DESDE LA CROA

Los comienzos del surf en Europa no fueron como creías

Tal vez porque la historia del surf está escrita principalmente por historiadores estadounidenses, su relato abuse en situar a los americanos como sus más importantes protagonistas.

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Tal vez porque la historia del surf está escrita principalmente por historiadores estadounidenses, su relato abuse en situar a los americanos como sus más importantes protagonistas. Así ocurre por ejemplo con la parte de la historia que cuenta cómo el surf llegó a Australia; o incluso cómo éste se desarrolló a partir del siglo XX en Hawaii. Sucede lo mismo con el capítulo que cuenta cómo el surf llegó a Europa, con los californianos Peter Viertel y Dick Zanuck como responsables. Sin embargo, artículos publicados en los últimos años demuestan que antes de la llegada de los americanos a Biarritz en el verano de 1956, en Europa ya se practicaba surf. Sobre esas historias, anteriores a 1950, va esta edición de El Domingo.


LA FOTO

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Durante los primeros años del siglo XX, especialmente en los años posteriores a la I Guerra Mundial, el mar y las playas comenzaron a disfrutar de una creciente popularidad entre la población europea, principalmente en el Reino Unido y Francia. Los "baños de surf", promovidos por una industria turística en pleno desarrollo, ofrecían a la población la posibilidad de beneficiarse de un ambiente saludable alejado de la contaminación de las grandes ciudades, permitieron a la gente comenzar a disfrutar del océano. Pronto, los bañistas descubrieron que las olas, con su fuerza, tenían la facultad de impulsarlos hasta la orilla. Tras las primeras experiencias únicamente con el cuerpo, aparecieron los primeros objetos flotantes que mejoraban el deslizamiento. 

Se cree que el surf llegó a las Islas Británicas tras la I Guerra Mundial, a través de soldados británicos que conocieron en el frente a soldados de Sudáfrica y Australia que ya practicaban surf. Ejemplo de ello es la figura de Nigel Oxenden, soldado británico que tras la Guerra estuvo en Hawaii, Australia y Sudáfrica, y que en el año 1923 creó el Island Surf Club en la isla de Jersey. Se conservan también documentos gráficos de la práctica del bellysurfing en playas inglesas, francesas, portuguesas y españolas desde principios del siglo XX. Una historia llena de personajes, lugares e hitos que rebelan la riqueza de la historia del surf en Europa.


LA HISTORIA SE REPITE EN BRIDLINGTON

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En 2011, la escritora e historiadora hawaiana Sandra Kimberley Hall descubrió una carta escrita el 22 de septiembre de 1890 por el príncipe Jonah Kuhio Kalanianaole Piikoi. La carta estaba dirigida al cónsul hawaiano en las Islas Británicas, Henry Armstrong. A finales del siglo XIX era muy habitual que los miembros más jóvenes de la realeza hawaiana completasen su formación en el extranjero, principalmente en los Estados Unidos y en el Reino Unido. Antes de su año de estancia en Inglaterra, Jonah Kuhio y su hermano, el príncipe David Kahalepouli Kawanaankoa Piikoi, habían pasado un año en California, a donde habían llevado el surf en 1885.

En la carta el príncipe contaba como su tutor, John Wrightson, les había premiado con unos días de vacaciones en la costa por su buen rendimiento académico. El lugar elegido fue Bridlington, en el noreste de Inglaterra. No se sabe cómo, pero a los pocos días de su llegada a Bridlington los príncipes se habían hecho con dos tablas de surf, que posiblemente construyeron con madera comprada a algún constructor de barcos de la zona. Al igual que había ocurrido en Santa Cruz, de esta manera los hermanos traían también el surf a Europa.

"Hemos disfrutado mucho de nuestras vacaciones en la costa. Hemos salimos a nadar todos los días. El clima ha sido muy ventoso, pero no nos ha importado, ya que nos gusta que el mar esté agitado para poder surfear. Hemos disfrutado mucho del surf y la gente local se ha sorprendido al vernos coger olas en las rompientes. Incluso Wrightson está aprendiendo a surfear y será capaz de coger olas en unos pocos días. Le gusta mucho y dice que éste es un muy buen deporte".

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Se sabe que dos años más tarde, en 1892, pasó también una temporada en Gran Bretaña su prima la princesa Victoria Ka'iulani, concretamente en Brighton, por lo que no es descartable, ya que ella era una experta surfista, el que hubiese surfeado en el Sur de Inglaterra. 

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Al igual que ocurrió en California, la visita de los príncipes hawaianos no fue seguida por la práctica del surf por parte de gente local, y tuvieron que pasar varias décadas hasta que hubo nuevas noticias sobre surf en las Islas. La primera referencia es una fotografía tomada en 1904 en North Devon, en la que aparece el británico Hobart Braddick, fundador del Braddick's Holiday Center, con un bellyboard.

Posiblemente el tutor de los príncipes hawaianos, John Wrightson, haya sido el primer europeo en practicar surf en el continente.


