Al caribe con el Alas: Cartas desde el Atlántico

Van a continuación algunos párrafos, tomados de un par de cartas escritas abordo durante la travesía -en la que unimos la Península con el Caribe-, acompañados por algunas fotos y un corto y sencillo documental de ese tramo.

Rumbo al Sol
Rumbo al Sol

“Cuando yo iba y venía, sin irme, ¡que cansancio me dabas, camino! Pero ahora que me llevas a todas partes, somos como dos enamorados”

(R. Tagore – “Pájaros Perdidos”)

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Hace un día precioso, brilla el sol bajo un cielo limpio, en el que anoche tuvimos toda la bóveda estrellada, solo para nosotros. Estamos en pleno Atlántico, a unas 250 millas al norte del archipiélago de Cabo Verde, y a unas 370 de la costa del continente africano.

Nuestra posición es: 21º 04' Norte; 023º 40' Oeste, vamos a 5 nudos con rumbo 255º. Son las 10:15 de la mañana (hora de Greenwich), y acabo de entrar, después de filmar y fotografiar -hasta cansarme- a los delfines que nos acompañan jugando en la proa. Vienen a ratos, desde hace días. Son hermosos, parece que vinieran a conversar y disfrutar con nosotros. El barco viaja a muy buena marcha, ahora algo más lenta, con una suave brisa por la popa que nos lleva sin apuro -y con mucho gusto- hacia el Caribe, el añorado Caribe y sus islas de ensueño.

Se puede decir que después del naufragio, ahora de verdad estamos de nuevo a flote. Cara y seca de una misma moneda...

En estas largas travesías hay tiempo para todo ¡hasta para pensar! Momentos de llamativa sensibilidad, cuando comprendes la importancia y la dicha, de haber podido compartir vivencias únicas con tus seres queridos. Nostalgia de vivir lejos, porque sigo soñando con dar la vuelta al mundo a vela, para beberme el mundo poco a poco y verlo con ojos limpios y el corazón abierto. Proyecto que sin duda me mantendrá físicamente alejado de muchos de mis grandes afectos todavía un largo tiempo más... Será tal vez mi destino, elegido a conciencia, porque entiendo que los sueños son como los planes del alma, y que si se presentan es para hacerlos realidad.

Está bien no haber ido a Cabo Verde este año. Llegaremos al caribe unos 10 días antes, y, sobre todo, navegaremos una etapa más larga, de casi 3000 millas, cosa que antes no habíamos hecho (entrenamiento para el Pacífico, porque es como la etapa de Galápagos a Fatu-Hiva en las Marquesas).

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Delfines por proa

Tomando unos mates: 6 de febrero, 12:00 hs. l: 15º 32' N, L: 049º 10' W. Viento del ENE, 20 Ns. Rumbo: 265º. Velocidad: 6 Ns. Trinqueta en babor y génova con enrollador a estribor (atangonado). Oleaje por popa de unos 2 a 3 m. Menos de 700 Millas para Le Marin, en Martinica, adonde finalmente decidimos dirigirnos como entrada a las Antillas.

Hace 5 días que navegamos igual. Exactamente igual. El barco va fantástico, estamos haciendo una media de 6 nudos (144 millas diarias desde que salimos de las Palmas), achicando o agrandando vela sólo al paso de algún chubasco (desde Canarias, a más de 2.000 Millas por la popa, el viento osciló entre unas ráfagas de 38, y un mínimo que no bajó de 10 nudos. Siempre portantes, en general sólo por la aleta o por popa).

Con el fondo limpio (ahora está bastante sucio), el segundo tangón operativo (nos faltan detalles) y otro enrollador en proa (que esperamos montar en Martinica), no sería raro que la media general hubiese subido entre 10 y 20 Millas/dia (¡podríamos meter medias de 155 a 165 Millas diarias, más de 1100 por semana!).

A bordo la mejor onda y colaboración, todo muy bien. Si agregas las puestas de sol y los amaneceres, las estrellas, la luna casi llena de estos días, los delfines, el mar azul, profundo e infinito, está resultando un viaje fantástico.

