lunes. 15.04.2024
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© Georgia Arkell

“[…]Tierras surgidas de un vacío sin límites, del color del fuego…un espectáculo insólito, que me hizo pensar en la creación del mundo.”

Así el célebre alpinista, fotógrafo y escritor italiano Fosco Maraini describió los Alpes Apuanos al verlos por la primera vez.

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Montañas milenarias enclavadas entre la costa mediterránea y los Apeninos tosco-emilianos, montañas que huelen a mar y a nieve, los Alpes Apuanos son uno de los territorios montañosos más variados y singulares de la península italiana y que sin embargo permanecen en gran parte desconocidos. Una inesperada cordillera de 33 imponentes cumbres se eleva majestuosa desde la costa del mar Tirreno, con sus picos rocosos y afilados, austeros y salvajes, y que, de hecho, por su similitud morfológica con los Alpes del Norte de Italia se definen como tales, aunque geográficamente y geológicamente no lo sean. Los Alpes Apuanos son verdaderos "Alpes en miniatura", como los denominaron las guías alpinas Bertini y Triglia en 1876, debido a sus cumbres que proyectan en el cielo formas ásperas y agudas.

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Los Alpes Apuanos forman parte de un Parque Nacional que se extienden sobre una superficie de unos 60 kilómetros con alturas que oscilan entre 1200 y 1950m y con formas increíblemente características desde la montaña con su enorme agujero hasta la que tiene su icónica forma cilíndrica.

Este fascinante complejo orográfico es el resultado de la erosión de las aguas de origen meteórico, que a lo largo de milenios han progresivamente modelado las rocas -sobre todo calizas y dolomías- dando lugar a diversas formas de erosión cárstica. Su dorsal tectónica presenta rocas de épocas muy distantes, desde el basalto del Paleozoico, las areniscas del Cenozoico y el famoso mármol, resultado del proceso de metamorfismo a la que se ven sujetas las calizas sin impurezas. Algunas de las canteras más antiguas se remontan a la época etrusca, a la que también pertenecieron los Apuanos, el pueblo que confirió su nombre al homónimo arco montañoso.

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Conocidos por su independencia y espíritu guerrero, los Apuanos formaban parte de la etnia de los Ligures y vivián en la ciudad que antaño se llamaba Apua y que hoy en día se identificaría con Pontremoli, en el norte de Toscana. Sin embargo, los Apuanos fueron gradualmente asimilados y romanizados cuando el Imperio Romano consiguió someterlos a su dominio en el 187 A.C. y perdieron su propria lengua y costumbres. Pero sus historias, aunque no escritas, han permeado las piedras de estas montañas y hoy siguen siendo conservadas allí, formando un conjunto de leyendas y mitos que revelan la esencia de una cultura fértil de imaginación y recuerdos. Sin embargo, los Alpes Apuanos no son permeados solamente de ficción. Por esta tierra pasaba la Línea Gótica y con ella un repertorio de sangrientas batallas y numerosas masacres perpetradas por los nazis contra la población civil, como la terrible masacre de Sant’Anna di Stazzema. Estas cumbres ásperas y fuertes encarnan la misma fuerza y orgullo de los partisanos que lucharon en sus villajes y de los nativos que antaño vivieron en sus laderas.

Lo mágico de esta cordillera consiste verdaderamente en la impresionante altitud de sus picos y en la asombrosa cercanía a la costa que realza aún más la sublime belleza de su morfología. Y al atardecer, cuando el sol se sumerge suavemente en el horizonte frente a esta corona marmórea, sus cimas dulces y amenazadoras, como espejos cristalinos reflejan los mil tonos vivos y brillantes de sus rayos.

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La belleza especial de estas montañas fue cantada y alabada por una multitud de poetas y escritores a lo largo de la historia, entre ellos el célebre Dante que en su obra La Divina Comedia elogió singularmente la Tambura (1895m) y la Pania della Croce (1858m), conocida como “La Reina de los Apuanos” por sus líneas elegantes y su posición dominante. Los supremos poetas renacentistas Ludovico Ariosto y Giovanni Boccaccio también cantaron sus alabanzas, pero es sin duda el geógrafo Emanuele Repetti quien, en 1845, ofreció la descripción más evocadora de los Alpes Apuanos, describiéndolos como “un mar tempestuoso que enseguida se petrificó". Esta ilusión se ve ciertamente acentuada por la presencia del mármol que, extraído de enormes canteras, crea grietas y ramificaciones blancas en la roca, como ríos de nieve que brotan en la montaña. Aunque el impacto visual es impresionante, e igualmente impresionante han sido las maravillosas obras de arte creadas con esta piedra por Donatello y Miguel Ángel, el impacto destructivo que la mano del hombre ha tenido sobre esta naturaleza es innegablemente trágico. Las excavaciones han conducido, a lo largo de la historia, a una lenta y constante demolición de lo que hasta entonces era un patrimonio maravillosamente puro e intacto, para satisfacer fines comerciales y capitalistas. Recorriendo ciertas crestas de los Alpes Apuanos, es posible advertir la coexistencia desconcertante de estas dos realidades, de las dos caras de la montaña. Por un lado, una naturaleza verde y floreciente, que aún huele a salvaje, y por otro, una naturaleza triste y desgastada, una naturaleza arruinada y sacrificada por un fin que nada tiene de ético. Las excavaciones de mármol son un proceso que han marcado la historia de estos lugares y que no será fácil parar, pero es cierto que hay esperanza. Y esta esperanza se deposita una vez más en el hombre, en la misma persona que es capaz de destruir y al mismo tiempo de unir, sólo él posee este doble poder. El poder de seguir conmoviéndose ante una naturaleza tan majestuosa y de querer protegerla y preservarla, contemplar y respetar sus evoluciones naturales. Porque estas rocas cambian y evolucionan, y sin embargo son la encarnación de un tiempo que nunca pasa, que transporta valores humanos eternos e inmutables y que conserva en sí mismo el amor de todos lo que pasaron y que seguirán pasando por estas cumbres. Es en ellos en quienes debemos confiar.

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