jueves 14.11.2019

Una colección fotográfica inédita de Francisco Hernández-Pacheco sobre la Sierra de Guadarrama

Una colección fotográfica inédita de Francisco Hernández-Pacheco sobre la Sierra de Guadarrama

A mediados del pasado mes de mayo me llamó Joaquín Fernández, el conocido periodista ambiental ‒además de buen amigo‒ al que tanto debe el conservacionismo de nuestro país por razones tan diversas y de tanto peso que es difícil referirlas en esta entrada, aunque lo haremos más adelante. Cuando supe el motivo de su llamada me quedé de piedra, pues no era otro que comunicarme su intención de cederme un pequeño tesoro llegado a sus manos gracias a la autoridad y el prestigio que tiene como uno de los mayores expertos en la historia del ecologismo y la conservación de espacios naturales en nuestro país, además de biógrafo de alguno de los personajes de los que vamos a hablar en esta entrada. Tras escucharle, me di cuenta enseguida del valor de lo que quería entregarme con tanta generosidad: nada menos que una colección de 179 negativos originales de fotografías tomadas en la Sierra de Guadarrama por el geólogo y naturalista Francisco Hernández-Pacheco entre 1917 y 1966, un archivo fotográfico inédito y de gran valor patrimonial que me da pie a escribir estas líneas con el fin de situarlo en el contexto histórico adecuado, y destacar su interés documental en relación con otras colecciones existentes de su obra fotográfica. Vaya por delante mi agradecimiento a Joaquín por esta muestra de confianza.

Eduardo y Francisco Hernández-Pacheco, padre e hijo

En consideración a los lectores de esta bitácora menos informados hay que explicar, aunque sea de forma ajustada al asunto que nos ocupa, quién fue Francisco Hernández-Pacheco, lo que resulta obligado no sólo por haber sido el autor de las mencionadas fotografías, sino también por lo que significan su figura y la de su padre Eduardo Hernández-Pacheco para la historia de la Sierra de Guadarrama. Tras semanas de búsqueda de referencias y fotografías para documentar estas líneas en los archivos del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense, y después de darle muchas vueltas a la cuestión de cómo escribirlas, me ha quedado claro que no es posible hablar de la labor del hijo como fotógrafo sin antes referirse extensamente al padre, porque, tanto en lo relativo al aprendizaje del arte y las técnicas de la fotografía como en otras facetas de su actividad científica, fue su discípulo y colaborador inseparable a lo largo de toda su vida. También porque, de los dos, el padre es hoy el más recordado por su gran legado como geólogo, geógrafo, paleontólogo y naturalista vinculado a instituciones tan relevantes a comienzos del siglo XX como la Real Sociedad Española de Historia Natural y la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, aunque no lo sea tanto en su faceta mucho menos conocida de pionero en el estudio del paisaje a través del objetivo de una cámara fotográfica, interés que le transmitió a su hijo como una más de sus numerosas inquietudes relacionadas con la conservación de la Naturaleza. Otro de los aspectos del importante legado que nos dejó el padre, del que vamos a hablar también en estas líneas, es su impulso a la primera política de conservación de espacios naturales iniciada en España durante la segunda década del siglo XX, de la cual son herederas en cierta medida las que están vigentes en la actualidad tanto en el ámbito estatal como en el autonómico.

Francisco Hernández-Pacheco, el hijo (RACEFN)

Eduardo Hernández-Pacheco, el padre (MNCN-CSIC)

Aun así, pienso que la figura de Eduardo Hernández-Pacheco (1872-1965) no está hoy lo suficientemente reconocida fuera del ámbito científico, en especial entre los amantes de la Sierra de Guadarrama, pese a haber sido uno de los guadarramistas de la primera época, defensor de los valores culturales y sociales del naciente excursionismo de carácter pedagógico puesto en boga por la Institución Libre de Enseñanza. Si acaso es apenas recordado por su iniciativa de construir en 1932 la conocida Fuente de los Geólogos junto a la carretera que sube al puerto de Navacerrada, un monumento dedicado a la memoria de Casiano de Prado, José Macpherson, Francisco Quiroga y Salvador Calderón, naturalistas de una generación anterior ‒los tres últimos profesores suyos en la Universidad Central‒ que fueron pioneros en la exploración geológica del Guadarrama e inspiradores ‒en especial Quiroga‒ de su temprana preocupación por la conservación de la Naturaleza. Este acontecimiento que supuso en la época la inauguración de la fuente de los Geólogos, muy recordado por su carácter simbólico, refleja sin embargo sólo una pequeña faceta del legado intelectual y científico que nos dejó Eduardo Hernández-Pacheco como estudioso, defensor y fotógrafo de nuestros mejores paisajes y como ejecutor de los primeros intentos de protección de la Sierra de Guadarrama poco antes del comienzo de la guerra civil.

Eduardo Hernández-Pacheco pronunciando el discurso de inauguración de la Fuente de los Geólogos, en la subida al puerto de Navacerrada, el 12 de junio de 1932 (Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC)

Joaquín Fernández ha investigado y escrito mucho sobre Eduardo Hernández-Pacheco, en especial sobre el importante papel que jugó en la historia de la conservación en España. Sin duda es hoy una de las personas que más saben sobre su trayectoria profesional y humana, junto a especialistas que han estudiado su obra desde diversas ramas de la ciencia, principalmente los geógrafos Eduardo Martínez de Pisón, Josefina Gómez Mendoza, Nicolás Ortega Cantero y Manuel Mollá Ruiz-Gómez, los cuatro con una perspectiva sobre todo paisajista. Destacados expertos en su vida y su obra son también el geólogo Jose Luis Barrera, historiador y cronista de las ciencias geológicas en España, y el biólogo Santos Casado de Otaola, que ha situado con precisión el lugar que ocupa su figura en el proceso de nacimiento de la ecología en nuestro país [1].

