mar

Confinamiento en alta mar

Confinamiento. Bonita palabra. La RAE la define primero como acción y efecto de confinar (recluir algo o alguien en un lugar), pero yo desde luego, o en este caso nosotros, nos quedamos con la segunda definición: pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio.

Inciso. Cuando hablo en plural me refiero a las nueve vidas que trabajamos este barco mercante de casi cien metros de largo y unas 5.700 toneladas de peso muerto. Somos siete cubanos, un colombiano y un español compartiendo vida y vivencias durante unos cuantos meses. Navegando principalmente en costas europeas en lo que se llama transporte de corta distancia, en este momento viajamos de Porto Torres (Cerdeña) a Pasajes (País Vasco), pero bueno no he venido a hablar de navegación eso se lo dejo al Cuaderno de Bitácora. Continúo,

El hecho de vivir recluidos es algo que conocemos de sobra los marinos mercantes, una cláusula escrita y en mayúsculas en los contratos que firmamos antes de subir a bordo. Los contratos para este buque son de 6 meses +/- 1, hay gente que como el cocinero se pasan aquí más de media vida (8 meses al año) y otros como los oficiales que no suelen llegar a 6. Desde tierra se puede ver esto como una eternidad, un suplicio a merced de una compañía naviera que se excede en exigencias y lo paga caro o también como una vida de piratas de cuatro locos que le tienen miedo a la vida terrenal. Desde dentro les aseguro que no es así.

Si nos pasamos este tiempo flotando sobre el mar no es solo por un salario más que digno, sino por esa sensación única de echarle un pulso al tiempo y bailar un tango con la mar, esa melancolía romántica que le tenemos a este entorno y lo más importante a mi parecer, el hecho innegable de que somos una parte muy importante de la cadena productiva que hace que mis padres o los tuyos tengan todas las posibilidades que tienen, que los hijos de todos estos hombres tengan una carretera sobre la que caminar al colegio o sus mujeres puedan seguir trabajando porque las provisiones no dejan de llegar del mar.

Todo esto suena muy bonito, y de veras que lo es, pero la situación se está poniendo cada vez peor y a la postre puede tornarse insostenible debido a la situación mundialmente conocida. El panorama para resumir es el siguiente.

Todos los tripulantes llevamos aquí varios meses, el que menos yo con tres y medio más o menos (aquí se prefiere no contar los días exactos), y el que más el marinero de cubierta que ya lleva casi siete meses. Una situación bastante común en la vida de un marinero como ya dije antes, pero una situación bastante atípica cuando no puedes bajar del buque, porque así es, llevamos tres meses sin poder bajar de aquí y ustedes no se imaginan la impotencia que es viajar a sitios que puede que nunca vuelvas a ver, no se imaginan como es llegar a Córcega y no poder pisar sus playas, atracar en Casablanca y ver la mezquita Hassan II a lo lejos como un faro que te pide que vayas o arribar en el precioso pueblo de Vila do Conde y no poder bajar siquiera a comprar chocolate, wiski o gominolas.

Hay barcos o plataformas que viven así, pero ellos ya saben a lo que se atienen. Ya saben que entrarán allí y no saldrán hasta nuevo aviso, puede que ya estén mentalizados. Cuando de la noche a la mañana todo cambia, y con ello tus condiciones de vida, el golpe se hace mucho más duro, aunque siempre llevadero. Recuerdo el preciso momento en que cambió. En Cork, después de cerrar una taberna irlandesa, subí a bordo con destino Setúbal en Portugal. Todo iba bien y ya me imaginaba escuchando un fado en la plaza de abastos, pero fue pasando Finisterre, de una guardia a otra, cuando la compañía nos pasó el mensaje de que la situación cambiaba. Desde ese momento, nadie baja, nadie sube, me recuerda a esa ley cubana-estadounidense, pies secos, pies mojados.

Vivimos en cien metros de largo por dieciséis de ancho y no por ello nos quejamos, para nada, pero últimamente el esfuerzo es heroico cuando se trata de mantenernos alerta y concentrados en nuestro trabajo, mantener la cabeza más firme que las olas y no pensar en lo que pasa allí, porque cuanto más pienses más lo pagas. Un factor que dificulta esto, es la cantidad de información que recibimos del exterior. Siempre que podemos hablamos con nuestra familia o leemos noticias, estamos en una continua sobreinformación más siendo de países diferentes, pero es lo único que nos entretiene, es una conversación constante de datos, cifras, muertos o fases, es un trabajo mental increíble que hace que dos veces al día me tenga que ir a la proa o me esconda en la popa a leer y hacer ejercicio, para no pensar en nada. Últimamente, la mente se cansa más que el cuerpo.

Todo esto se resume en una sensación de inseguridad cuando nosotros somos los reyes de eso y aun así tenemos miedo a que se nos escape de las manos, porque está claro, que, si por algún casual llegamos a contraer el virus, no solo uno, sino todos caemos, y estando tan lejos de casa imagínense la dificultad que eso conllevaría. La protección es el pan nuestro de cada día cuando estamos en puerto.

Esa es otra, el dónde estés. Una de las mayores lecciones que he tenido esta campaña ha sido el que los marroquíes me dieran con un canto en los dientes cuando pensaba que las medidas higiénicas y sanitarias allí no existían, pues alucinaríais lo que nos encontramos. En todos los puertos europeos en los que hemos estado, desde Portugal, España, Irlanda, Dinamarca, Letonia, Francia o Italia, en todos ellos, las medidas sanitarias eran un quiero y no puedo. Los estibadores trabajaban sin nasobuco ni distancia de seguridad, a veces ni siquiera guantes, qué decir de lavarse las manos. De hecho, recuerdo que el práctico en Les Sables d´Ollone subió al puente armado con unas Rayban y ya. ¿Pues qué pasó en Marruecos? Allí solo subió a bordo un médico con toda la documentación del agente, el armador, aduanas y hasta el Espíritu Santo que necesitaba un sello. Todo lo hizo el médico. Nos tomó la temperatura, pidió más mascarillas por si acaso y un paquete de guantes. Nada más subir exigió jabón desinfectante. Al terminar nos dio su número de teléfono y mandó subir la escala para nadie más tuviese acceso al barco. 10 días nos pasamos así, nadie entra, nadie sale, el mejor puerto de largo en cuanto a medidas sanitarias.

Para resumir un poco la situación, aquí no hay fases ni fosos como diría mi querida madre. Aquí impera la ley de a bordo que es mucho más fuerte que cualquiera, ya que cuando piensas en tu salud, piensas en la de nueve tipos que hoy son tu municipio, comunidad y país. Aquí nos morimos de ganas por volver a estar con los nuestros, pero no lo haremos hasta que no sepamos que todo va a ir bien, aquí, a diferencia de lo que hacéis muchos en tierra, el mundo va primero y nosotros después, porque sin él no podremos volver a vivir bien.


 

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