IGNACIO DE ARANA

A principios del siglo XIX, las islas Hawaii iniciaron una triste etapa en su historia con la llegada de los misioneros calvinistas. La nueva sociedad anglosajona significó avances tecnológicos y económicos, aunque la repercusión de éstos sobre los nativos fue escasa. Las enfermedades traídas por los “occidentales” diezmaron una población que en 1890 sólo contaba con 40.000 nativos. Se estima que más de 400 mil hawaianos fallecieron durante esos años. Esa amplia mortandad se combinó con una religión intransigente hacia cualquier modo de vida que no fuese el del hombre blanco cristiano de raíz protestante. Prácticamente todas las tablas de surf de la época desaparecieron. Para compensar el descenso de la población local, los dueños de los campos de caña contrataron a miles de trabajadores provenientes de Japón, Filipinas, China, España y Portugal. Ello llevó, a principios del siglo XX, a que varios países abriesen embajada en las Islas para representar a los trabajadores desplazados.

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En 1914, Ignacio de Arana, cónsul de España en Hawaii entre 1911 y 1914, regresó a Álava con una tabla de madera: un olo de 80 kilos de peso con la que se cree surfeó en la playa de Waikiki. Gracias a las investigaciones realizadas por el periodista Javier Amezaga, se sabe que entre su equipaje trajo también un ejemplar del libro “The Surf Riders of Hawaii”, escrito por A. R. Gurrey Jr. en 1911. Si bien los familiares de Arana han conservado el libro hasta hoy, la tabla no sobrevivió a la Guerra Civil, ya que se usó en esos años como leña para sobrellevar los rigores del invierno. A pesar de que no hay constancia de que Ignacio de Arana haya surfeado en el Cantábrico a su regreso de Hawaii (moriría en Liverpool en 1919), el suyo es el primer contacto con el surf de alguien de nuestras costas del que existe una evidencia física. 

En esta época los primeros ecos sobre el surf comienzan a llegar a la prensa europea. Del mismo año de la publicación del libro “The Surf Riders of Hawaii” es la primera referencia en prensa que se efectúa relativa al surf en nuestro país. Según las investigaciones realizadas por el historiador Daniel Esparza, fue en el diario La Vanguardia del 5 de septiembre de 1911, en un artículo, en el que bajo el título de “Un nuevo deporte acuático: los montadores de olas”, se daba a conocer un libro escrito por Alexander Hume Ford en el que se describía la práctica del surf en Hawaii.

“En un curioso libro acerca de las islas de Oceanía, Mr. Alexander Hume Ford habla de un deporte acuático, tan raro como nuevo, al que son muy aficionados los indígenas de Hawaii. En Hawaii, dice el autor, las olas son grandes y largas, y los entusiastas del deporte pueden entregarse a él en todo tiempo. En Waikiki las grandes olas comienzan a formarse a una milla lo menos de los arrecifes más avanzados, y el aficionado va a buscarla a lo lejos para volver a tierra transportado en la cresta de las mismas. Al formarse la ola, el indígena se sostiene en su “caballo blanco”, como llaman a la tabla, que les sirve de base, y la ola le lleva hacia tierra, o bien se precipita por la pendiente formada por las aguas, como por un tobogán, y va a encaramarse sobre otra ola que avanza delante.

Cuando está más amenazador el mar, el nativo sale en busca de las olas más lejanas y vuelve subido en ellas, tranquilo y sonriente, hasta quedar depositado en la playa por las mismas aguas. Las tablas que les sirven para esta diversión son de caoba, y antes medían cerca de cuatro metros de largo, pero ahora las usan más pequeñas. Algunas no pasan de los dos metros y medio de largo, pero no obstante su pequeñez pueden sostener de pie al hombre de más peso, si éste sabe mantener el equilibrio y siempre que la tabla vaya impulsada por una ola, pues en aguas tranquilas, bastaría el peso de un niño para hundirlas.

No hay que decir que este ejercicio requiere mucho músculo para montarse en las olas más grandes y guardar luego el equilibrio sobre la endeble tabla. Este deporte ha nacido indudablemente de otro muy popular en aquellas islas que consiste en precipitarse por las pendientes de las montañas, de pie sobre una tabla cuya dirección gobierna una especie de remo. Es posible que dentro de algún tiempo se extienda por Europa el deporte hawaiano, porque hay en el extranjero personas que lo practican, considerándolo muy divertido y a propósito para desarrollar las fuerzas y la agilidad; solo faltaría para ello el terreno o la playa mejor que se preste a ello, ya que no abundan las costas cuyas olas reúnan tales circunstancias, al encresparse habitualmente”.

Las siguientes publicaciones que he encontrado son de la década de 1930.


