sábado. 02.03.2024
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Antonio Sánchez Gómez, autor de la novela Derrotero, junto a uno de los mecheros de la muerte

Cada uno trae su habla particular, variante de un idioma común. También sus propias heridas, sus correspondientes tierras arrasadas. Al poco de confluir se ven escapando juntos de los sicarios de las transnacionales, desde Lago Agrio a la triple frontera amazónica, pasando por la reserva del Yasuní, el impenetrable Cuyabeno o la ciudad-isla de Iquitos. Y en esa huida desesperada, surge la decisión grupal, apenas hablada, de morir matando. Puede parecer improvisada, sin embargo, las pistas que vamos recabando sobre sus pasados nos hacen intuir que ha sido largamente larvada en el interior de cada uno de los protagonistas. La resolución se explicita con hechos de sabotaje en los yacimientos y ahí, el relato se torna artefacto incendiario. La acción directa se encubre con peripecias para ir desgranando la barbarie petrolera, la minería ilegal de dragas y ciudades clandestinas, las reminiscencias del holocausto cauchero, los elefantes blancos sembrados por la megalomanía, la desolación.

El reverso luminoso: la navegación por los ríos amazónicos y la naturaleza circundante, relatada con un lenguaje tan abigarrado como la propia selva. Texto anfibio por el que fluyen los géneros. Puede encauzar en crónica vívida del ahogo de las comunidades originarias en crudo, mercurio y letanías de evangélicos fervorosos. O virar a guía de viajes en negativo. Todos los lugares narrados existen, aunque no sean destinos recomendados por la Lonely Planet.

Escritura húmeda y permeable, entre la ficción y una realidad por la que resuena un continuo borboteo de voces, de víctimas y defensores, recogidas por quien busca testigos. No en vano, el autor es abogado ambientalista y ha litigado contra la contaminación petrolera y minera en la Amazonía y los Andes. También la trama se enmarca en un momento concreto, vivido de cerca por Antonio Sánchez: octubre de 2019, durante el paro nacional en Ecuador. Los indígenas marchan hacia la capital y se cruzan con los protagonistas que buscan la periferia, en su particular cruzada antiextractivista.

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© Antonio Sánchez Gómez

¿Cómo surgió la idea de escribir Derrotero y como elegiste los escenarios donde se desarrolla?            

En 2019 estuve en la Amazonía ecuatoriana, redactando junto a la Unión de afectados por Texaco, una demanda contra el uso de los “mecheros de la muerte”. Esas antorchas donde las petroleras queman gas asociado, generan gases tóxicos que se propagan por aire y agua, contaminando la cadena trófica y provocando graves enfermedades. Mientras trabajábamos en el caso, en octubre de ese año se produjo el paro nacional en Ecuador. Como toda la actividad del país, incluida la judicial se suspendió, decidí viajar por unos días. Pero todas las carreteras estaban cortadas, así que me eché a navegar por los ríos que en la selva son las vías de comunicación. Siguiendo el Napo llegué hasta Iquitos en Perú. Es un viaje de logística complicada, por días te quedas varado en comunidades ribereñas hasta que aparece el siguiente transbordo. Durante esas esperas pensé que la cuenca del Napo era un buen lugar para la narración de una suerte de river trip por la Amazonía extractivista. El Napo es una autopista caótica surcada por todo tipo de embarcaciones, desde grandes cargueros a canoas. Y luego están los afluentes, escondidos, recovecos y llenos de actividades furtivas como el contrabando o las dragas de buscadores de oro. Su curso encierra historias oscuras y luminosas, el holocausto cauchero y la obra de Monseñor Labaka; lo habitan madereros ilegales y pueblos con conocimientos ancestrales; recorre lugares esplendidos como el Yasuní y sórdidos como las ciudades mineras clandestinas. Todos estos elementos de la realidad acabaron integrados en la narración.

¿Cómo enfrentaste el proceso de escritura?

Que la historia se desarrollara en la Amazonía invitaba a una trama aventurera. Aunque sabía que no quería engordar el tópico del infierno verde, ni llenar el texto de anacondas y arenas movedizas. La selva es exuberante, tan barroca que puede llegar a oprimir. Pensé que tal vez se podría transmitir esa sensación de asfixia recargando el lenguaje. De la misma manera, la inmediatez con los pensamientos del protagonista narrador a través de la escritura en primera persona y tiempo presente podrían trasladar la angustia que él siente. Además, tratándose de una novela con carga política también había que tratar de evitar el panfletismo. Las notas de impresiones tomadas in situ ayudan a trasladar al lector a ese entorno extremo y al incorporar los relatos de personas reales, son ellas quienes hacen llegar su realidad directamente, sin lecturas externas.

