CAPÍTULO II

Historia de las piscinas de olas: el desastroso campeonato del mundo de 1985 en el Wildwater Kingdom

Un torneo en la América profunda, con un contraste entre los habitantes y los surfistas que se notó desde el primer momento.

Segundo capítulo de una serie escrita por el surfista Jesús Busto. Aquí encontrarás el primer artículo. Puedes ver la serie completa pinchando aquí.

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La historia del Dorney Park se remonta a 1860, cuando Solomon Dorney construyó un criadero de truchas y una urbanización de veraneo en una finca a las afueras de Allentown, Pennsilvania. En 1870 dio el giro definitivo a su proyecto, comenzando la construcción de un parque de atracciones con zonas de pícnic, un hotel, restaurantes y un pequeño zoológico. En 1901 la compañía ferroviaria Allentown-Kutztown compró el parque y lo explotó hasta 1923, cuando lo vendió a  Robert Plarr y otros dos socios. 

Fue idea del yerno de Plarr el construir, anexo al Dorney Park, un parque acuático, el Wildwater Kingdom, en el que la atracción más grande sería una piscina de olas del tamaño de un campo de fútbol americano, y en la que se generarían olas de hasta 7 pies. Las obras comenzaron en 1984 y en ellas se invirtieron 10 millones de dólares.

"Bob Plarr se puso en contacto conmigo en el otoño de 1984, cuando la piscina apenas era un hoyo en el suelo, y me preguntó cómo podíamos llevar el surf a Lehigh Valley"- cuenta Jim Karabasz, que pocas semanas después de la llamada de Plarr se convertiría en el Director del programa de surf del parque. "Quería saber quiénes eran los mejores del mundo, y si podría ponerle en contacto con ellos. Tuvo las agallas de construir la piscina sin saber muy bien qué se podía hacer con ella".

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Karabasz puso en contacto a Plarr con el australiano Ian Cairns, director ejecutivo de la Asociación de Surfistas Profesionales. "Pensé que aquella era una idea fantástica para el futuro del deporte", declaraba Cairns a los medios locales el día antes de que empezase el campeonato. Cairns tenía en mente en ese momento el organizar una "gira por el interior", que según Karabasz no solo sería ideal para los espectadores, sino también para la televisión y los negocios. "El televisar un campeonato desde la playa, exige un montaje muy caro que muchas veces tiene que estar esperando durante días a que lleguen las "mejores olas", lo que es una pérdida de tiempo y dinero. Una piscina de olas es lo más parecido a crear un estudio de grabación para los surfistas. Los espectadores no solo tendrán una vista de 360 grados del evento, sino también mejores asientos y comodidades". "Cuando dije que iba a traer el surf a Allentown, la gente pensaba que me había vuelto loco, y que lo siguiente iba a ser que me ingresasen en un manicomio", - contaba Bob Plarr antes de empezar el campeonato, "Los Amish están realmente enloquecidos. Pero fue el fanatismo de los surfistas lo que me hizo pensar que ésto era posible. Los surfistas están locos, y eso me gusta".

Para la inauguración de la atracción, Allentown se convirtió en una de las 19 paradas del circuito mundial de 1985. Atraídos por un premio de 25.000 dólares, entre el 19 y el 23 de junio, 76 surfistas, incluidos 25 de los 30 mejores del mundo, llegaron al aeropuerto Allentown-Bethlehem-Easton en Pensilvania, a unos 160 kilómetros de la playa más cercana. "Cuando llegué al aeropuerto, la gente miraba mi tabla y me preguntaban si era una canoa", -recuerda Tom Carroll.

El contraste entre la América interior y los surfistas se hizo notar desde el principio. La estética de los surfistas, y sus coches llenos de tablas, eran seguidos con extrañas miradas por los habitantes de Allentown e incluso por la policía local. El contraste fue igual de extraño para los competidores. "En la playa mucha gente nos trata como vagos", -declaraba Hans Hedemann a los medios locales. "Aquí somos héroes".

