sábado. 02.03.2024
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Muchas, no todas. Hay algunas que sienten justamente lo opuesto. Siguen una intuición particular, algo que, hablando de una materia líquida como el agua, se podría llamar flujo interior o, de forma más poética, llamado del océano… ya sé, en la era del smartphone, cuando ya nadie ni siquiera llama por teléfono, parece casi absurdo hablar de llamadas y más, supongo, del océano. Pero bueno, juguemos un poco con nuestra fantasía, porque realmente no sabemos bien cómo titular a esa atracción hacía el mar, ni mucho menos, de donde viene. Lo que sí sabemos, es que existen, y no solo en las películas fantásticas, los aquamen y aquawomen, los fish people, water people, gente de mar… A lo largo de la historia se ha inventado un sinfín de nombres, y todos describen lo mismo: personas, que lejos del océano no pueden estar.

Cami: Mis recuerdos más mágicos son siempre de la playa y del mar y a medida que voy creciendo, voy recordando esos momentos y eso es lo que me hace feliz. Para mí es eso, me siento bien en el agua. En cambio en tierra, en una ciudad me siento perdida y siempre me falta algo.

Fede: Mi existencia siempre ha girado alrededor del océano. En diferentes formas en diferentes etapas. O sea a través de la música, a través de las películas, a través de las series en momentos en los cuales estaba obligado a vivir fuera de mi ecosistema propio, que es la playa o el mar, y luego ya elegí que la presencia del océano sea constante.

Explicarlo en palabras a veces resulta difícil y eso que a lo largo de la historia de la humanidad, siempre ha existido esa misteriosa fascinación por el mar. Sin ir más lejos, en el siglo pasado nos lo mostró Jacques Cousteau, probablemente el oceanógrafo más conocido del mundo, a través de su pasión por el océano. Incluso los científicos han mostrado interés por el tema y no son pocos los estudios que demuestran que el mar estimula el cerebro de forma positiva.

Aún así, las personas más terrestres dirían seguramente que no es para tanto, que es una fantasía nada más. Incluso me puedo imaginar algún que otro que diría algo como "Vamos, madura, ya no eres niño.". ¿A qué sí? Y ahí está. El punto donde empieza a ponerse interesante. Donde se diferencian dos, o incluso más, tipos de personas. Y mientras unos no pueden comprender por qué cambiar todo un estilo de vida por ejemplo para estar cerca del mar, otros tienen claro que aunque lo primero que aprendemos es a movernos en tierra, la existencia no se limita sólo a la orilla.

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Cami: Es imposible de explicarlo. Ni lo intenté nunca tampoco. Me parece que fuimos la única familia en San Marino que estaba todo el tiempo en el agua. ¿Cómo iban a entenderlo mis compañeros de clase? Ahora que está de moda sí, pero en su momento no podían. Es que a mi no me importa qué es lo que hago en el agua, mientras puedo jugar en el mar.

Fede: Nunca me sentí reflejado en otras personas en mi necesidad de vivir y respirar el mar constantemente. Todos los seres al final compartimos el planeta pero no significa que todos los seres vibremos con lo mismo, o sea lo que nos estimula. En mi caso fue clarísimo, porque desde siempre, viviendo o no viviendo cerca del océano o del mar, yo tenía esa necesidad.

¿Pero qué es lo que nos provoca esta atracción hacía el mar, que unos viven y otros no? Porque existir, existe, si no, no estaríamos escribiendo (en mi caso) ni tampoco leyendo (en tu caso) este artículo. Así que seguimos con las preguntas sin respuestas. ¿De dónde viene ese sentimiento que suelen denominar con la palabra de origen griego Talasofilia (de Thalassa = mar y filia = amor)? Seguramente los antiguos griegos también tenían sus teorías, pero hasta el día de hoy, no está del todo claro. Sin duda, pueden ser factores externos igual que internos los que nos dirigen una y otra vez hacía el mar.

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Cami: Creo que viene de mi infancia. Al final es gracias a mis padres, porque ellos están en un club, en Riccione, donde hacen todo de vela, windsurf, kite. Y cuando éramos pequeños había muchas familias ahí, o sea muchos niños también, y en verano crecimos todos juntos. Puede ser una consecuencia de la forma de vivir de mi familia que me ha llevado a aficionarme al mar y a los deportes acuáticos.

Fede: Mi familia por ejemplo vivió, en una etapa, frente al mar y siempre en verano nos dedicamos a estar lo más posible en la playa. Pero mi padre no entraba al mar, mi madre no entraba al mar, mi hermano nunca fue a la playa de grande porque ama la ciudad. Justo coincidió simplemente que vivimos cerca del mar. Entonces por parte de mi familia no existe una influencia que haya creado mi amor al mar. Es algo mío.

De una u otra forma, la infancia parece ser un punto clave. Si lo piensas, hasta siendo embriones en el útero de nuestras madres ya estamos flotando en líquido. ¿Viene de ahí el hecho de cómo niños sentimos la interacción con el mar como algo tan natural? ¿Y luego qué? Los terrícolas la van perdiendo con el tiempo, esa chispa de agua salada? Bueno, como no tengo presupuesto para hacer un estudio más extenso al respecto, nos quedamos con algo que sí, parece claro: que por más que puede haber influencias externas, lo que define si tu camino te lleva al agua o no, viene de dentro.