La principal aportación de Joaquín Fernández ha sido poner de relieve su menos conocida faceta política, que inició tímida y fugazmente en 1906 como concejal en el Ayuntamiento de Córdoba y culminó desde las altas responsabilidades que ocupó entre 1917 y el comienzo de la guerra civil en la Junta de Parques Nacionales, organismo que fue reestructurado nada más proclamarse la República con el nombre de Comisaría Central de Parques Nacionales. Su poder a la hora de tomar decisiones en la Junta lo utilizó para oponerse a la creación del entonces ya solicitado Parque Nacional del Guadarrama, por los problemas que planteaban la compleja distribución de la propiedad del suelo, en gran parte privada, y la falta de medios económicos para gestionarlo, haciendo oídos sordos a la larga campaña de prensa iniciada en 1923 por el diario El Sol a favor de su declaración. Eduardo Hernández-Pacheco sustituyó con pragmatismo esta figura de protección por las más factibles y mucho menos ambiciosas de Sitio o Monumento Natural de Interés Nacional, que se aplicaron en 1930 a una parte reducida del territorio serrano. Tendrían que transcurrir ochenta y tres años para que una parte de la Sierra de Guadarrama se convirtiera en parque nacional, tras una larga campaña reivindicativa emprendida por distintas asociaciones conservacionistas de la que hablaremos en una próxima entrada.

Reunión de la Junta de Parques Nacionales el 25 de octubre de 1929, en la que se hizo pública la decisión de no declarar el Parque Nacional del Guadarrama. Entre otros, aparecen sentados Ramón Menéndez-Pidal y Pedro Pidal, a la izquierda, y Eduardo Hernández-Pacheco, a la derecha (Diario La Nación)

Joaquín Fernández también ha sacado a la luz de forma muy reveladora y documentada la pugna que mantuvo Eduardo Hernández-Pacheco con Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias (1870-1941), comisario de la Junta de Parques Nacionales e iniciador de la política conservacionista en España a mediados de la segunda década del siglo con la creación de los primeros Parques Nacionales de Covadonga y del Valle de Ordesa, con quien rivalizó por el control de los dos espacios naturales recién creados bajo esta entonces nueva figura de protección importada a España por el marqués a raíz de sus viajes a Estados Unidos. Este enfrentamiento sordo y no declarado ‒pero civilizado en todo caso‒ entre las dos figuras pioneras en la protección de espacios naturales en España, el uno republicano y el otro ferviente monárquico aunque ambos de ideología conservadora, supuso un anticipo, en el ámbito de la naciente política ambiental, de la mucho más cruenta y trágica que estallaría en España pocos años más tarde. Después llegarían a nuestro país tiempos oscuros en los que a Eduardo Hernández-Pacheco, aun no siendo represaliado por sus ideas políticas y seguramente por su prestigio, se le quitaron las responsabilidades en la protección de espacios naturales al suprimirse en 1940 la Comisaría de Parques Nacionales. En la gris y anodina política de «conservación» de la Naturaleza que se implantó en España después de la guerra civil, las autoridades del nuevo régimen no permitieron la participación de ninguna institución de ámbito universitario o académico, otorgando las competencias y el poder ejecutivo en este campo a un único sector de la conservación representado por la administración forestal de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial del Ministerio de Agricultura. La incipiente política de protección de la Naturaleza iniciada en las dos décadas anteriores a la guerra fue vaciada de contenido y quedó como un elemento puramente testimonial en la ambienticida España de los años de la Autarquía y los Planes de Desarrollo. El nacimiento del movimiento conservacionista en nuestro país a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y la creciente preocupación internacional por el deterioro ambiental en todo el planeta iniciarían una nueva época de transición, pero esa ya es otra historia que ha escrito como nadie Joaquín Fernández en uno de sus libros.

Inauguración del Sitio Nacional de Interés Natural de la Peña del Arcipreste de Hita, el 23 de noviembre de 1930. En el centro aparecen Eduardo Hernández-Pacheco (de pie) y Pedro Pidal, sentado a su izquierda (RSEA Peñalara)

Retrato de Eduardo Hernández-Pacheco en su faceta de auténtico hombre de campo. Ataviado con polainas de cuero y con los mapas, prismáticos y martillo geológico a mano, está rodeado por el paisaje de las sierras extremeñas, al que dedicó su tesis doctoral y al que se sentía unido por sus raíces familiares (Cortesía de Alfredo Hernández-Pacheco)