TOM TREMEWAN Y LAS TAPAS DE ATAÚDES

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El servicio militar obligatorio se implantó en Reino Unido en 1916, año y medio después del inicio de la I Guerra Mundial (1914-1918). Su tramitación vino acompañada por un intenso debate sobre el derecho a la objeción de conciencia, que la Ley acabó señalando como la única vía para obtener la exención. Para ello, "los hombres habrían de objetar concienzudamente al servicio de combatientes" frente a un tribunal militar que evaluaría cada caso.

Entre las pocas personas que se acogieron a esa vía estaban Tom y John Tremewan, dos hermanos que vivían en el pueblo costero de Perranporth, en el condado de Cornualles, Inglaterra. Los Tremewan era una familia metodista. Tom y su padre William Henry Tremewan eran predicadores. Su madre, Martha Jane, era pacifista y seguía las creencias de los cuáqueros. Por así decirlo, sus principios morales se ajustaban a los que debería poseer un candidato legítimo a objetor.

Su caso fue analizado por el Tribunal de Truro. En la audiencia de John, el tribunal determinó que era acto para el servicio militar. John no apeló la decisión, pero no se presentó a la citación para unirse al ejército, por lo que fue arrestado y llevado a la cárcel de Bodmin. Después de negarse a participar en un desfile militar, a vestirse de uniforme, o a participar en cualquier actividad que estuviese relacionada con la guerra, fue juzgado por un tribunal militar y condenado a dos años de prisión. A la salida del tribunal, y tras conocer la sentencia, las palabras de John fueron: "Ningún tribunal podrá cambiar mis principios". Su hermano Tom corrió la misma suerte. El Presidente del Tribunal, en un último intento por doblegar su voluntad, le dijo: "Si usted estuviese siendo juzgado en Alemania, ¡¡sería fusilado!!". A lo que Tom contestó: "¿Y usted que haría señor? ¿Luchar por el Kaiser?"

Después de la guerra, ambos hermanos regresaron a Perranporth. Tom se dedicó a la construcción y abrió una tienda-taller. Escribió varios libros durante su vida. Uno de ellos, "The Builder's Life in Perranporth", narra sus años como constructor en el periodo entre la I y II Guerra Mundial. En un capítulo del libro, titulado "Mike Saunders y las tablas de surf", recuerda un encargo que recibió un día:

“Uno de los habitantes más interesantes de Perranporth durante el periodo entre guerras era el Sr. Willie Thomas, Era un hombre muy agradable, y las conversaciones con él siempre eran interesantes. Tenía varias hijas, una de las cuales estaba casada con el señor Mike Saunders, que había estado en Sudáfrica, en donde el surfing era muy popular. Una mañana de principios de verano llegó a nuestro taller y dijo que quería que le hiciésemos una tabla de surf. Esa era la primera vez que escuchamos hablar del surfing, y la verdad es que al principio no tuvimos especial interés. Tras contarnos su experiencia, procedimos a hacer una tabla de acuerdo con sus instrucciones. La primera tabla, de 6 pies de largo, 13 pulgadas de ancho y 5/8 pulgadas de grosor, no salió bien: demasiado grande y demasiado pesada".

El Sr. Saunders acudió a Tom Tremewan porque en su taller, situado en el número 8 de Pimn's Road Street, y entre otros oficios, se hacían trabajos de carpintería. Una de sus especialidades era la fabricación de ataúdes de madera. Para abaratar costes en la fabricación de las tablas, utilizó los sobrantes de madera de los ataúdes que fabricaba. También clavos, en lugar de tornillos, para unir las distintas piezas que conformaban una tabla: dos largueros unidos por tres piezas transversales de madera. Pronto las tablas fueron conocidas popularmente como "tapas de ataúdes" (coffin lid).

"El comercio de tablas de surf aumentó enormemente. Los bañistas disfrutaban de este nuevo tipo de baño, que consiste en correr a través de las olas lo más lejos posible para coger una gran ola, que ya esté rompiendo, y cabalgar en la tabla hasta la orilla".

Pronto el bellysurf se hizo muy popular en Perranporth, y a Mike Saunders, y a otros pioneros como George Tamlyn, se unieron un nutrido grupo de surfistas, muchos llegados desde el interior a la costa gracias a la nueva red ferroviaria y a la popularización de los "baños de surf", que se convirtieron en la década de 1920 en un pasatiempo muy popular en las vacaciones de los británicos.

Muchas tablas salieron desde Perranporth hacia otras playas de Cornualles. Con el tiempo, las tablas pasaron a tener los cantos curvos, lo que supuso un incremento de su precio. Siguiendo los pasos de Tom Tremewan, otros talleres comenzaron a fabricar sus bellyboards en madera, antes de que la madera contrachapada empezase a estar disponible en la década de 1930. Después llegarían las primeras tablas que permitirían a los británicos coger olas erguidos.