Lo que diferencia a las personas que realmente viven el océano, independientemente de cualquier tipo de influencia externa, es algo muy intrínseco. Factores externos terminan cambiando con el tiempo, puedes vivir una época cerca del mar, luego no, puedes tener gente a tu alrededor que te llevan al agua, pero luego ya no. En cambio la esencia de cada uno, en grandes rasgos al menos, suele acompañarnos de forma bastante constante. Entonces por más que vivas cerca del mar, ese gran azul no necesariamente despierte tu interés de forma particular.

Lo mismo pasa con muchas otras cosas. Incluso muy básicas como la comida. Quizá a mi me haces probar un queso muy particular y se convierte en mi queso favorito pero tú comes el mismo, y nada, te gustó, pero nada más.

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Cami: Mi hermano de hecho dejó el kite. Bueno no es que lo dejó, pero eligió viajar más a otros sitios, a la montaña, a la ciudad. Yo estoy prácticamente siempre en el mar, también de vacaciones. Siempre hago kite o surf. [...] Él vive este deporte de una manera diferente. Como cuando vas a jugar al paddle una vez a la semana con los amigos. Yo, si no voy al agua me siento mal. Siento algo diferente dentro de mí.

Fede: De pequeños creo que todos tenemos esta conexión de ponernos un bañadorcito o en pelotas, pero parece que a medida que vamos creciendo nos tenemos que tapar, pero cuando somos niños no nos tapa nada y estamos en pelotas ahí jugando con las olas, con el mar y la arena se te mete en el culo y esa conexión es totalmente pura, con el mar.

Pues de alguna forma, algunos se han preservado esta conexión. En situaciones extremas por ejemplo, se hace más que evidente. Situaciones en las que algunos se sienten literalmente “como pez en el agua” y a otros les tiemblan las piernas solo al imaginárselas.

Realmente no hace falta que sean situaciones especialmente peligrosas. Por ejemplo a mi, cuando me empujaron por primera vez en la pared de una ola verde, aluciné y me parecía una sensación de felicidad eterna. Por más que luego el video que habían grabado comprobaba que eran cuatro segundos no más. Y aún así, esos cuatro segundos, no me los pude quitar más de la cabeza. Por otro lado, ese mismo día, con esas mismas condiciones, había otros alumnos en la misma clase de surf que salieron del agua a los 10 minutos para tomar sol en la playa.

Así que si. La cercanía con el océano se expresa en formas de vivir, de actuar y de abarcar este sentimiento. Esa inmensidad azul marca la vida en todos los sentidos de ciertas personas, y se nota, cuando es así, y también, cuando no.

Obviamente cada persona es un mundo. No solo porque ves a alguien haciendo actividades acuáticas significa que corre agua salada por sus venas. Estoy hablando de algo más de lo que se percibe a simple vista. Un sentimiento, sensaciones e instintos que te guían una y otra vez hacía el mar y sobre todo, que estando ahí, entre olas, corrientes, peces y todo lo que hay debajo de la superficie, que ni vemos, ni conocemos, pues estando ahí, te sientes como en casa.

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Cami: Puede ser como una adicción de ser feliz. ¿Dónde me siento bien? ¡En el mar! Entonces, ¿por qué no sentirme bien siempre? Suena lógico, ¿no? Nunca lo había pensado. Pero si, por ejemplo cuando ves una persona grande hacer el primer borde de kite, ves una sonrisa que te juro es muy especial. Para mí, es eso lo que atrae a la gente. Que se vuelven niños en el agua.

Fede: Creo que el océano lo tenemos dentro. A ver, entiendo que haya gente que ama el océano y que vive lejos del océano, creo que eso se puede hacer por un breve momento. Es una necesidad brutal. O sea que define tu estado de ánimo, que define tu sensación diaria, que define la sensación al despertarse, que define las conversaciones, que define el ritmo de la existencia.

Y ahí volvemos al punto de inicio: Sí, hay una diferencia notable entre personas más terrestres y otras más acuáticas. Los del segundo grupo ven en el océano un gran estímulo. Un tipo de estímulo que los otros simplemente no perciben. Porque tendrán las antenas más afinadas hacía otro elemento u otra fuente. Pero en el caso de la gente de mar, muchas veces es tan impactante la necesidad de sentir la salitre en la piel, que dirige toda su vida hacía el mar. ¿Y por qué? Porque es un espectáculo de sentidos y si le sumas la adrenalina y las endorfinas que provocan muchos de los deportes que se practican en el mar, el cocktail adictivo está completo.

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Despierta todos nuestros sentidos a la vez por lo que provoca un abanico enorme de sensaciones. Al mar lo puedes sentir, ese líquido a veces tremendamente frío a veces calentito como la bañera de tu casa; lo puedes ver, ese inmenso azul pintado en tantas tonalidades diferentes hasta el horizonte; lo puedes escuchar, ese murmullo del agua y el ruido de las olas cuando rompen; lo puedes oler y hasta saborear, con su aroma salado justamente, a mar.

¿Será por eso que quién siente la atracción del océano incluso de lejos, hace de todo para poder estar cerca y vivirlo plenamente? Como una teoría más, seguro que es válido, pero no soy quién para declararla como ciencia cierta. Tampoco es necesario, lo que si sé es que esa materia liquida de color azul en un sinfín de tonalidades que cubre más de 70 % de nuestro planeta, tiene un impacto asombroso. En todo lo que nos rodea, igual que en nosotros mismos.

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