sábado 5/12/20

¿Es una buena idea plantar 3.000 millones de árboles en Europa?

La Unión Europea ha anunciado el lanzamiento de su nueva Estrategia de Biodiversidad para 2030 por la que se compromete a frenar la pérdida de biodiversidad y conservar y restaurar sus ecosistemas.

Esta ambiciosa y necesaria estrategia propone varias medidas entre las que se incluyen:

  • Establecer zonas protegidas.

  • Aumentar la agricultura ecológica y los elementos del paisaje ricos en biodiversidad en las tierras agrícolas.

  • Revertir la disminución de los polinizadores.

  • Reducir el uso y el riesgo de los plaguicidas.

  • Restablecer el flujo libre del agua en ríos o tramos de ríos.

  • Plantar 3 000 millones de árboles.

Este anuncio ha sido particularmente bien recibido por el público en un contexto en el que la COVID-19 ha puesto de manifiesto la relación entre la salud de los humanos y la salud de los ecosistemas.

Bosques y cambio climático

Este ambicioso objetivo de plantar miles de millones de árboles tiene precedentes como los objetivos globales de recuperación de los bosques perseguidos por el Desafío de Bonn y la Campaña Un Trillón de Árboles, entre otras iniciativas.

Como ha destacado en su campaña la activista ambiental Greta Thunberg, los árboles son unas máquinas perfectas que la naturaleza ha inventado para secuestrar el CO₂ de la atmósfera, producir oxígeno y bombear agua. Son también los principales elementos que constituyen los bosques, los hábitats con mayor biodiversidad del planeta.

No es de extrañar, pues, que la plantación de árboles sea percibida por el público y las autoridades políticas como una eficaz herramienta para la lucha contra el cambio climático, la erosión del suelo y la desertificación, la escasez de agua y la sexta extinción de especies.

Sin embargo, no es lo mismo restaurar bosques (unos ecosistemas con características particulares de composición de especies, función e integridad ecológica) que plantar árboles, aunque plantar árboles sea una técnica habitualmente usada para restaurar bosques.

La naturaleza se regenera por sí sola

La mejor manera de restaurar los bosques es mediante la regeneración natural de los mismos, es decir, sin la intervención humana más allá de la interrupción de las causas que los han destruido o degradado, dejando que la naturaleza actúe por sí misma.

La restauración forestal pasiva es genuina, gratuita salvo por los costes de oportunidad y, además, la evidencia científica ha demostrado que frecuentemente proporciona resultados mejores o similares de recuperación de la biodiversidad y las funciones de los bosques.

La regeneración natural debe ser la primera opción para la restauración de los bosques salvo que el bosque no pueda regenerarse por sí mismo o se persigan objetivos específicos, ya sean ecológicos (por ejemplo, regular la erosión) o socioeconómicos (por ejemplo, crear puestos de trabajo).

Una plantación planificada

La plantación de árboles no es una solución simple y debe ser cuidadosamente diseñada, ejecutada, monitoreada y, si procede, corregida para alcanzar los resultados deseados.

La inmensa mayoría de las plantaciones forestales tienen fines bienintencionados, pero pueden ser ambientalmente perversas independientemente de otras connotaciones sociales y económicas. Por ejemplo, pueden destruir o degradar valiosos ecosistemas naturales o seminaturales como praderas y matorrales con vegetación baja y dispersa, o áreas agrícolas de alto valor natural.

No se debe plantar árboles en cualquier lugar o momento, de cualquier modo y de cualquier especie. Para que este tipo de soluciones sean adecuadas, además de efectivas, deben cumplir una serie de requisitos:

  • Utilizar especies nativas, salvo excepciones puntuales y justificadas.

  • Evaluar el impacto ambiental que la plantación de árboles tendrá en el conjunto del ecosistema. Existe un balance entre los bienes y servicios que proporcionan, de tal manera que el aumento de unos es en detrimento de otros. Maximizar el servicio del secuestro del carbono puede conseguirse fácilmente mediante una plantación de especies exóticas de rápido crecimiento, pero sería en detrimento del agua del suelo y de la que fluye por los arroyos y ríos y de la biodiversidad nativa local.

  • Considerar el impacto socioeconómico, particularmente en las economías locales.

  • Asegurar una monitorización y un manejo conveniente, adaptativo a las condiciones y evolución del ecosistema, para alcanzar los objetivos propuestos.

Ejemplo de dos plantaciones de árboles jóvenes en tierras agrícolas de España central subsidiadas por las medidas para la reforestación de la Política Agraria Común. La de la izquierda, en la provincia de Salamanca, maneja tres especies de árboles (encina, quejigo y pino piñonero). La de la derecha, en la provincia de Ciudad Real, es de una notoria baja diversidad, ya que solo se ha establecido el pino carrasco, y le falta poda y clareo o eliminación de algunos árboles; además, es un factor de degradación de una zona muy valiosa por sus aves esteparias. Author provided

Plantaciones forestales intensivas

Según la última Evaluación de los Recursos Forestales de la FAO, Europa es la región del mundo con menor proporción de plantaciones forestales intensivas respecto a los bosques naturales, representando el 0,4% de la superficie forestal total. Un 5,5 % adicional de esta superficie forestal corresponde a bosques plantados no manejados de forma intensiva que se asemejan más a los bosques naturales.

La situación debería mantenerse, de tal manera que las futuras plantaciones en el Viejo Continente estén dirigidas principalmente a restaurar la biodiversidad. Sería un error llenar Europa de árboles con la excusa de secuestrar carbono, cuando la intención real pudiera ser producir pasta de papel para empaquetar los productos vendidos mediante el creciente comercio electrónico de entrega a domicilio, entre otros fines.

Afortunadamente, el futuro Plan Forestal de la Estrategia prevé una evaluación de los resultados en 2023 con el objetivo de corregir posibles errores.The Conversation

José M. Rey Benayas, Catedrático de Ecología, Universidad de AlcaláEste artículo fue publicado originalmente en The Conversation.


 

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