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© Antonio Sánchez Gómez

¿Por qué pensaste en visibilizar la lucha de los defensores de territorio en la literatura?

 Porque es gente que pone el cuerpo por delante sin más interés que la defensa de la vida y luego quedan totalmente indefensos. En 2018, estaba colaborando con la organización Dejusticia en Bogotá y todas las semanas nos llegaban noticias de líderes sociales y defensores ambientales muertos. Pero hubo unos días de verano que se produjeron tantos asesinatos que miles de personas se echaron a la calle para expresar su repulsa. Cada manifestante portaba una vela y se iban gritando los nombres de los masacrados. Yo estaba impresionado con aquella demostración y también mis compañeros de allà que decían que hasta ese momento la gente no había salido en masa por miedo, por la violencia que había en el país. Pero esas condenas a muerte de líderes se dictan desde el Norte global. Las transnacionales replican las lógicas colonialistas ante el disidente. Aunque también lo hacen los gobiernos locales cuando dejan desprotegidos a quienes defienden su territorio.

Como abogado, ¿cómo has visto actuar a esas empresas transnacionales?

Recientemente trabajamos junto a la organización boliviana CENDA en el caso del ayllu de San Agustín de Puñaca que es una comunidad ribereña del lago Poopó, en Oruro. Sus pobladores vivieron siempre de la pesca y de la agricultura. Hoy, el lago está seco y el ayllu cercado por la contaminación minera. Interpusimos una acción constitucional denunciando la pasividad de las autoridades ante esa situación.

La preparación de litigios ambientales implica una larga socialización con la comunidad denunciante, la familiarización con el terreno afectado mediante monitoreos con los técnicos ambientales y la recogida de testimonios de los perjudicados para saber de qué manera se les ha afectado y en qué forma se les puede reparar. Trabajas con los informes científicos sobre el lugar para incorporarlos al cuerpo de la demanda. Y tienes que darle muchas vueltas al perjuicio del medioambiente, a que con la desecación del lago ha desaparecido su efecto termorregulador incrementándose el calentamiento; a que la ausencia de peces perjudica los sistemas alimentarios tradicionales de la comunidad. A que la copajira ha cargado de metales pesados los cultivos, matando al ganado e incorporando esos metales a los organismos de los comunarios, afectando gravemente a su salud. A que la desaparición de sus medios de vida ancestrales, la pesca y la ganadería, los ha empobrecido y ha obligado a los jóvenes a migrar.

Cuando llega el día de que la comunidad firme la demanda te das cuenta de que allí solo quedan personas ancianas y enfermas y que el lugar ya es una zona de sacrificio. Ya han ganado las empresas que saquean el teritorio.  Aun así, se presenta la demanda que se va a sustanciar en un proceso judicial desigual. Resulta que las vulneraciones de derechos son tan flagrantes que al final los tribunales tienen que reconocerlas. Y entonces las empresas inciden en la fase de ejecución de la sentencia para que esta no se lleve a cabo

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© Antonio Sánchez Gómez

¿Por eso se arrojan los protagonistas de la novela a la acción directa?

Sí, después de muchos años de lucha, acosados y cansados de la impunidad corporativa, comienzan a sabotear infraestructuras de petroleras y mineras. La idea era exponer las razones que los lleva a esa huida hacia adelante. Pero a medida que avanzaba en la escritura, que estudiaba las violencias extractivistas, y que comprobaba que las empresas tienen el poder de frustrar litigios, empecé a considerar que esa respuesta de los protagonistas, la acción directa en defensa de la vida, podría ser proporcionada. Que ante el escenario de emergencia climática no se puede descartar ninguna estrategia, y que tal vez sea una suma de todas la que eviten el colapso. La ficción da la posibilidad de hacer estos planteamientos. Y puede ayudar a adelantarse al discurso criminalizador que ya está recayendo sobre este tipo de acciones de la sociedad civil. Cuando los verdaderos crímenes son el envenenamiento de los ecosistemas, los desplazamientos forzosos de la población, la creación de zonas de sacrificio o la eliminación física del disidente.

Derrotero fue publicada por Sigilo en Argentina, Chile y España y por Tierra Nueva en Perú. En 2024 verá la luz en Ecuador gracias a Alectrión y en Bolivia en edición de 3600.

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