Técnicamente nos costó acostumbrarnos al cambio del catamaran al monocasco, porque al principio el balanceo del barco era muy grande, cuando tuvimos 30 Ns por popa con olas de 4 a 5 metros, haciendo que la vida abordo fuera bastante incómoda durante varios días. No me gusta llorar sobre la leche derramada, pero ahí sí que echábamos de menos al Gandul. En fin, con el descenso del oleaje todo ha ido a mejor. En términos de confort abordo el cata era superior en éstas condiciones, con un rendimiento más o menos equivalente. Pero cuando el viento venía de proa, aunque no fuera una ceñida cerrada, la performance en alta mar con el cata se desplomaba. Entre su dificultad para ceñir, y los duros golpes de mar en la nacelle se hacía muy dificil remontar al viento. Y muy duro abordo. En el monocasco uno disfruta de un barco más polivalente, con un rendimiento más parejo en todas las condiciones de mar y viento. Respecto a la vida abordo, el balanceo la torna bastante incómoda en portantes con algo de oleaje por popa, y en ceñida la escora causa incomodidades, pero el paso de la ola es menos brusco.

Alas-al-viento

Alas al viento

También encuentro sustanciales diferencias entre un barco de construcción artesanal, como era el Gandul, y un típico barco de astillero, como es el Alas (Beneteau Oceanis 430 de 1986). Hace unos cuantos años no existían las opciones de ocasión que se encuentran ahora, y era más común plantearse la construcción artesanal cuando no se llegaba al valor de los barcos nuevos o seminuevos. Ahora hacerse el barco es la opción elegida por aquellos a los que les gusta más la construcción en sí, antes muchos que queríamos navegar no encontrábamos otra manera de hacernos con un barco. En nuestro caso, el Gandul arrastró durante toda su vida sus “pecados de juventud”, de la falta de presupuesto inicial. Durante veinte años estuvimos intentando equiparlo, mejorarlo, embellecerlo. Obligaba a una mayor persistencia y foco en el barco. Aunque el armador sepa que un barco “nunca está terminado” y que “siempre hay que estarle encima”, no es lo mismo el trabajo de mantenimiento ni de prevención en un barco que nació con todo más en su sitio, con buenos y completos equipamientos, y con detalles de calidad, aunque sea antiguo.

Hablando de equipamiento, la radio (HF) está funcionando muy bien, nos permite disponer de la meteo actualizada con toda precisión (Weartherfax). Dejo para el final lo que hace que uno piense que -por fin- podríamos seguir y seguir navegando sin parar: el piloto de viento. Una pasada. Te da seguridad y mucha confianza, no solo lleva el barco, sino que compensa cualquier desequilibrio sin problema (al largar una vela para tomar rizos, o enrollar/desenrollar ¡ni se inmuta!). De este modo, el piloto automático eléctrico solo lo utilizamos para navegadas cortas o momentos puntuales, superando la dependencia de la electrónica y reduciendo mucho el consumo eléctrico.

En fin, todo para decirte que, aún un poco temeroso por mi ciática de este verano, ¡estamos de vuelta! y vamos por más (a propósito de la ciática, ejercicios matinales de estiramientos mediante, no he tenido ni la más mínima molestia).

Ahora, que de nuevo tenemos un buen barco oceánico, vamos retomando la idea de largar amarras para varios años. Un viaje de ida. Como la vida misma.

* Velero Alas

Viaje: Ida y vuelta (Península Ibérica – Caribe) Enero – Junio 2017

Tripulación: Begoña y Gustavo

Tramo: Travesía de ida del Atlántico Norte (desde Gran Canaria hacia Martinica)

Resumen de varias cartas escritas abordo.


Gustavo Díaz Melogno es navegante viajero, además de monitor de vela, regatista, diseñador y constructor naval.

Sus sueños de mar, viento y libertad, lo llevaron hasta el Cabo de Hornos y la Antártida a vela, y poco a poco lo fueron transformando en un vagabundo del mar. Autor de los libros “Entre el cielo y el Mar”, y “Gandul, a fuerza de sueños”.


 

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