En estos últimos años se han conmemorado los centenarios de la primera Ley de Parques Nacionales (2016) y de la creación de los parques nacionales de Picos de Europa y de Ordesa-Monte Perdido (2018), y en éste que corre el cincuentenario del Parque Nacional de Doñana. Por ello, como final de estas primeras líneas dedicadas a glosar la figura de Eduardo Hernández-Pacheco, el padre de nuestro protagonista y también el padre, junto a Pedro Pidal, de la actual Red de Parques Nacionales, sabiendo de dónde venimos y preguntándome a dónde vamos, no puedo menos que hacer aquí una pequeña reflexión ‒que completaré más adelante‒ sobre los derroteros que van tomando las actuales políticas de conservación de espacios naturales en nuestro país, que tienen su origen lejano en aquella impulsada en gran parte por él hace un siglo. Tras el largo paréntesis de la dictadura de Franco, en los años ochenta del siglo pasado llegaron a España nuevos y más avanzados aires para la protección de la Naturaleza, traspasándose las competencias de conservación de espacios protegidos a las comunidades autónomas, lo que a mi juicio ha tenido y sigue teniendo sus luces y sus sombras: las sombras representadas, entre otros aspectos, por el traspaso de la gestión de los parques nacionales a las administraciones regionales, y las luces por la creación de numerosos espacios protegidos de ámbito autonómico. Ello ha supuesto un avance cuantitativo indudable, aunque en lo cualitativo hoy sufrimos la amenaza de otros retrocesos a causa de la nueva cultura de disfrute público de la Naturaleza que se va imponiendo con fuerza en lo social ‒quizá más concretamente habría que decir en lo deportivo‒ y se está alentando en lo político. Quien quiera conocer en profundidad aquel primer período histórico de la protección de la Naturaleza en España, protagonizado en gran parte por Eduardo Hernández-Pacheco, deberá acudir ineludiblemente a la magnífica biografía de Pedro Pidal publicada en 1999 por Joaquín Fernández con el sugerente título de El hombre de los Picos de Europa, libro que su autor me entregó personalmente, dedicado de su puño y letra, durante una entrevista que me hizo en su conocido programa de radio Espacio natural con motivo de la presentación del mío Memorias del Guadarrama, va a hacer de ello ya casi veinte años. Tempus fugit...

En cuanto a su hijo, Francisco Hernández-Pacheco (1899-1976), autor de las fotografías de las que trata esta entrada y el verdadero protagonista de la misma, ya hemos mencionado más arriba que su figura no es hoy tan recordada, quizá por no haber desempeñado un papel tan relevante como el que tuvo el padre en la política de conservación de espacios naturales más allá de la redacción del texto correspondiente a la Pedriza de Manzanares de la Guía de los Sitios Naturales de Interés Nacional de la Sierra de Guadarrama, publicada a los pocos días de proclamarse la República. Además de su gran obra científica, materializada en 360 trabajos publicados, su intensa actividad docente tuvo uno de sus principales escenarios en estas montañas, que fueron igualmente el objetivo de su labor divulgativa recogida en numerosos artículos de la revista Peñalara. No he encontrado mucha información sobre su vida personal más allá de su actividad profesional y académica que aparece de forma resumida en varias notas necrológicas o en alguna reseña biográfica más completa, como la publicada por el geólogo José Luis Barrera en la revista Tierra y tecnología al cumplirse cien años de su nacimiento, que me ha sido muy útil para situar algunas de las fotografías en su contexto cronológico e identificar a su familia en algunas de ellas [2]. Fue, como concluye esta sucinta semblanza de su vida, el último representante de la escuela de geólogos que contemplaban la Naturaleza como un todo, antes de que la especialización se adueñara de todas las ramas de la ciencia.

El legado fotográfico de los Hernández-Pacheco

Eduardo Hernández Pacheco, el padre, fue un gran aficionado a la fotografía, tanto por inquietud artística como por la necesidad de ilustrar sus estudios científicos y su actividad docente. En sus inicios en esta práctica, que llegó a convertirse en una de las pasiones de su vida, influyó decisivamente su maestro José Macpherson, consumado fotógrafo que introdujo en España las más modernas técnicas de la época aplicadas a los estudios geológicos, en especial las utilizadas en petrografía. En el laboratorio fotográfico que tenía este último en su casa de la madrileña calle Exposición (hoy Álvarez de Baena), muy cerca del edificio del Palacio de las Artes y la Industria, al que en 1906 se trasladaría el Museo de Ciencias Naturales, hizo Hernández-Pacheco sus primeras prácticas de fotografía, una afición a la que debió dedicar mucho tiempo, dinero y esfuerzo por su total entrega al estudio del paisaje. Eduardo Hernández-Pacheco fue el primer naturalista que estudió los paisajes españoles desde una perspectiva científica, labor que se materializó en una teoría del paisaje desarrollada y expuesta a lo largo de diferentes etapas de su vida, primero en varios artículos y conferencias, entre 1926 y 1934, y finalmente en su gran obra Fisiografía del solar hispano, publicada en dos volúmenes en 1955 y 1956 por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En este libro incluyó más de setecientas fotografías tomadas por él para representar su visión de los paisajes ibéricos como si fueran «cuadros de la naturaleza», en alemán Ansichten der Natur, conceptualmente inspirada en la obra así titulada que publicó en 1809 el ilustrado geógrafo y viajero prusiano Alexander Von Humboldt, en la que Eduardo Hernández-Pacheco encontraba el origen de la concepción moderna del paisaje [3].

Cubierta del primer volumen de «Fisiografía del solar hispano», la gran obra de Eduardo Hernández-Pacheco publicada en 1955-56 por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Biblioteca Nacional de Madrid)

En este gran estudio geográfico, Eduardo Hernández-Pacheco propuso una moderna y avanzada sistematización de los componentes del paisaje español, que clasificó en dos categorías principales relativas al roquedo y a la vegetación. Introdujo la distinción entre la Hispania silícea, la calcárea y la arcillosa, además de otros criterios accesorios de clasificación que dieron nueva luz y abrieron diferentes perspectivas para la contemplación y la interpretación de los paisajes ibéricos en toda su variedad, como el relieve, las masas de agua e incluso los diferentes estados atmosféricos de la España húmeda y la España seca, además de otros derivados de los usos tradicionales del territorio que no entraban entonces en abierto conflicto con el medio natural, como la agricultura, la ganadería, la arquitectura popular o los monumentos históricos. Incluso la acción de la fauna silvestre tiene cabida en su entendimiento naturalista del paisaje, en el que ya insistía en la necesidad de su protección ante las amenazas derivadas de la construcción de obras públicas y de la incipiente urbanización del medio natural. Como vemos, una moderna concepción paisajista del territorio que anticipaba en muchos años los actuales postulados de la ecología y el conservacionismo.

