jueves 20.02.2020
Apuntes de Travesías

Nueva visita a la Antártida

A 3 décadas de un viaje que para mí sería fundamental, resulta grato echar la mirada a la estela, y hacer así una nueva visita a aquella “Aventura en otro mundo”.
Nueva visita a la Antártida

La Antártida a vela

"Vuelvo al Sur, como se vuelve siempre al amor.

Vuelvo a vos. con mi deseo y con mi temor.

Llevo el Sur, como un destino del corazón.

Te quiero Sur. Sur, te quiero".

Fernando "Pino" Solanas

Islas Melchior

Islas Melchior


Cuando se es navegante, se suele entrever que las limitaciones a menudo están en la cabeza de la gente. Sí se tiene un buen barco -aunque sea pequeño y humilde- el mundo puede ser nuestro jardín. No hay límites, o más bien diría que las limitaciones son de muy diferente tipo que las del habitante de la polis.

Sin dejar de lado un sentimiento íntimo de descubrimiento, de desafío deportivo y de unión con la naturaleza imponente, había ido surgiendo en mi mente la idea de alcanzar la Antártida a vela, el último continente "virgen".

Pensaba hacerlo con el pequeño y probado Gandul II, pero por entonces encontré al compañero ideal con un barco mejor equipado, mi amigo Hugues Delignieres y su Oviri, ambos franceses. 

La idea

Lo fuimos conversando durante un estupendo viaje que realizamos en el verano del `88, en el que con ambos barcos recorrimos los canales fueguinos, desde Comodoro Rivadavia hasta Ushuaia. Cada tarde en que los williwaws lo permitían, nos encontrábamos en el fondeadero para charlar de la Antártida, hasta ese momento en el que un viaje que te entusiasma se te empieza a meter dentro, para decidir que sí o sí lo intentarás.

Preparación y realidad

Hugues viajó a Francia para trabajar, y yo volví a Comodoro a seguir con mi vida. Ambos nos comprometimos a intentarlo el siguiente verano. Hasta entonces debíamos ir preparando todo lo preparable...

Volvió a Patagonia a mitad de Diciembre y terminamos de cuadrar todo.

A principios de Enero nos volvimos a juntar, ya en Ushuahia. Toda una historia fue embarcar conmigo los 27 bultos y unos 300 kg del equipaje que debía despachar sin abonar -su costo estaba totalmente fuera de mi alcance, y sabía que dejar los bultos era renunciar al viaje-, en un estresante sprint final agotador, en el mismo aeropuerto, con el avión en la cabecera de la pista hasta que lo conseguí, tirando tanto de contactos como de súplicas. Qué cosas hacía uno.

A mediados de Enero estábamos preparados, tras reforzar todo lo reforzable: cerramos con tableros sobre el metacrilato todas las ventanas -el barco oscurecido antojaba un gran ataúd... un símil en el que preferíamos no pensar-, abulonamos los pisos, acortamos el mástil, instalamos un puesto de pilotaje interior y varios extras. Solo cabría esperar problemas porque el mar así lo dispusiera, no por nuestra falta de previsión o esfuerzo.

Nos supo a gloria que nuestro amigo Jean Paul Basaget (patrón y armador del Ksar, y capitán del Calypso de Cousteau durante su década más famosa), nos dijera que estábamos muy bien preparados y nos auguraba un rotundo éxito; al tiempo que nos trajo abordo a otra leyenda, Marcel Bordeaux, que a sus 84 años estaba realizando su cuarta vuelta al mundo en solitario ¡con un kayak de lona como auxiliar!

El 13 de Enero cruzamos hasta Puerto Williams, una base naval que Chile tiene en la Isla Navarino, cerca de Ushuaia, y el 15 estuvimos listos para alcanzar el Cabo de Hornos y encarar el Pasaje de Drake.

El cruce del Drake

Vientos del Sur de unos 40/45 nudos nos aconsejaron permanecer guarecidos en cercanías de Hornos durante cuatro días. El 21 por fin nos pusimos en marcha. Cruzamos el Cabo de Hornos, el mito -un buen mito, aquél era mi tercer cruce-, y nos dirigimos hacia el Sur. Deberíamos atravesar algo más de cuatrocientas millas de mar abierto de una de las rutas marítimas más duras del planeta. 

Cuatrocientas millas que hubo que ganarse a pulso. Rizar, aferrar, aguantar, mantener el rumbo, chequear la meteo, izar mayor, largar génova, achicar, cazar, filar, persistir, rumbo al sur, siempre a la vela, siempre hacia el sur. Atención al compás, al viento, dientes apretados, músculos tensos, el estómago en un nudo, que ya se huele el hielo; los temidos icebergs gruñones. Hasta que un día, al amanecer vemos por proa altas montañas heladas. La Antártida estaba allí, frente a nuestras -frías- narices. Impoluta, virgen y descomunal, soñada, temida y admirada se presentaba a nuestros ojos para que pudiéramos visitarla y, tal vez, mostrarnos algunos de sus secretos.