NIGEL OXENDEN Y LA CABAÑA VERDE

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Nigel Oxenden era originario de las Islas del Canal. Después de la I Guerra Mundial, en la que como comandante ganó en dos ocasiones la Cruz del Mérito Militar por su valentía en el frente, viajó a Hawaii, Sudáfrica y Australia. En Hawaii, en 1919, conoció el surf, y lo practicó en la playa de Waikiki. A su vuelta, y gracias a su entusiasmo, se creó a su alrededor un grupo de surfistas lo suficientemente amplio como para fundar el primer club de surf de Europa en 1923: el Island Surf Club de Jersey. El Island Surf Club tenía su sede en una pequeña cabaña situada en la playa de St Ouen's Bay. Una choza de color verde que aún hoy se mantiene en pie.

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La figura de Nigel Oxenden salió a la luz en 2009 cuando su nieto Jeremy Oxenden cedió al Museo Británico del Surf varias fotografías del archivo familiar: "En esta fotografía aparecen Dot y Ching Martin, y Pat Oxenden, mi abuela, en el centro. La cabaña de la playa se construyó en 1924. El Ejército derribó todas las cabañas en 1940, pero mis abuelos la volvieron a construir justo después de la II Guerra. Era su máxima prioridad. Todavía conservamos la cabaña de la playa, y seguimos saliendo a surfear desde ella."

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Nigel y sus amigos llevaron a las playas una versión diferente de lo que hasta entonces se había denominado "baños de surf", y a la que pusieron el nombre de “surf en aguas profundas”: consistía en nadar más allá de las espumas y coger olas “verdes” en medio del mar. Cincuenta años antes de la aparición del "invento", desarrollaron una correa, hecha con viejas cuerdas, que ataban a la cola de sus tablas y que unían a su cuerpo con un cinturón de cuero que se ajustaba a sus trajes de baño de lana (una solución similar a la ideada por Tom Blake en California más o menos en la misma época, y que se puede ver en la foto de Oxenden situada arriba). 

De Nigel, un verdadero hombre de mar, excelente nadador, experto pescador submarino, se cuenta que en su época tenía especial habilidad para coger olas. Sus tablas de surf, de aproximadamente 5'6'' de largo y 18" de ancho y 1 - 1 1/2" de espesor, fueron construidas por el mismo, talladas en madera de teca y otras maderas ligeras. Pesaban alrededor de 20 kilos.

Nigel y sus amigos surfearon hasta el comienzo de la II Guerra Mundial, cuando la Isla de Jersey fue tomada por los alemanes. Durante los cinco años que la Isla estuvo en manos alemanas no volvieron al agua. Nigel murió en 1948. Su amigo Archie Mayne, del que se sabe se construyó su propio longboard a mediados de la década de 1920 siguiendo las ideas de Oxenden, emigró a Sudáfrica tras la guerra. El resto continuaron surfeando.

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LEÇA DA PALMEIRA

Una película documental portuguesa, de poco más de 28 segundos, grabada en 1927 por el Servicio Cinematográfico del Ejército, muestra a un grupo de doce hombres en la playa de Leça da Palmeira, un arenal cercano a O Porto, practicando bellyboard. Se cree sin embargo que los “protagonistas” de las escenas no son portugueses, sino británicos, lo que confirma la entrada del “surf” a Europa, o al menos de la práctica de deslizarse en las olas, a través de las Islas Británicas.


CHARLES "SNOW" MACALLISTER

Al igual que Duke Kahanamoku, que tras los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912 dio una gira por Europa haciendo demostraciones de natación (y posiblemente alguna de surf, aunque no hay constancia de ello; ese año las daría en la coste Este de los EEUU y en 1914 en Australia), tras los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928, el surfista australiano Charles "Snow" McAllister visitó Inglaterra realizando demostraciones de surf en varias playas del Reino Unido. "Snow" McAllister está considerado como uno de los "Padres del surf australiano". 

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Cuando McAllister llegó a Reino Unido, el bellysurf se había vuelto muy popular en el sur de las Islas Británicas. Pero ver a un surfista coger las olas de pie era toda una novedad. El Daily Mail del 12 de septiembre de 1928 recogía una entrevista a McAllister en la que éste declara que la intención de su viaje era "popularizar la tabla de surf, el deporte más emocionante del mundo, en los centros turísticos costeros ingleses". Se desconoce el número de paradas que realizó McAllister en su gira, pero se sabe con certeza, por la noticia del Daily Mail, que una de esas paradas fue Newquay. Años más tarde, en una entrevista para la revista australiana Tracks, McAllister contó como anécdota de aquel viaje que en una de esas playas los lugareños llamaron a la policía cuando lo vieron entrar al agua porque pensaron que se iba a ahogar. Cuando salió, la policía lo tuvo escoltar hasta que salió de la playa por su propia seguridad. 

Se sabe, en esos mismos años, de la visita de otros surfistas australianos a las Islas Británicas a través de las investigaciones realizadas por la historiadora Joan Ormrod (podéis consultar su interesante tesis sobre el surf en las Islas Británicas pulsando AQUÍ): 

"Susan (Tunbridge Wells) ... estuvo de vacaciones en Croyde, North Devon en 1928, con su madre y su hermana, en donde recibieron la visita de dos primos de Australia que, tras echar un vistazo a las rompientes, y sorprenderse de que no hubiese nadie haciendo surf, fueron a ver al carpintero local del pueblo, y le guiaron en la fabricación de dos tablas de surf de madera con las que nos llevaron a todos a aprender a surfear". 