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"Salimos del automóvil, Pottz, Elko, el Sr. X [Glen Winton] y yo", - recuerda Tom Carroll. "Allí estábamos, de pie, con nuestras tablas bajo el brazo al borde de una piscina y pensando: ¿pero qué es ésto?. En ese momento sentí que aquel era el lugar más extraño del planeta para un surfista. El tipo que dirigía el evento se sumó al grupo. Recuerdo que usaba unos shorts ajustados de gimnasia que hacían que mis boardshorts pareciesen holgados".

Las olas fueron fabulosamente malas durante el campeonato. Un gorgoteo, que parecía provenir de las entrañas de la piscina, precedía a una descarga de agua similar a la de un inodoro tamaño industrial, dando lugar a una ola de altura la de la rodilla. Los surfistas no habían visto nunca nada parecido, en gran parte porque el intervalo entre olas era de tres segundos, un periodo que no existe en la naturaleza para olas de ese tamaño. El campeonato parecía estar destinado a ser recordado como una broma. "¡Pero lo curioso es que ni siquiera fue la peor ola del tour de aquel año!"- se ríe Carroll, que había ganado el título mundial el año anterior en Florida gracias a las olas generadas por una motora que la organización conducía a toda velocidad en paralelo a la orilla de la playa.

Cada ola de la piscina era una réplica exacta de anterior. Accionadas por ordenador, y desde una larga rejilla de metal situada en el extremo de la piscina, salían grupos de 15 olas, una ola cada 2 segundos y medio. A esas 15 olas les seguía una pausa de 2 minutos, hasta que la máquina creaba otra serie de 15 olas. Durante las mangas casi todos los competidores siguieron la misma táctica. Sentados, se balanceaban durante las 14 primeras olas de la serie, ante la creencia no probada de que la última ola sería mejor que las 14 anteriores. Todos surfearon exactamente 10 olas en cada manga. Todos cogieron sus olas de frontside. Y prácticamente todas las olas fueron iguales: tras una remada potente, un primer reentry rápido y fuerte, seguido de un segundo reentry más flojo, y fin de la ola. Poco más se podía hacer. 

"Me di cuenta pronto." - recuerda Tom Carroll. "Después de surfear en el océano y tener que lidiar con múltiples variables, en la piscina descubrí que lo que había que hacer era coger la undécima ola. Entonces, el surf se convirtió en una ecuación matemática. Sabía exactamente cuántos giros podía hacer, y en qué parte de la ola tenía que estar en cada momento. Podía literalmente coreografiar cada una de mis olas". 

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Los lugareños se acercaron a ver el campeonato a principios de la semana. En las primeras rondas había alrededor de 500 Allentonianos sentados alrededor de la piscina. Sin embargo, el día de la final, la novedad ya había pasado. Mientras Tom Carroll se batía contra Derek Ho en la final, los niños hacían cola en el tobogán Kamikaze Speed ​​Plunge. Alrededor de la piscina las sillas estaban vacías (los organizadores dijeron sin embargo que se habían llegado a vender más de 5.000 entradas). Carroll se hizo con la victoria, embolsándose los 4.500 dólares del premio.

Tras el campeonato la sensación, al menos entre los surfistas, era de fracaso total. La perfección de un Trestles sintético que les habían prometido, no había aparecido por ningún lado, y aunque la máquina de olas se hubiese llevado a su máxima potencia, todos concluyeron que aquello no daba para más. "Fui derrotado por la máquina", fue la expresión que utilizó Shaun Thomson impotente ante la mejor calidad de las izquierdas que de las derechas que intentó surfear de cara. Algunos también se quejaron de la falta de flotabilidad de sus tablas en agua dulce en comparación con el agua del océano. Sin embargo Karabasz tenía respuesta para todas aquellas críticas: "Sinceramente creo que algunos surfistas no se adaptaron a estas condiciones. La piscina llevó al surf a su forma más básica. Ganó el mejor surfista. Todas las demás variables que afectan al resultado en el océano quedaron fuera de este campeonato".

Tras Dorney Park la idea de un circuito de surf, con pruebas solo en el interior, fue desechada. El surf ha continuado en la piscina de Wildwater Kingdom, dos veces al día, hasta hoy. "Todo el mundo en el surf me conoce por este campeonato. Ese es Jim Karabasz, el chico que organizó un campeonato de surf en Pensilvania".


 

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