Eduardo Hernández Pacheco inició muy pronto a su hijo y discípulo Francisco en la práctica de la fotografía con fines científicos, heredando éste su visión naturalista de la Geología y su sentido estético del paisaje. Padre e hijo hicieron juntos o por separado miles de fotografías en sus largos años de colaboración científica, hoy en gran parte catalogadas y archivadas de forma conjunta como un patrimonio unitario de gran valor artístico y documental. Las colecciones fotográficas de los Hernández-Pacheco se guardan en varios archivos, como la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense, que guarda alrededor de 3.000 fotografías, casi todas del padre [4], y en menor cantidad en los archivos del Museo Nacional de Ciencias Naturales y del Museo de la Facultad de Ciencias Geológicas. También hay algunas en el archivo de la Real Sociedad de Alpinismo Peñalara, todavía sin catalogar. En el primero de los archivos citados la mayor parte de ellas tienen el formato de placas diapositivas de vidrio, de las cuales algunas se colorearon a mano para ser mostradas en sus clases por Eduardo Hernández-Pacheco con un proyector de linterna. En 2016 apareció otra importante colección de cerca de 13.000 fotografias originales de los Hernández-Pacheco, depositada para su catalogación en la Facultad de Ciencias de la Documentación de la Universidad Complutense de Madrid por Alfredo Hernández-Pacheco, nieto de Eduardo e hijo de Francisco y como ellos catedrático de la Facultad de Geológicas hasta su jubilación [5]. Tres generaciones que, a decir de José Luis Barrera, constituyen «toda una saga de geólogos que ha protagonizado cien años de historia de la geología vividos en familia». Sin duda, el conjunto de estas tres colecciones conforma uno de los fondos fotográficos sobre el territorio español más completos y representativos de la primera mitad del siglo XX.

Uno de los dos archivadores de madera que guardan la colección de cerca de 3.000 placas diapositivas de cristal del archivo fotográfico de Eduardo Hernández-Pacheco, en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla. El segundo aparece al fondo, a la izquierda de la fotografía

Las fotografías conservadas en estos archivos abarcan desde los últimos años del siglo XIX hasta finales de la década de los sesenta del siglo XX, nada menos que siete décadas, y sus contenidos corresponden sobre todo a temas de geografía física y geomorfología, aunque las hay en menor proporción relacionadas con temas geológicos y antropológicos. La mayor parte reproducen paisajes no sólo de la España peninsular y de las islas Canarias, sino también del Sahara, Ifni, norte de Marruecos y otras zonas de África que padre e hijo recorrieron en sus exploraciones científicas durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado. En 2015, con ocasión del cincuenta aniversario de la muerte del padre, la Junta de Extremadura organizó en Badajoz la exposición «Eduardo Hernández-Pacheco. Elementos del paisaje. Fotografías 1907-1950», en la que se mostraron algunas placas de vidrio originales y más de cien reproducciones digitales en gran formato realizadas a partir de fondos procedentes de estos archivos. A todas estas colecciones hay que sumarles ahora la mucho más modesta pero no menos interesante de Francisco Hernández-Pacheco cedida por Joaquín Fernández al autor de estas líneas. Hay por delante todavía, como vemos, mucho trabajo de catalogación e investigación.

Francisco Hernández-Pacheco sobre un dromedario cruzando los llanos de El Marsa, durante una expedición a Ifni en 1934. Placa diapositiva de cristal coloreada a mano del archivo de Eduardo Hernández-Pacheco (nº. cat. 1631)  (Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla)

La colección fotográfica inédita sobre la Sierra de Guadarrama

Cuando me llamó Joaquín a mediados del pasado mes de mayo para proponerme la cesión de los negativos, me sugirió que el lugar para entregármelos no podía ser otro que el mismo Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, y de paso aprovechar la ocasión para mostrar este espacio protegido a su hijo Rubén, en esos días recién llegado de Alemania, donde vive, para una corta visita familiar. Yo estaba todavía trabajando como concejal de Medio Ambiente y Urbanismo en el Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra, por lo que decidimos hacer una pequeña excursión de media jornada al ventisquero del Ratón, en las cercanas cumbres de la Cuerda Larga. La verdad es que no podría uno encontrar mejor compañía que la de Joaquín y Rubén ‒otra vez padre e hijo‒ para disfrutar de los paisajes de esta zona del parque nacional hablando de ciencia y conservación, pues Joaquín ‒ahora sí hay que decirlo‒ es uno de los más prestigiosos periodistas ambientales de nuestro país y el verdadero historiador del conservacionismo en España, con una docena de libros publicados sobre lo que él denomina «cultura ecológica», entre los que destacan Historia de los parques nacionales españoles, escrito junto a Rosa Pradas Regel (1996), El ecologismo español (1999), la ya mencionada biografía de Pedro Pidal El hombre de los Picos de Europa (1998), Dos siglos de periodismo ambiental (2001) y Educación ambiental en España (1800-1975). Su dedicación al periodismo ambiental como columnista en Ecología y SociedadDiario 16 y la revista Natura, o como director de distintos programas emitidos en Radio Nacional de España, como Mundo ruralZona verde y el más conocido de todos, Reserva natural, le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Medio Ambiente, el Premio Italia de Radio y el Premio Urogallo del Centro Asturiano de Madrid, entre otros. Fue además el fundador y primer presidente de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