Alcanzamos las Islas Melchior cerca del medio día. Un imponente iceberg nos dió la bienvenida. Respiramos hondo, con esa íntima satisfacción que se te sube por todos los poros, cuando sentís que puede que no haya ninguna deuda más por saldar.

Otra vez navegaba más allá de mis propios sueños.

Iceberg_opt

Iceberg

Muy cerca del paraíso

Hacia el atardecer del 27 llegamos a la Bahía Paraíso, disfrutando de los paisajes más alucinantes que hubiera imaginado jamás. Una belleza salvaje, majestuosa. Navegamos entre icebergs, islas con glaciares que caen al mar, lobos y focas que dormitaban apaciblemente en pequeños témpanos. Nos sobrevolaban gaviotas, skúas, albatros. Los pingüinos nadaban con sus graciosas cabriolas a nuestro alrededor; el sol brillando en el cielo azul, el mar en calma, y una suave brisa mimando a las velas. Los ojos como platos y la respiración que se entrecorta. Alucinando de verdad.

Al llegar a la bahía encontramos fondeado al buque argentino "Bahía Paraíso", contrastando con la naturaleza fantástica de la bahía homónima. Tan solo unas horas después dicho buque polar acabaría su historia muy cerca, estrellándose contra las rocas, en las inmediaciones de la Base Palmer.

Los glaciares de los alrededores desprenden témpanos continuamente. La visión más imponente se obtiene desde un monte a cuyo pie se halla la base “Almirante Brown” incendiada en el '83. El paisaje alrededor es fabuloso, el Oviri reposa en el más bello fondeadero que pudiera recordar, entre pequeños témpanos, arropado por los hielos y la fauna antártica.

Llega un barco con turistas, nos sentimos invadidos en nuestro edén, y nos parece que su foto del lugar no puede ser igual que la nuestra, aunque muestren lo mismo, como no sería lo mismo la foto desde un ocho mil después de escalarlo palmo a palmo que si llegaras a la cima en helicóptero. Para algún ojo podrán verse iguales, pero no desde los ojos del fotógrafo.

Buque Antartico Ba Paraiso

Buque Antartico Ba Paraiso

Portada revista Barcos - Argentina

Portada revista Barcos - Argentina

Hace 30 años describí mi visión de esos turistas. Más tarde conocería otras formas de turismo, que de una manera más respetuosa y consciente intenta conocer, comprender y valorar las experiencias, los lugares y las gentes, que me motivaría a desarrollar mi actividad profesional también hacia ahí.

Turistas

Sus seguridades los refugian

presupuesto, confort, hoteles, aviones y navíos.

El sistema.

A la gente no se acercan

la tierra no la pisan

el mar no lo sienten

el lugar no lo viven.

Más tarde hablarán del viaje.

¡Como si hubieran ido!

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Iceberg

Dos días después partimos hacia Lockroy, un puertito muy reparado cercano a la base norteamericana de Palmer. Visitamos una base inglesa abandonada hace ya mucho tiempo, en la que encontramos gran cantidad de pingüinos Papúas -de pico rojo- focas, lobos y muy diversas especies de aves.

Favorecidos por el refrigerado ambiente local, algunos víveres del año 1958 aún se mantenían comestibles, como comprobamos empíricamente tras homenajearnos en la bañera del Ovirí.

Sobrecoge el marco natural que nos rodea, la naturaleza pura, prístina y cristalina que invade poco a poco los sentidos y cambia el punto de mira, más tarde sabré que para siempre.

Tras recorrer tranquilamente la zona, decidimos zarpar hacia la Isla Decepción.

En el Estrecho de Gerlache

Navegamos entre témpanos y una ininterrumpida costa blanca de hielo. El cielo se mantiene cubierto todo el día. Vemos a la distancia el clásico soplido de una ballena, mientras los pingüinos nadan a nuestro alrededor.

Un poco de viento nos induce a pensar en fondearnos en Cuverville, una isla con buen reparo. Al acercarnos al lugar, nos encontramos con dos enormes ballenas Yubarta, más grandes que el Ovirí. Nos mantenemos cerca, filmando y fotografiando, desde el barco y desde el bote. Al rato llegan dos ejemplares más: una fiesta. Dan vueltas en derredor, sacan la cola blanca de un lado y marrón oscuro del otro, chapotean a centímetros del barco. Sus soplidos te empapan ¡Graciosos los colegas!

La pequeña aleta dorsal asoma sobre su lomo imponente. Al pasar por debajo nuestro, a pocos metros de profundidad, vemos su cuerpo blanco por la fosforescencia del agua... Entonces sacan su enorme cabezota verticalmente hacia arriba, ante nuestra mirada atónita ¡Nos miran! Y a comenzar nuevamente.

Estrecho de Gerlache

Nos impulsa un viento sin memoria

Mar, glaciar, roca

Presencia fugaz, la nuestra

Los pingüinos, curiosos, investigan

Las ballenas danzan a la vida, y nos incluyen

Los pájaros alzan vuelo.