LA PANDILLA DE HOLYWELL BAY

El Museo Británico del Surf sacó a la luz en 2010 una película con imágenes de surf datada en finales de la década de 1920. En ella aparece Lewis Rosenberg y un grupo de amigos surfeando en la playa de Holywell Bay, en Newquay. La historia cuenta que tras ver un reportaje en el que aparecían unos surfistas australianos, Rosenberg, Harry Rochlen y los hermanos Fred y Ben Elvey, fabricaron varias tablas en madera de balsa de 8 pies en Londres, en donde vivían. Antes de grabar la película, el grupo de Rosenberg ya cogía olas con sus bellyboards de madera en las Islas del Canal y en la costa Oeste de Inglaterra. Pero aquellas imágenes de los australianos con sus longboards, superaban lo que hasta entonces habían hecho. Tras finalizar su fabricación, envolvieron los tablones en unas sábanas de lino y los llevaron por tren hasta Newquay.

"Cuando Maxine Elvey, hija de Ben Elvey, visitó por primera vez el Museo, y nos contó que tenía en casa filmaciones de las hazañas de su padre en un longboard de madera en 1929, nos quedamos totalmente impresionados", - cuenta Peter Robinson, fundador del Museum of British Surfing -. "Llevamos las bobinas con aquellas frágiles películas de 9,5 mm al archivo municipal para que las conservasen y transfiriesen a una cinta digital: son un tesoro nacional. Entrevistamos a tres de las personas que formaban parte de aquella pandilla de surfistas y que aún vivían. Todos superaban los 90 años, pero tan pronto como les hablamos sobre surf y sus vidas en la playa, sus ojos se iluminaron y sus recuerdos volvieron a fluir. Fue realmente emocionante".

“Nadábamos y cuando llegaban las olas, - cuenta Harry Rochlen, uno de los protagonistas de la cinta - mi amigo Lewis intentaba ponerse de pie sobre la tabla, como hacían en Australia. Después de intentarlo muchas veces, lo logramos. Es maravilloso conservar estos recuerdos. Fue realmente emocionante ponerse de pie en la tabla y avanzar hacia la playa".

Las películas no sólo muestra a los amigos cogiendo olas, sino como era la vida entonces, cuando las playas aún estaban desiertas. "También vieron una película llamada "Idol Dancer" que mostraba cómo se bailaba el hula en Hawaii. También lo copiaron: se hicieron unas faldas con algas y bailaban mientras cantaban: "adiós Hawaii, mi isla paradisíaca, nos veremos de nuevo algún día", aunque nosotros lo cantábamos en las playas de Cornualles". Lewis construyó una carcasa impermeable para su cámara de vídeo, algo totalmente innovador para su época en Gran Bretaña. 

Se desconoce cuántos años surfearon juntos Lewis Rosenberg, Harry Rochlen y Fred y Ben Elvey. La II Guerra Mundial les separó de las playas. Durante la Guerra, y en un robo en la casa de Lewis en Londres, su tabla de ocho pies desapareció. 

"No tenía idea de que la experiencia de mi padre con el surfing fuera tan importante", dijo Sue Clamp, hija de Lewis Rosenberg. "Sabíamos que las películas eran interesantes, pero principalmente porque mostraban cómo era la vida antes de la II Guerra Mundial. Es fantástico que la vida de Lewis y sus amigos haya trascendido de esta manera".


EL PLANKING

Leído AQUÍ a partir de un artículo escrito por Joserra de la Mar, que recoge el testimonio de Ramón de la Mar y José Luis Elejoste.

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"Fue el año 34 (1934) cuando se unieron a nuestro grupo unos cuantos algorteños (Pereiro, Txano, Ugalde y alguno más). Estos trajeron unas tablas de contrachapado, curvadas por la parte de adelante, con las que ellos cogían olas en las playas de Ereaga y Arrigúnaga. Pronto aprendimos su manejo e iniciamos algo que con el tiempo se puede ver como un balbuceo del apasionante deporte del surf, que tardaría muchos años en aparecer en nuestras costas, (...). ¿Quién nos iba a decir que, tras las rudimentarias tablas de poco más de un metro de largo y menos de cuarenta centímetros de ancho, vendrían con el paso del tiempo las actuales y elegantes tablas de surf?