Rubén, por su parte, es un joven profesor de la Universidad de Göttingen e investigador del Instituto Max Plank de Munich, que hace dos años fue galardonado por la Federación Europea de Sociedades de Bioquímica con el título de «mejor científico menor de cuarenta años de la Unión Europea en el campo de la Biología molecular». Desde luego, con semejante compañía y en un entorno tan cargado de significados fue una excursión inolvidable.

Joaquín Fernández en el ventisquero del Ratón (Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama) el 21 de mayo de 2019, día en que me hizo entrega del archivo fotográfico inédito de Francisco Hernández-Pacheco

Pero pasemos ya a hablar de una vez de los tan cacareados negativos. Entre los paisajes más queridos y fotografiados por los Hernández-Pacheco figuran los de la Sierra de Guadarrama, que ambos frecuentaron desde su juventud en sus trabajos de investigación y en las frecuentes excursiones que hacían con sus alumnos de la Facultad de Geología y de la Institución Libre de Enseñanza, paisajes que además podían contemplar todos los días, casi al alcance de la mano, desde las ventanas del Museo de Ciencias Naturales, donde el padre tuvo su laboratorio desde 1910 y el hijo su despacho como secretario, y desde 1961 como director del mismo. También recorrieron la sierra como deportistas consumados, muy vinculados a la Sociedad de Alpinismo Peñalara, de la que el padre fue miembro de honor y el hijo presidente electo entre 1952 y 1968. Algunas de las fotos de la colección muestran la afición al deporte del esquí que tuvo Francisco Hernández-Pacheco desde su juventud.

Joaquín Fernández la recibió de manos del hijo y nieto de ambos, Alfredo Hernández-Pacheco, catedrático de Petrología y Geoquímica y eminente vulcanólogo, para ser expuestas algunas copias de los negativos en la exposición «La Sierra de Guadarrama. A un paso de ti», organizada en junio de 2002 en la Fundación Canal y de la que fue comisario, con motivo del proyecto de declaración del parque nacional que se hizo público por entonces, y la ha guardado durante diecisiete años tras infructuosos intentos de devolución a su propietario. La colección refleja en su gran mayoría temas de la Sierra de Guadarrama tomados casi en su totalidad desde la vertiente madrileña, y algunos en la misma ciudad de Madrid y sus alrededores, aunque relacionados directa o indirectamente con la sierra o con algún aspecto geológico de la misma. Alrededor de una treintena de negativos reflejan temas ajenos al Guadarrama, como los que muestran las terrazas del río Manzanares en el antiguo yacimiento paleontológico de la Pradera de San Isidro, y algunos otros centrados en distintos aspectos de la geología madrileña.

La colección está compuesta por un total de 179 negativos, de los cuales 174 son de celuloide y cinco ‒los más antiguos‒ de placa de cristal, más unas pocas pruebas positivas en papel de pequeño tamaño, todos y cada uno de ellos cuidadosamente guardados en una simple hojilla de papel recortado y doblado a modo de carpeta, en la que figuran mecanografiadas o manuscritas la descripción del tema y las iniciales F.H.P, además de un breve código alfanumérico que casi con toda seguridad es la signatura con la que estuvieron catalogados en el archivo personal de Francisco Hernández-Pacheco. La descripción de cada foto siempre hace referencia a aspectos geológicos o paisajísticos, incluso aquellas más personales, como por ejemplo la que muestra a su familia con el fondo rocoso de la Pedriza de Manzanares, lo que prueba la finalidad científica a la que fueron destinadas. De los cinco negativos de placa de cristal, el más antiguo data de marzo de 1917 y lleva en la carpetilla de papel la siguiente anotación: «Aspecto de las Guarramillas y al fondo el macizo de Peñalara. Vista hacia el NE». Contemplado al trasluz, en este negativo se aprecia en primer plano a un esquiador no identificado posando junto a los esquíes de nuestro joven fotógrafo, que dejó clavados en la nieve durante la breve parada que hicieron para tomar la foto. Al fondo aparece el paisaje familiar e inconfundible de las cumbres nevadas de Peñalara y la Cuerda Larga, descrito tan sucintamente en la carpetilla. Algunos de estos negativos tienen pequeñas anotaciones en sus márgenes, lo que da a entender que los trabajos de revelado los llevaba a cabo personalmente Francisco Hernández-Pacheco como fotógrafo profesional que era. La existencia de sólo unas pocas pruebas positivas en papel de pequeño tamaño nos plantea la duda sobre cuántos negativos de esta colección positivó para incluir las fotografías en sus trabajos científicos y en sus artículos publicados en revistas especializadas. Sabemos que una buena parte de su producción fotográfica está recogida en ellos, pero no va a ser fácil determinar las fotografías de este archivo que son realmente inéditas, cuestión que deberán aclarar los conocedores de la obra del geólogo. A excepción de las pocas que fueron mostradas en la exposición de la Fundación Canal en 2002, a mi juicio deben ser todavía desconocidas en gran parte, pues dentro de mi limitada disponibilidad de tiempo he podido revisar, entre otros muchos trabajos suyos, los veintiséis artículos que publicó a lo largo de su vida en la revista Peñalara sin encontrar reproducida ninguna de ellas. Es un pequeño muestreo de su ingente obra publicada, pero de momento creo que sirve provisionalmente para apoyar esta opinión.