En el largo día,

con las velas al viento,

el barco va...

Ballena Yubarta_opt

Ballena Yubarta

En Cuverville

Cuverville es una pequeña isla que se encuentra en el Estrecho de Gerlache. Está habitada por pingüinos Papúas y Antárticos, por lobos de uno y dos pelos, por focas, y una gran variedad de aves: skúas (que pasan su vida en pareja) gaviotas y petreles de distintos tipos, palomas antárticas y otras.

El fondeo es bueno. Está al resguardo de enormes témpanos de centenares y miles de toneladas que van a la deriva. Por el lado Sur está plagado de ellos, varados en la cercanía de la costa.

Temor

El hombre puede ser un Dios, o un demonio...

Yo solo quiero que sienta, que piense, que ame.

Que no destruya la Antártida,

la virgen, la mía, la nuestra.

Tristeza

de conocer nuestra historia,

de saber lo que se proponen

Alegría,

de sentir que no estoy solo.

Lockroy

Lockroy

Decepción: Viviendo sobre un volcán

En la madrugada del 16 de Febrero llegamos a la Isla Decepción. En el camino avistamos varias ballenas Minke y un delfín picudo de Cuvier.

Fondeamos en la base argentina, donde conocimos a un grupo de geólogos, junto con un bullanguero equipo de investigadores españoles. Visitamos la pingüinera que se encuentra al sudoeste de la isla. Los científicos españoles calculan en 500.000 los nacimientos del año.

Aprovechamos para visitar las distintas caletas de la isla, que tiene forma de Herradura. Llega otro velero francés amigo, y con ellos visitamos la Bahía Péndulo y nos bañamos en sus aguas termales, cerca de los restos de una base chilena devastada en el '67, cuando hizo erupción un volcán -de la veintena en actividad sobre los que se asienta la isla-, que cambió su geografía totalmente. Las aguas están como a 90° en los surgideros, y alrededor todo es vapor.

Finalmente conocemos la Caleta Balleneros, donde quedan enormes depósitos y variados objetos de una base inglesa hace tiempo abandonada, y de lo que fuera en su momento una planta procesadora de aceite de ballena.

Gustavo en la Antártida

Gustavo en la Antártida

Adiós al santuario natural

Se acababa nuestro viaje. Alcanzados nuestros planes, superados los plazos máximos de tiempo previstos y con nuestras reservas de víveres y combustible agotándose era el tiempo de volver.

Debimos postergar la zarpada durante seis días. La carta meteorológica daba miedo, con vientos huracanados y olas enormes en el Drake. En el Cabo de Hornos la estación meteorológica chilena acusaría vientos de 90 nudos -unos 170 km/h-, con olas de 15 metros ¡un edificio de 5 pisos!

Zarpamos una vez pasada esa tempestad y con una perspectiva meteorológica más favorable, al menos para el inicio del cruce.

Hugo y Gustavo - Oviri

Hugo y Gustavo - Oviri

Días difíciles en el Drake

El 16 de Febrero zarpamos de Decepción. Un viento frío y contrario nos daba en el rostro. Neviscaba.

Una infección renal se ensañó con Hugues. Con su habitual fortaleza y actitud positiva intentaba tranquilizarme diciendo que en uno o dos días estaría mejor, pero no fue así, estuvo cuatro días postrado con fuertes dolores que resistió estoicamente. Entre tanto yo no imaginaba soluciones por si el cuadro se agravaba; en el medio del Drake, sin comunicación, sin auxilio, sin nadie a quién recurrir. Por suerte la navegación fue bien, aunque llegaron borrascas del Oeste y Noroeste que trajeron mala mar, con vientos de 40 nudos, y luego soportamos el paso de un frente del Norte/Noroeste que costaba remontar, y nos hizo temer que no llegaríamos nunca. Sin embargo, el 21 de Febrero por la mañana, apareció a proa la inconfundible silueta de la Isla de Hornos. Estábamos en casa.

Cruzamos el mítico Cabo nuevamente, remontando entre la Isla Hermite y el falso Cabo de Hornos. Hugues se fue recuperando rápidamente al calmar el oleaje y ya se sentía bien cuando fondeamos en Puerto Toro.

Después de un disfrutado descanso, partimos hacia Pto. Williams adonde llegamos en la madrugada del 23. Desde allí seguimos hacia Ushuaia, en donde pusimos fin a la que sería, hasta la fecha, mi aventura más austral, no así para Hugues, que al siguiente verano volvería en solitario y conseguiría pasar allí todo un año, invernada antártica incluida.


Gustavo Díaz Melogno es navegante viajero, además de monitor de vela, regatista, diseñador y constructor naval.

Sus sueños de mar, viento y libertad, lo llevaron hasta el Cabo de Hornos y la Antártida a vela, y poco a poco lo fueron transformando en un vagabundo del mar. Autor de los libros “Entre el cielo y el Mar”, y “Gandul, a fuerza de sueños”.


 

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