(...) Las tablas se vendían en una ferretería de las Siete Calles de Bilbao cuyo nombre he olvidado, (...). La tabla que tenía mi cuñado se la habían hecho antes de la guerra, en el año 1928; (...). Aquí fueron varios los que lo practicaron. Mi cuñado (Pereiro), unos Arísteguis, los Estrades, y otros que eran muy deportistas también, siete u ocho, (...). Con la guerra la cosa se quedó, hasta que la lancé yo por el año cuarenta, o así. Entonces por aquí no había más tabla que la de mi cuñado, porque las otras o se habían roto o las habían perdido. Verme a mí cogiendo olas en Sopelana causó furor. Andaba normalmente en Larrabasterra, Peñatxuri y Ereaga. Solo yo practicaba, tenía todas las olas que quería. El problema es que como no había más tabla que la mía, al llegar a la playa tenía cola. No se vendían ni hacían en ningún sitio. En el año 52 me la rompieron y tuve que fabricar tres tablas de 1,30 por 33 cm. Conseguí un tablero de una madera especial (...), puse agua a hervir, metí la parte delantera de las tablas a remojo y cuando estaban blandas las curvé por la punta dejándolas secar bien, las recorte, pinté y listas. Así tenía dos para dejar y una para mí, podía andar con otros, más divertido y seguro. A una de ellas, que aún conservo, le puse quilla y fue todo un éxito”. 


JIMMY DIX Y PIP STAFFIERI

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A mediados de la década de 1930, un hombre llamado Jimmy Dix escribió al Outrigger Canoe Club de Waikiki solicitándole información sobre el surf. Jimmy era un adinerado dentista que trabajaba en un consultorio en Nuneaton, en el condado inglés de Warwickshire. Era también propietario de un deportivo Alvis, y cada verano pasaba quince días de vacaciones en Cornualles con su esposa. La pareja visitaba a menudo Newquay, y era aficionada a coger olas con sus bellyboards. Pero Jimmy no paraba de darle vueltas a una fotografía que había visto en la Enciclopedia Británica editada en 1929, en la que varios hawaianos se desplazaban de pie en sus tablas sobre una ola. Su sueño era viajar a Hawaii y coger una de aquellas olas del Pacífico.

La leyenda cuenta que en un gran gesto de generosidad, y en respuesta a su carta, en 1937 el Outrigger Canoe Club le envió una tabla de surf hecha por Tom Blake, de 16 pies de largo y 30 kilos de peso. A la tabla le acompañaba una tarjeta con el mensaje "para la gente de Gran Bretaña". La tabla estaba decorada con un mapa pintado a mano de las islas hawaianas. Como Dix y su esposa eran dos, a partir del diseño de aquella tabla, construyeron con la ayuda de un carpintero local otra más pequeña para su mujer. 

En 1938 Papino "Pip" Staffieri tenía 19 años cuando se encontró sobre la arena de la playa de Towan, en Newquay, con las dos tablas de surf de los Dix. De origen italiano, la familia Staffieri regentaba una heladería al borde de la playa, por lo que la infancia de Pip transcurrió en contacto con el mar, llegando a ser un experto nadador, sobre todo en largas distancias. Su interés por el surf surgió viendo los documentales que se proyectaban en el teatro Pavilion. Uno de ellos mostraba las competiciones sobre tablas de remada que eran muy populares en Australia. A Pip y a sus amigos les entusiasmó la velocidad que se podía alcanzar con esas "embarcaciones", simplemente remando, por lo que pronto se animaron a construir sus propias tablas. Pero también había visto otras imágenes con gente surfeando en las olas de Waikiki, por lo que pronto asoció a aquellas dos tablas que se había encontrado sobre la arena de su playa, una de ellas con un mapa de las islas Hawaii dibujado sobre su cubierta, con las del documental. 

Tras un rato de espera, en los que Pip analizó aquellos artefactos con detalle, los dueños no aparecieron. Aprovechó el encuentro para grabar el diseño de aquellas tablas en su cabeza. Gracias a sus conocimientos de carpintería, inició la construcción de una tabla de surf que le llevó dos años. La suya acabó siendo un poco más corta que la de Blake, un 13'6'', con un peso bastante mayor, cercano a los 50 kilos (las tablas de roble que conformaban su tabla fueron unidas con tornillos de latón). La tabla estaba equipada con un tapón para drenar el agua que se pudiese acumular en su interior. En 1941 a su diseño le incorporó una quilla. Como era muy pesada para transportarla, ideó un carrito para llevarla a la playa. Con ella surfearía todas las tardes después de salir del trabajo en las playas de Towan y Great Western. 

Dix y Staffieri nunca surfearon juntos. Los escasos quince días de vacaciones que cada año los Dix pasaban en Newquay, coincidían con semanas de mucho trabajo para Pip en el negocio familiar,  por lo que cuando éste llegaba a la playa para coger olas, Dix y su mujer ya se había retirado a su hotel. No se encontrarían hasta 1942, cuando Dix supo que había otra persona con una tabla de surf en aquella playa. 