La colección de negativos fotográficos de Francisco Hernández-Pacheco sobre temas y paisajes de la Sierra de Guadarrama, cedida al autor por Joaquín Fernández

«Aspecto de las Guarramillas y al fondo el macizo de Peñalara. Vista hacia el NE». Negativo de placa de cristal al gelatinobromuro fechado en marzo de 1917, el más antiguo de toda la colección cedida por Joaquín Fernández

Joaquín Fernández encargó copias positivas en papel de todos los negativos, de las cuales mostramos una pequeña selección en las líneas que siguen. Aunque están ampliadas en un generoso formato de 20x14 centímetros son sólo pruebas, y su revelado no tiene la calidad deseable para permitir ser apreciadas en todos sus detalles, sobre todo en los contrastes de luces y sombras. Todas las fotografías siguen las pautas temáticas ya mencionadas que caracterizan la obra fotográfica de los Hernández-Pacheco, y sólo con echarles una simple ojeada ya se hace patente la intención didáctica y científica con la que fueron tomadas, pero también dejan entrever las inquietudes estéticas del fotógrafo en su elección de los temas y los encuadres antes de disparar la cámara. Su faceta más artística se nos revela, por mostrar sólo dos ejemplos, en los efectos de la nieve y del hielo tomados a contraluz después de una gran nevada en enero de 1932 desde la puerta del albergue de la Sociedad Peñalara del puerto de Navacerrada, o en los de las grandes masas de nubes cubriendo los pinares de Valsaín tomados en octubre de 1931 desde lo alto de la sierra.

La entrada al albergue de la Sociedad Peñalara del puerto de Navacerrada bloqueada por la nieve (enero de 1932)

Efectos de nubes en el pinar de Valsaín (noviembre de 1931)

Hay amplias panorámicas de la sierra tomadas a gran distancia, como una vista general del Guadarrama desde el monte de El Pardo. Las hay también tomadas con una perspectiva más cercana, algunas de gran valor documental por servirnos de referencia para apreciar los profundos cambios sufridos por el paisaje de la sierra en las décadas siguientes, como la vista del monasterio de El Escorial desde la cumbre de Abantos, de marzo de 1942, en la que aparecen el piedemonte y las laderas escurialenses libres todavía del caos urbanístico que comenzaría a reinar en estos paisajes tan cargados de historia treinta años después. Lo mismo se puede decir de una vista aérea de la Pedriza de Manzanares tomada desde un avión en 1935, que nos muestra el paisaje original de este espectacular enclave granítico antes de que las repoblaciones forestales realizadas en los años cuarenta y cincuenta lo alteraran por completo, o la de la misma Pedriza tomada en febrero de 1949 desde una de las torres del castillo de Manzanares el Real, en la que aparece el entorno inmediato salpicado apenas por una docena de chalés, un paisaje único y especialmente simbólico conformado por la hermosísima fortaleza y los imponentes roquedos que la enmarcan, que veinte años después quedaría completamente desfigurado por la urbanización masiva y descontrolada del piedemonte meridional de la sierra. Otra nos muestra una vista de la cumbre de las Guarramillas tomada en febrero de 1933 desde el pinar de Valsaín, refulgiendo virginal bajo la nieve, todavía sin las antenas de la Bola del Mundo que veinticinco años después alteraron completamente su silueta.

Panorámica del monasterio de San Lorenzo de El Escorial tomada desde el risco de Abantos (marzo de 1942)

Vista aérea de la Pedriza de Manzanares tomada desde un avión, en la que se aprecia su paisaje original antes de las repoblaciones forestales llevadas a cabo después de la guerra civil (junio de 1935)

Vista aérea de la Loma de los Bailanderos y Asómate de Hoyos, con el ventisquero del Algodón, desde el mismo vuelo realizado en junio de 1935 

Los alrededores de Manzanares el Real desde una de las torres del castillo de los Mendoza (febrero de 1949)

Hay otras fotografías tomadas expresamente para mostrar las características geomorfológicas de algunos lugares, como las formaciones glaciares de Peñalara vistas desde el avión ya mencionado en junio de 1935. Otros temas se centran en la vegetación de los valles y laderas, especialmente en los bosques de pino silvestre del puerto de la Fuenfría, donde centra el objetivo de su cámara en la erosión de los suelos causada por las cortas y sacas de madera, una preocupación de la que nos habla en su artículo «El pinar condenado a muerte», publicado en 1959 en el número 343 de la revista Peñalara. En otras fija su atención en los antiguos aprovechamientos de la piedra utilizada para la construcción en los pueblos serranos, localizados en algunos afloramientos calizos y en numerosos berrocales graníticos del piedemonte de la sierra, que quedan reflejados en las fotografías de los hornos de cal de Chozas de la Sierra y de las canteras de El Berrocal, cerca de Moralzarzal.

Vista de las formaciones glaciares de Peñalara tomada desde un avión en junio de 1935

La cantera de granito de El Berrocal, en Moralzarzal (mayo de 1952)

A Francisco Hernández-Pacheco le interesaban mucho los temas relacionados con la construcción de obras públicas, en su calidad de profesor adjunto de Geología en la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, y como autor de los estudios geológicos llevados a cabo junto a Federico Macau Vilar para el trazado de la Red Nacional de Carreteras. Sobre estos temas hay interesantes fotografías, como la que hizo en 1944 a la «presa vertedero de aforo» de El Tranco, en la Garganta Camorza de la Pedriza, entonces en construcción y desmantelada en 2007 para recuperar el cauce del río Manzanares, o la que muestra la boca meridional del túnel del puerto de Guadarrama durante los trabajos de excavación en 1963.

