Así que nos limitamos a grabar la imagen que vimos en el horizonte en nuestra memoria y soñar con lo increíble que hubiera sido ese baño. Como incluso para soñar empezaba a hacer demasiado frío, pegamos la vuelta rumbo al pub que habíamos visto en la carretera. Ya que descartamos el plan A, surfear, nos dedicamos al plan B: tomar una cerveza y encontrar la mejor sopa en toda Irlanda. Un objetivo bastante más viable de alcanzar, ya que hay pubs con sopa del día en cada curva de cualquier pueblo que cruzas. Pueblos que con sus casas y locales que parecen haberse quedado atrás en el tiempo, tranquilamente podrían ser escenografías de película, incluidos sus personajes. Pero no de cualquier género. Son el ambiente idóneo para la tragicomedia.



¿Has visto alguna película de producción irlandesa? No quiero generalizar, pero muchísimas son tragicomedias, ¡y muy buenas! Pueden ser relacionadas con temas diferentes como la música en “The Commitments”, la vida rural en “Awaken Ned Divine” o también ser más románticas como “Wild Mountain Thyme”, pero lo que todas tienen en común es ese toque algo dramático con una buena chispa de humor. Al menos en las zonas rurales que visitamos, todo parecía respirar ese aire. Los paisajes igual que la gente, marcados por el clima, el día a día y seguramente por alguna que otra Guinness. De lejos podría parecer todo bastante gris y apagado, incluso las personas, pero cuando sale el sol iluminando las costas salvajes y el verde furioso del prado y de los bosques, la escenografía cambia. Y si paseas por las calles con sus casas de puertas pintadas de todos los colores e intercambias dos palabras con sus habitantes, te das cuenta de todo lo contrario.
A cada paso descubrimos historias, algunas las inventamos y otras nos las contaron. La banda sonora ideal para esos mini guiones sería un mix curioso con temas reflexivos, densos y más profundos como Creep de Radiohead y a la vez inyecciones de energía y alegría ligera como Good Vibrations de los Beach Boys. Es ese un poco el feeling omnipresente que percibimos y que a la vez explica la tendencia hacia la tragicomedia. Así, por ejemplo, un día nos encontramos a una señora que iba bien abrigada y caminaba ligeramente encorvada, sea por el clima o por su edad, pero de repente se quedó en bañador y sin pensárselo dos veces se tiró al mar para nadar. Y no estoy hablando del caribe ni de qué hacía un día soleado, espléndido. Los surfistas aquí en invierno van con un 5/4 y muchos con capucha, para que te hagas una idea de la sensación térmica. Y mientras tanto, ella no se hace mucho problema. Al inicio cuesta un poco, pero al final se convierte en una adicción, de las buenas, nos contaba cuando le preguntamos después de su baño. Paradójicamente, ese frío que parece pasar incluso por los huesos te hace sentir mucho más vivo. Esa adicción a sentirse viva le motiva para mantener su ritual todos los días del año. De hecho, en muchas zonas se organizan incluso encuentros para ir en grupo a bañarse y nadar en el mar porque puede aliviar problemas psicológicos como la depresión.
No es ninguna novedad que el mar tiene algo curativo, y al ser una isla, Irlanda tiene de sobra ese remedio. Es una cultura de mucha conexión con el océano, que se vive desde hace siglos y de muchísimas maneras. De hecho, acercarse al agua a través del surf es una de las más recientes. Y, a que no te lo esperabas: incluso los inicios del surf a nivel profesional en la Isla Esmeralda tienen algo de un guión con un toque de drama y una pizca de humor.



El primer campeonato internacional de surf que se ha organizado en Irlanda tuvo lugar en 1972. La ciudad costera Lahinch fue elegida como anfitriona del evento, pero mientras llegaban surfistas de toda Europa, del swell no había rastro. Muchos no querían perder tiempo y se fueron sin ni siquiera sacar la tabla de la funda. Los que no tenían tanta prisa, en cambio, se lo tomaron como un roadtrip por la costa…y fueron premiados. No festejando la final del campeonato, y seguramente con más ovejas y vacas siguiendo el espectáculo que espectadores, pero surfeando olas increíbles y llevándose a casa, una experiencia que seguramente recordarán todavía.
Nosotros también optamos por ese plan, después de un par de semanas recorriendo las costas y calles estrechas en las que al parecer el límite de velocidad es bastante relativo. Habiendo pasado por los primeros baños frustrantes por equivocarnos de tablas y peleas contra el viento offshore, la búsqueda de olas pasó casi al segundo plano. En la trama principal de repente íbamos cada semana a las clases de charleston y foxtrot con los jubilados del pueblo. Algunos viven tan remoto que ni de lejos ven a su siguiente vecino, lo que puede llevar a una vida bastante solitaria, pero con la excusa de las clases de danza se juntan para socializar en el community center. Hasta el cura viene a mover el esqueleto.
También seguimos el consejo del dueño del minimercado para ver a los chicos jugar al gaelic football y en cada ocasión que se nos presentaba nos paramos para charlar con la gente que nos cruzamos. Algo que con el ritmo del día a día quizá no se suele hacer, pero como estábamos de vacaciones, era un gran pasatiempo y de paso conocimos más sobre la cultura local. Una señora, dueña de una casa llena de flores preciosas, al enterarse de que íbamos en búsqueda de olas, nos contaba todo sobre su marido difunto que era un verdadero aquaman y eso en una época en la que ni siquiera existían los neoprenos.
Otro día entramos en un pub donde nos sentamos en la barra y un señor, que parecía que pasaba sus tardes ahí desde toda la vida, empezó por observarnos de reojo, no más. Después de darse cuenta rápidamente que no éramos de ahí, nos contó que realmente él también es extranjero. Cosa que nos parecía rara porque más pronunciado no podía ser su acento irlandés. Pero resultaba que era de otro county y con el orgullo que tienen en cada county, ser de otro, prácticamente se siente como ser extranjero.



No sé si por la forma ingenua de la gente que nos cruzamos de tratarnos como uno más o por las chimeneas prendidas en cada pub que invitan a no irse nunca más, pero sin darnos cuenta el tiempo se nos pasó volando y casi nos olvidamos de la búsqueda de olas. Casi. Hasta que en uno de los últimos días hicimos otro paseo por la costa. Como nos dimos cuenta que el cuerpo con el clima frío, al que no estábamos para nada acostumbrados, pide alimentos cada 5 minutos, íbamos preparados. Trajimos nuestro pícnic a base de delicias de una de las pocas panaderías caseras que encontramos. Sí, incluso en la Irlanda rural y más retro que te puedas imaginar, los grandes supermercados han ganado terreno y se compra todo ahí. Todo menos la carne, porque de carnicerías hay cinco por cada pueblo.
Pero bueno, volvemos a la costa, ahí, después de casi un mes, encontramos lo que buscábamos. Una auténtica panadería y su dueña, una señora jubilada que transformó su garaje en un horno encantador. Ella no solo nos preparó mil delicias, sino que también nos dio la pista para encontrar ese baño que ya ni buscábamos tanto. Consejos para la mejor marea incluidos. Siguiendo sus indicaciones nos acercamos a la playa y nos quedamos sin palabras. Ahí estaban, al alcance de bajar solo un pequeño acantilado, rodaban olas de ensueño. Y como para endulzarnos la despedida, incluso había cielo despejado y un sol magnífico de invierno que intentó secarnos los neoprenos después del baño mientras comíamos nuestro último apple pie post surf.