En el año 2004, cuando Pip Staffieri cumplió 85 años, su historia salió a la luz entre otros gracias al periodista y escritor Paul Holmes: "Cuando era un niño, solíamos comprar helados en la camioneta de Staffieri. Los suyos eran los mejores helados que he probado en mi vida. Lo que más me extraña, es que sabiendo él que mis amigos y yo hacíamos surf, nunca nos hablase de ello". "No quería que nadie pensase que fui un gran surfista", - se justificaba Staffieri -. "Porque para nada hacia las cosas que hacen hoy los jóvenes, que son verdaderos acróbatas. Algunas olas las cogía acostado. Otras de rodillas durante parte del camino; y entre todas, en algunas iba de pie". Una fotografía suya de 1941, es la primera que se conserva de un europeo sobre una tabla de surf en Europa.


ILUSTRES SURFISTAS

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Para contar la historia del surf en Europa, además de las referencias ya comentadas, necesariamente se ha de echar la vista hacia Hawaii y el siglo XVIII, con la llegada de Cook a las islas. De entre las siete referencias relativas al surf encontradas en los diarios de los tripulantes del Resolution y el Discovery, los dos buques del tercer viaje de Cook por el Pacífico, se encuentra una anotación de febrero de 1779, realizada por el guardia marina del Discovery George Gilbert, que puede ser la primera referencia a un europeo haciendo surf: “algunos de los indios que no tienen canoa emplean un método de nadar sobre un pedazo de madera de aproximadamente seis pies de largo y dieciséis pulgadas de ancho (…). Sobre estas piezas de madera, y a pesar de estar bien equilibradas, el más experto de nosotros en natación no pudo mantenerse sobre ella medio minuto sin caer”.

Es fácil pensar entonces que otros europeos, sobre todo a partir de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el surf después de sus "años oscuros" pasa a tener aceptación por parte de la nueva sociedad occidental implantada en las Islas, lo probasen y tal vez lo llevasen a Europa. Además del caso de Ignacio de Arana, han trascendido otros, que por la notoriedad de sus protagonistas, tuvieron especial relevancia.

En abril de 1920, el príncipe de Gales Eduardo, que después se convertiría en el Rey Eduardo VIII, llegó a Hawaii a bordo del HMS Renown. En la Isla fue recibido por Duke Kahanamoku, que le dio una clase de surf en la playa de Waikiki. Cuatro meses más tarde regresó a las Islas, estaba vez con la única intención de coger olas durante tres días. Pero en esta ocasión no estaba Duke para recibirlo, así que fue su hermano, David Kahanamoku, quien se encargó de las clases durante los tres días, a razón de dos horas por la mañana y tres por la tarde. Lo ocurrido quedó inmortalizado en las fotografías tomadas por su primo Louis Earl Mountbatt, que junto el príncipe también participó de las clases. 

"El príncipe aprendió rápidamente a subirse a la tabla, aunque se cayó algunas veces", - contó David Kahanamoku en una entrevista realizada en 1950 -. "Louis Mountbatten nunca dominó el arte, pero estaba contento con coger las olas tumbado". A pesar de lo mucho que parece que les gusto el surf, no hay constancia de que el príncipe Eduardo o Louis Mountbatten emprendiesen alguna acción para fomentar el surf a su vuelta a Gran Bretaña.

Otro personaje ilustre fue la escritora Agatha Christie, posiblemente la primera europea en probar el surf en 1922 en la playa de Muizenbeerg. Después de la Primera Guerra Mundial, al marido de Agatha, el arqueólogo Archibald Christie, fue contratado por el Gobierno Británico para realizar una gira mundial que promocionase la Exposición sobre el Imperio Británico que se celebraría en Londres en 1924. La pareja abandonó Inglaterra en enero de 1922. Llegaron a Ciudad del Cabo, Sudáfrica, a principios de febrero y pronto comenzaron a tomar "baños en el mar" en Durban. Allí, fueron introducidos al surf en la playa de Muizenberg. Dos años después, escribiría sobre esta experiencia en su novela "El hombre del traje color castaño".

"Era demasiado temprano para ir a tomar el té. Me dirigí al pabellón de baños y, cuando me preguntaron si quería probar una de aquellas tablas, contesté: «Sí, gracias.» El flotar sobre estas tablas parece sencillísimo. Pero no lo es. No digo más. (...). Pero no estaba dispuesta a dejarme vencer. Y entonces, por pura casualidad, pude flotar un buen rato sin caerme. Llegué a la playa delirante de felicidad. Surfriding (cabalgar rompientes), como lo llaman, consiste en eso. O se están mascullando maldiciones, o te sientes encantada de haber nacido".

Agatha Christie y Archie continuaron su viaje promocional por Nueva Gales del Sur, Australia y Nueva Zelanda, antes de llegar a Honolulu el 5 de agosto de 1922. Tras desembarcar, fueron rápidamente a la playa de Waikiki y se hicieron con una tabla de surf. Su experiencia con el surf en Hawaii la conocemos gracias a "The Grand Tour", un libro publicado por la editorial Harper Collins, que recopila cartas originales, postales, recortes de periódicos y objetos coleccionados por Agatha en sus viajes, entre las que se encuentran varias cartas que cuentan sus experiencias como surfista en Hawaii. 