Boca meridional del túnel del Guadarrama durante su construcción (septiembre de 1963)

Especial interés tienen también aquellas en las que aparece la figura humana dando calidez, cercanía y escala al paisaje, como las que muestran el ambiente deportivo del albergue para esquiadores de la Sociedad Peñalara, en el puerto de Navacerrada, o las de algunas excursiones pedagógicas en las que participaba Francisco Hernández-Pacheco, como la realizada en noviembre de 1931 a la Pedriza de Manzanares, en la que aparece un grupo de niños de la Institución Libre de Enseñanza que juegan alborozados a orillas del río Manzanares, sin prestar mucha atención a las explicaciones del profesor anónimo que aparece junto a ellos. Otra fotografía que refleja el ambiente de estas excursiones es la tomada en el puerto de los Cotos en abril de 1944, que muestra a un grupo de alumnos de sus clases de geografía física en mitad de un virginal paisaje de praderas dominado por la cumbre de las Cabezas de Hierro, todavía inalterado por los aparcamientos y el asfalto. Hay también algunas fotografías familiares, como la que tomó en junio de 1933 a su mujer Sara Rosso de Luna y sus hijos Ofelia y Alfredo con el fondo del paisaje granítico de la Pedriza de Manzanares.

Ambiente deportivo en el albergue de la Sociedad Peñalara (marzo de 1933)

El aparcamiento para automóviles del albergue de la Sociedad Peñalara. Las dos personas que aparecen en la fotografía posiblemente son Sara Rosso de Luna y Ofelia Hernández-Pacheco, mujer e hija del fotógrafo (marzo de 1933)

Grupo de alumnos de la Institución Libre de Enseñanza con su profesor, jugando en las orillas del río Manzanares a su paso por la Pedriza (noviembre de 1931)

Grupo de alumnos de Geografía Física en el todavía inalterado puerto de los Cotos (abril de 1944)

Sara Rosso de Luna, mujer de Francisco Hernández-Pacheco, con sus hijos Ofelia y Alfredo en la Pedriza de Manzanares, el día en que se abrió al tráfico la carretera de acceso a Canto Cochino (junio de 1933)

Sara Rosso de Luna y quizá Ofelia Hernández-Pacheco, mujer e hija del fotógrafo, junto a dos personas no identificadas, en el mismo lugar que hoy ocupan las enormes antenas de la cumbre de las Guarramillas (noviembre de 1932)

Como se puede ver en toda su variedad temática, son instantáneas de enorme valor testimonial que nos permiten apreciar, desde nuestra prespectiva actual de conservación y tras el cambio de valores de nuestra relación con la Naturaleza, las contradicciones en que incurrieron las primeras políticas de protección de la Sierra de Guadarrama, que trajeron de la mano, al mismo tiempo, un desmedido desarrollo de las comunicaciones por la construcción de carreteras de acceso a algunos enclaves de especial valor y la apertura de la vía ferroviaria al puerto de Navacerrada, lo que abrió las puertas al turismo de masas. Eran tiempos en los que todavía ni se comenzaban a intuir los peligros que hoy amenazan al país y a todo el planeta por el vertiginoso proceso de destrucción de los ecosistemas y la biodiversidad, pero aún teniendo esto muy en cuenta, la polisemia del lenguaje fotográfico me permite sacar esta pequeña colección de negativos originales de Francisco Hernández-Pacheco del silencio en el que se ha mantenido durante cien años para hacer una lectura actual y muy personal de las fotografías, entre tantas interpretaciones que de ellas pueden hacerse. Según expresa el filósofo de la imagen Roland Barthes en su obra La cámara lúcida, la imagen fotográfica, ya sea concebida como arte, simple afición o herramienta científica, reproduce dos dimensiones que trascienden más allá del propósito de quien las realizó y del interés particular de quien las contempla, y nos habla tanto de «lo que ha sido» como de «lo que ya no es». Por ello voy a prescindir en estas líneas del mensaje más directo y subjetivo que se puede sacar de estas fotografías, que no es otro que la simple e inevitable nostalgia por la desaparición de algunos paisajes reflejados en ellas y por la pérdida de una relación con la sierra de Guadarrama entonces mucho más próxima y humana que el interesado y aséptico acuerdo comercial que hoy tenemos firmado con ella. Me quedo, en cambio, con la principal y si se quiere más objetiva lección que se puede extraer del archivo en su conjunto, que nos avisa de que una gran parte de lo que entonces era válido en materia de conservación de espacios naturales hoy ya no lo es. Y esto lo avala el historial clínico de la Sierra de Guadarrama, que muestra la irreversibilidad de las heridas que se han infligido a algunos de sus mejores parajes en aras de una protección y un desarrollo mal entendidos, cuando no abiertamente interesados. Algunos lodos que todavía nos embarran provienen de aquellas polvaredas, y el caso más actual y mediático al respecto lo encontramos en la aberración urbanística del puerto de Navacerrada, que pasó de ser una pequeña colonia deportiva medianamente integrada en el paisaje circundante, como muestran algunos negativos de la colección, a exhibir sus actuales vergüenzas en mitad de una de las masas forestales más valiosas de la península Ibérica, y que, tras el reciente vencimiento de las concesiones de terrenos que se otorgaron para urbanizarlo de la peor manera posible, ahora se pretende redimir de su mísera condición de «no lugar» con una incipiente y tímida ‒pero aun así loable y esperemos que duradera‒ política de demoliciones y recuperación ambiental y paisajística. No me cabe duda de que los Hernández-Pacheco, padre e hijo, si levantaran la cabeza hoy apoyarían decididamente la idea de devolver a su estado original el otrora magnífico paisaje del Puerto de Navacerrada, convertido cien años más tarde en el menos digno de los escenarios de todas las puertas de entrada al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Casita de Bonet en el puerto de Navacerrada, alquilada por el  grupo de montaña del SEU, según consta literalmente en la anotación del negativo (sin fecha)

