viernes 05.06.2020

La Comunidad Haenyeo: mujeres de los mares en el Siglo XXI

Y. Zhin Photography
Y. Zhin Photography

Una sirena, según la Real Academia Española de la Lengua, es una ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave según la tradición grecolatina, y con cuerpo de pez en otras tradiciones, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto.

Pero las haenyeo, mujeres de los mares en coreano (protagonistas de Mujeres de los Mares, de Ediciones del Viento), son modernas sirenas que, en vez de cuerpo de algún estrafalario animal, enfundan sus piernas en un traje de neopreno un tanto arcaico, en el que las gotas de agua resbaladizas los harán brillar como si de escamas se tratara. Aunque no lo son. Con su traje de buzo, sus cinturones de pesas y sus gafas de buceo de un solo cristal (llamadas nun), la técnica y la cultura del buceo de la comunidad haenyeo se transmite de madres a hijas, de generación en generación desde hace varios siglos. Y, desde 2016, pertenece al Patrimonio Cultural de la Humanidad declarado por la Unesco.

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En la bella isla de Jeju, situada frente a la costa meridional de Corea del Sur, cuando paseas por sus abruptas y paradisíacas playas volcánicas, siempre lo haces con la esperanza de oír un silbido cautivador. No es el de un pájaro exótico, ni siquiera, la llamada reconocida de alguien… es el sumbisori, el sonido que te indicará que, efectivamente, ese puntito naranja que divisas lejos, en el mar, sea la boya o tewak de una moderna sirena. Probablemente sea mayor de 50 años y seguramente usará unas gafas de bucear graduadas, pero el muljil o técnica de buceo en apnea aprendida de sus antepasados la hace diferente. Es una luchadora, una guerrera que en tiempos de modernos aparatos de inmersión lucha para que una cultura ancestral no se pierda. Aunque ella ya tan solo sea poco más que un mero reclamo turístico.

Su origen se remonta a varios siglos atrás, cuando reinaba la dinastía Joseon e impuso el pago de un tributo de molusco. Las mujeres ayudaron a los hombres a recolectarlo y, cuando los hombres faltaron a causa de las guerras o la emigración, ellas continuaron con la pesca, aunque ese tributo fuera abolido durante la invasión de Japón a Corea (1910-1945).

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Esta forma de bucear, el muljil, se transmite de generación en generación, de madres a hijas, de maestras a alumnas. Consiste en aguantar entre un minuto o dos bajo el agua, descendiendo hasta 10 metros para pescar y recolectar marisco, molusco, algas y otros productos marinos. Al emerger, emiten un silbido muy característico y único, combinación de la expulsión del dióxido dz<e carbono y la inhalación de oxígeno (sumbisori). Antiguamente se sumergían con trajes de algodón, pero desde los años 70 su indumentaria es de neopreno, con lo que aguantan sus jornadas de 7 horas de otra forma. Su período de pesca es de 3 meses, distribuido a lo largo del año y regulado por ellas mismas para permitir la regeneración de las especies.

La comunidad haenyeo está muy jerarquizada, y se divide en 4 escalafones: las Hagun (aprendices) pueden bucear entre 3 a 5 metros de profundidad; las Junggun (nivel intermedio) hasta 5 metros; las Sanggun (nivel avanzado) hasta 8 metros; y finalmente las Daessangun (el gran nivel) en el que alcanzan la técnica perfecta de buceo, de pesca y de sabiduría y son capaces de bucear hasta 10 metros, por lo que lideran las expediciones de buceo, controlando la seguridad de todas y participando en la toma de decisiones del pueblo.

El proceso de aprendizaje se iniciaba desde la infancia: con 5 o 6 años aprendían a nadar. Las primeras inmersiones las realizaban a los 11 años, a poca profundidad y poco a poco iban descendiendo más. A los 18 años la niña se había convertido en una mujer que formaba parte de la comunidad haenyeo.

Antes de cada inmersión, cada grupo de haenyeo se reúnen en un bulteok, un lugar cercado por un muro de piedras en semicírculo, (llamado doldam, donde podrán cambiarse resguardadas del viento y del frío) con una hoguera encendida que les esperará ardiendo cuando regresen y les acogerá mientras comentan las vicisitudes de la jornada, se desahogan, intercambian consejos laborales o familiares o toman decisiones. El número de estos lugares se ha reducido notoriamente, y también lo han hecho las pescadoras, siendo incluso reemplazados desde 1985 por modernos vestuarios equipados con agua caliente y fría y más comodidades. Apenas quedan 70 en toda la isla, como tan solo hay ya unas 2.500 buceadoras (en 1965 se contabilizaban más de 23.000 haenyeo, representando sus recolecciones más del 60% del ingreso pesquero de la isla), y sus edades van desde los 50 las más jóvenes, hasta sobrepasar los 80 años las más veteranas. A medida que van alcanzando mayor edad, van reduciendo el número de días de trabajo, sin dejar de zambullirse por completo nunca.

Conscientes de la dureza y peligrosidad de su oficio, antes de la jornada de cada día, las buceadoras rezan y lanzan sus plegarias al dios Dragón, que en su cultura es el que controla los mares, pidiéndole su ayuda para regresar sanas y salvas y con una pesca abundante. De hecho, hay un dicho coreano que viene a decir algo así como “obtenido gracias al Cielo, consumido en la Tierra“.

En la década de los 70, la industria de las haenyeo descendió de forma muy acusada, y otros sectores, como el turismo, le ganó la batalla. Las jóvenes no quisieron seguir la tradición, orientándose hacia otros oficios más rentables y menos duros, porque como cuenta la tradición, una haenyeo buceaba hasta el mismo día de dar a luz. Y después, dejaba su canasta con el bebé en la orilla hasta que regresara con la red llena de capturas de abulones, erizos, crustáceos, pulpos… Sin duda, un oficio duro y sacrificado.

En esta comunidad priman los valores. Cuando no pueden pescar, se dedican a la agricultura. Y sus beneficios son repartido entre todas, ya que es una economía comunitaria. También un día al mes se dedican a limpiar la playa de la basura que deja el turismo y, entre otras actuaciones, han creado un refugio para las mujeres que son víctimas de la violencia de género. Por todo ello, y porque, además, las mujeres activas desempeñan un papel importante en la unión de sus familias y mantienen un estilo de vida que está en armonía con la naturaleza, la Unesco agregó la cultura de las haenyeo a su lista de patrimonio.

 Y una última curiosidad. El día más representativo de la cultura de la comunidad haenyeo es, desde hace mucho, mucho tiempo, el 8 de marzo. ¿Será casualidad… o no?


De esta y muchas más Mujeres de los Mares se habla en el libro de Ediciones del Viento. Pincha a continuación si quieres comprarlo.

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