“Nuestro viaje fue lento, con paradas en Fidji y otras islas del Pacífico antes de llegar a Hawaii. Honolulu nos pareció mucho más avanzado de lo que imaginábamos, con muchos hoteles, carreteras y automóviles. Llegamos al hotel pronto, por la mañana; fuimos a nuestro cuarto, e inmediatamente, vimos por la ventana a gente haciendo surf, corriendo hacia la playa, con sus tablas bajo el brazo y sumergiéndose en el mar. Sin embargo para nosotros aquél fue un mal día de surf, uno de esos días que sólo son aptos para los más expertos; nosotros que veníamos de hacer surf en Sudáfrica, y que pensábamos que el surf ya no tenía ningún misterio para nosotros. Allí en Honolulu era diferente. La tabla por ejemplo era un gran trozo de madera tan pesado que apenas lo podíamos levantar. Ya en el agua, nos tumbamos sobre la tabla y remamos con fuerza hasta los arrecifes, a una milla de distancia – al menos eso fue lo que me pareció. Una vez allí nos colocamos en posición, esperando la llegada de una de esas olas que se generan en alta mar y que se dirigen hacia la playa. Pero no es tan fácil como parece. Primero hay que elegir la ola apropiada, y después, y aún más importante, no escoger las olas malas, porque si eres cogido por una de ellas nos puede arrastrar hasta el fondo, en donde sólo Dios nos podrá ayudar a salir.

Yo no era una nadadora tan experimentada como Archie, por lo que tardé más que él en llegar a los arrecifes. Pronto perdí a Archie de vista, por lo que me imaginé que, como los demás, había cogido una ola y se había dirigido hacia la playa. Así que me apoyé sobre mi tabla y esperé a que viniese una ola. Y de pronto vino. Entonces ocurrió algo no previsto. En un abrir y cerrar de ojos yo y mi tabla nos separamos lo que me parecieron varias millas la una de la otra. Primero llegó la ola, después me vi arrastrada violentamente hacia el fondo del mar, sacudiéndome mucho. Cuando salí a la superficie, casi sin respiración y tras haber tragado un montón de agua salada, vi mi tabla flotando a media milla de mí en dirección a la playa. Nadé con fuerza hacia ella. Un joven norteamericano me la recuperó a la vez que me saludó con las siguientes palabras: “Escuche hermana, si yo fuese usted, hoy no haría surf. Está arriesgando demasiado. Coja la tabla y nade directamente hacia la playa”. Inmediatamente seguí su consejo.

Diez días más tarde conseguía ponerme por primera vez de pie. ¡¡¡Qué sensación de triunfo total el día que pude mantener el equilibrio y avancé hasta la playa de pie sobre mi tabla!!! No existe nada igual a correr sobre el agua a una velocidad que nos parece de muchos kilómetros por hora. Se trata de uno de los placeres físicos más completos e intensos que jamás haya experimentado”.

Agatha y Archie estuvieron en Honolulu desde agosto hasta octubre de 1922. No se sabe si durante los dos meses que estuvieron en las Islas continuaron surfeando. Tampoco si lo siguieron haciendo a su regreso al Reino Unido.


LA HISTORIA EMPIEZA EN LA CÔTE

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A pesar de todas las historias anteriores, se puede afirmar que el surf, tal y como lo conocemos hoy, llegó realmente a Europa, concretamente a Biarritz, en 1956. En ese año, y con ocasión del rodaje de la película “The Sun Also Rises”, basada en el libro “Fiesta” de Ernest Hemingway, los californianos Peter Viertel, marido de Deborah Kerr, y Dick Zanuck, hijo del célebre productor Darryl Zanuck, viajan a Biarritz. Dick, que era surfista, hizo traer a instancias de Viertel dos tablas de surf, que fueron importadas desde California con las cajas que transportaban las cámaras. Una de las tablas se rompió durante el viaje. Cuando las tablas llegaron a Europa, Zanuck que era el surfista del grupo, había regresado a California. La aduana francesa reclamaba un 170% del valor de las tablas en concepto de impuestos, por lo que Viertel decidió pasarlas de contrabando a través de la frontera española. A los pocos días, y en presencia del mismísimo Hemingway, entró al agua. Aquel primer baño fue un desastre, y la tabla acabó contra las rocas. Viertel confió al local Georges Hennebutte su reparación. Al día siguiente, Hennebutte y Viertel surfearon sus primeras olas en Côte des Basques. 

Entre el grupo que presenció aquella primera experiencia surfística estaban Arnaud de Rosnay y Jacques Rott. Rott, que desde 1952 fabricaba bellyboards, fabricó dos replicas en madera de balsa, de dimensiones 340 x 65 x 7 cm y 25 kilos, a partir de la tabla de Viertel. Las tablas fueron estrenadas en la primavera de 1957 en Hossegor, y desde ese momento todo se aceleraría en el viejo continente.

 


 

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