La cumbre impoluta de las Guarramillas vista desde el pinar de Valsaín,  sin las enormes antenas que hoy la desfiguran (febrero de 1933)

Una fotografía no es más que el registro de una simple y fugaz emanación de ondas de luz reflejadas por objetos materiales, pero es capaz no sólo de suplantar la realidad presente, sino también de transmitirnos un mensaje que trasciende hacia el futuro mucho más allá de las intenciones de quien la tomó. Y el mensaje más importante y revelador con el que nos quedamos, y que queremos destacar en esta entrada, es el que, sin pretenderlo al disparar su cámara, nos dejó Francisco Hernández-Pacheco con esta pequeña colección de negativos fotográficos de cara al descontrolado problema de masificación y al riesgo de alteración de sus paisajes por el calentamiento climático global que hoy amenazan al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y al resto de la sierra. En todo caso, aquí queda este breve muestrario de fotografías del archivo para que cada cual haga su propia y particular lectura de todas y cada una de ellas.

Un zorro cautivo en la terraza del albergue de la Sociedad Peñalara del puerto de Navacerrada (marzo de 1933)

Es tanta la importancia documental y patrimonial de esta colección fotográfica que a mí ya me quema en las manos, por lo que, tras aceptarla de manos de Joaquín Fernández y una vez estudiada para escribir estas líneas, me dispongo a cederla al Centro de Documentación del CENEAM de Valsaín, archivo dependiente del Organismo Autónomo de Parques Nacionales, que es, a mi juicio, el destino más adecuado que puede tener hoy día tras la creación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. He exceptuado de esta donación veintiséis negativos que reflejan temas geológicos sobre Madrid y los encinares, vegas y campiñas de su entorno, entre ellos los que muestran las terrazas del antiguo yacimiento paleontológico de la Pradera de San Isidro, que voy a ceder al Museo de San Isidro o de los Orígenes de Madrid por contar con uno de los mejores archivos sobre paleontología, geología, arqueología y prehistoria madrileñas. «A cada cuál lo suyo y a Dios lo de todos», como dice el antiguo y salomónico refrán. Sin haberlo hablado previamente con él, seguro que otra cosa no esperaba mi buen y generoso amigo Joaquín sobre el destino final que iba a darle a esta colección fotográfica de Francisco Hernández-Pacheco como parte importante del patrimonio cultural y científico de la Sierra de Guadarrama.


Quiero agradecer aquí a Mercedes Cabello, directora de la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, su amable colaboración para la reproducción de una de las placas diapositivas coloreadas del archivo "Hernández-Pacheco" con la finalidad de ilustrar esta entrada.


Notas

[1] Casado de Otaola, Santos. Los primeros pasos de la ecología en España. Ministerio de Medio Ambiente. Madrid, 2012

[2] Barrera Morate, José Luis. «Centenario del nacimiento de Francisco Hernández-Pacheco (1899-1976)». Tierra y tecnología, nº 19. Ilustre Colegio Oficial de Geólogos. Madrid, 1999 

[3] El geógrafo Manuel Mollá publicó en 2012 un estudio titulado Eduardo Hernández-Pacheco y el papel de la fotografía en sus representaciones del paisaje, en el que se destaca la importancia que tienen estas más de setecientas fotografías para comprender la visión del paisaje peninsular que nos ofrece el geólogo en su libro Fisiografía del solar hispano, obra que reúne el corpus de su teoría del paisaje. En él se analizan aspectos como la composición, los encuadres, la perspectiva, el juego con las distancias y las luces, la elección de temas y otros criterios que Eduardo Hernández-Pacheco tuvo en cuenta en el momento de utilizar su cámara. Este interesante estudio se puede consultar en:

http://revistaseug.ugr.es/index.php/cuadgeo/article/view/231/222

[4] Esta importante colección se ha conservado gracias a la providencial intervención de otro buen amigo también vinculado con el legado fotográfico de los Hernández-Pacheco, el catedrático emérito Javier de Pedraza Gilsanz, que en el año 1973 guardó los dos grandes archivadores de madera que la contienen en su despacho del departamento de Geodinámica de la Facultad de Ciencias Geólogicas, ante el riesgo de su desaparición por falta de espacio donde alojarla como consecuencia del traslado de la facultad desde el pabellón V de Medicina, donde tenía su sede "de prestado", al entonces nuevo edificio que hoy ocupa. Allí permaneció la colección al cuidado de Javier durante más de cuarenta años, hasta su traslado en 2014 a la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, poco antes de su jubilación.

[5] Salvador Benítez, Antonia. Fotografía científica y documentación. El archivo Hernández-Pacheco como modelo. Facultad de Ciencias de la Documentación. Madrid, 2018


 

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