miércoles. 28.09.2022
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Paisaje etíope. Foto: Flickr D. Brandsma. CC BY-NC-ND 2.0

Vamos a intentar resumir el malestar que supone el viaje: uno desea que todo mejore, también lo de los demás, lo de la gente que uno conoce, pero al mismo tiempo desea que nada cambie para así poder asistir al espectáculo del mundo. Para poder disfrutar de la sensación de alejarse de lo cotidiano, uno ruega para que lo ajeno, lo extraño, lo de otros lugares y otras razas, permanezca igual, aunque esa igualdad suponga un atraso innecesario. Pero si uno viaja, de verdad, con todo el aliento saliendo a bocanadas desde esa parte del alma que llamamos pulmones, uno desea que la vida de los que no tuvieron tanta suerte también mejore, es decir, avance como avanzó la nuestra. La dirección de la civilización occidental es la correcta, al menos en lo que toca a mejoras como las que facilita la medicina y el estudio de mejoras del sueño, pero eso implica mantener parte del mundo en el espectro de ese adjetivo tan odioso que es el de pintoresco, para poder ejercer el viaje en épocas de ocio.

De ese conflicto trata esta crónica, El paralelo etíope, en el que su autor es turista, viajero y viajero vertical, de esos que intentan formar parte del lugar al que van, a la vez que encuentra lo desgarrador del turismo, de los mochileros y de cualquier otra forma de colonización. La colonización se caracteriza porque el colonizador tiene más dinero que el colonizado. Y a partir de ahí se podría abrir un debate. Pero no vamos a resolverlo a través de la mirada de Diego Olavarría (Ciudad de Méxcio, 1984), que se empeña en reflejar los parajes, físicos y humanos, de Etiopía.

“Esa idea del viaje como una colección de «contenidos digitales», combinada con discursos bienpensantes que ven en el acto de emitir juicio sobre culturas ajenas una suerte de pecado colonial imperdonable, ha convertido la literatura de viajes en un género problemático: ¿qué pueden decirnos unos escritores -la mayoría hombres, la mayoría blancos- acerca de países que ni son los suyos? ¿Por qué nos señalan las fallas del mundo cuando podrían limitarse a tomarle foto a un atardecer o a un templo?”

Eso comenta en el prólogo, donde también afirma que “en un mundo imperfecto (…) las narrativas viajeras que relegan lo controversial y lo incómodo convierten el cato de viajar en algo inocuo y banal. Es decir, en una forma de mentira”.

Hemos sacralizado bastante el viaje, sí. Y se está convirtiendo en un monstruo que se autofagocita: el viaje dejará de existir por culpa del propio viaje. Que nosotros lleguemos hasta los lugares que nos son más ajenos, provocará que esa impresión de lo extraño vaya dejando de existir. Mientras tanto, podremos compartir esta experiencia, la de Diego Olavarría, que nos trae una estupenda crónica, fragmentada porque el país que visita posiblemente sea un país fragmentado. Lo cierto es que sí consigue transmitir las impresiones que una estancia en Etiopía debe provocar: el aparente caos y la aparente inseguridad, la esencia humana que subyace, la necesidad de salir adelante, o la lucha por la vida, porque la vida es algo por lo que merece la pena luchar.

 

El paralelo etíope

Diego Olavarría

Lince

Barcelona, 2022

170 páginas

 

 


 

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