jueves. 04.06.2026

Conociendo los "restaurantes falsos" de Irán

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Tercer artículo de la serie sobre los videos que ha grabado nuestro amigo y colaborador Caminante Rojo en Irán, aquí puedes leer los dos primeros

Irán vive desde hace años bajo un régimen de sanciones especialmente intenso, agravado además por sus propios desequilibrios internos y por la gestión del régimen. El resultado se percibe en casi cualquier gesto cotidiano como comer una hamburguesa, comprar un móvil, pedir un taxi o sentarse en un café, que acaba diciendo más de la política y de la economía de lo que parece a simple vista. Ese es el punto de partida del tercer y último vídeo del viaje del Caminante Rojo por Irán, y también la clave de lectura de este cierre: después de aprender historia en el primer capítulo y de la antesala bélica del segundo, la serie termina donde suelen revelarse de verdad los países, en la calle, entre precios imposibles, conversaciones mínimas y una colección de imitaciones que parecen chistes hasta que uno entiende que en realidad son reflejos de la sociedad.

La inflación y el deterioro del poder adquisitivo son el telón de fondo de todo el episodio. El vídeo nace de esa preocupación y de ese malestar social que en diciembre de 2025 volvió a prender protestas en el país. Ahora el ambiente que recoge la cámara parece más calmado, aunque no del todo limpio ya que todavía asoman rastros de tensión como algún coche calcinado, esa clase de cicatriz urbana que recuerda que la normalidad a veces no es más que una tregua. Sobre ese decorado, Teherán aparece no como un tablero geopolítico sino como una ciudad obligada a negociar cada día con el aislamiento, el encarecimiento y la escasez, y que ha convertido la copia en una forma de supervivencia comercial y también en un lenguaje propio.

 

El mejor ejemplo llega pronto, en uno de esos falsos McDonald’s que ya por sí solos justifican el viaje. No es McDonald’s, claro, sino una versión torcida del original, una réplica reconocible y a la vez clandestina, como si el capitalismo global hubiese entrado en Irán por una puerta lateral. Allí Víctor se sienta a comer una hamburguesa y a beber una especie de refresco de cebada sin alcohol, más cercano a la adaptación local que a la franquicia universal. No se trata solo de una anécdota simpática ni de la típica curiosidad para turistas. Lo que aparece ahí es una economía obligada a remedar símbolos de consumo global porque los símbolos originales no pueden instalarse del todo. Bajo las sanciones, la marca se vuelve eco, parodia, sucedáneo, pero sigue funcionando porque el deseo de pertenecer al mundo no desaparece cuando te expulsan de él.

Lo mismo ocurre en los cafés, que en este vídeo importan casi tanto como las hamburgueserías. El paso por varios locales deja entrever una Teherán mucho más urbana, más joven y más cosmopolita de lo que suele sugerir la caricatura occidental. En uno de ellos le invitan a probar una bebida con sabor a piña colada para, después del café, ofrecerle un té de azafrán. Son detalles pequeños, pero ayudan a desmontar ese relato perezoso que presenta Irán como un espacio uniforme, severo y monocorde. Aquí hay hospitalidad, curiosidad, gusto por la conversación, y también una voluntad de sofisticación cotidiana que sobrevive incluso dentro de una economía asediada.

La calle devuelve enseguida esa misma idea por otra vía. Unos chavales le paran, le saludan, uno es del Madrid, otro del Barça, y entre bromas uno se resiste a chocar la mano. La escena dura poco, pero basta para abrir una rendija muy útil. En mitad de un país reducido casi siempre a sus ayatolás, sus centrifugadoras o sus misiles, el fútbol vuelve a hacer de lenguaje común, de atajo instantáneo entre desconocidos. En Teherán, como en cualquier otra gran ciudad, también hay adolescentes que se identifican antes con un club europeo que con la versión oficial del mundo que se les presupone.

Esa misma distancia entre relato y realidad aparece en la cuestión del velo

Esa misma distancia entre relato y realidad aparece en la cuestión del velo. El vídeo recoge una impresión que conviene mirar con matices, pero que está ahí: en la calle se ven más mujeres llevándolo de manera relajada o incluso sin él, y el entorno no responde con la hostilidad que a menudo se imagina desde fuera. Otra cosa son los edificios oficiales, donde la norma sigue pesando. La ley permanece, pero la vida diaria parece haber ensanchado sus márgenes, o al menos los ha vuelto más ambiguos. Es una de las cosas que mejor hace este tercer capítulo: no dictar sentencia sobre Irán, sino registrar sus contradicciones. La república islámica de los códigos obligatorios convive con una ciudad más desenvuelta, más pragmática y quizá menos rígida, al menos en ciertos espacios, de lo que el tópico admite.

En Irán hay copias que se exhiben como originales y originales que llegan por rutas oblicuas, entrando desde Dubái, Turquía, Alemania o China

Por eso el centro comercial donde aparece Burger Queen resulta tan revelador. No es solo una broma visual, aunque pueda serlo. Es la imagen perfecta de un país que ha aprendido a reemplazar la marca prohibida con una variante suficientemente parecida para que todos entiendan la referencia. Allí le atiende una trabajadora amable, pide una hamburguesa y una Coca-Cola que, esta vez sí, resulta ser original. La frontera entre lo auténtico y lo imitado, entre lo importado y lo recreado, se vuelve entonces más borrosa. En Irán hay copias que se exhiben como originales y originales que llegan por rutas oblicuas, entrando desde Dubái, Turquía, Alemania o China, como luego se ve de manera aún más clara en la falsa Apple Store del mismo complejo.

Ese tramo del vídeo es probablemente el más elocuente en términos económicos. La tienda da perfectamente el pego, como tantas otras, pero lo que vende son iPhone auténticos introducidos por circuitos comerciales alternativos. Allí le explican que un iPhone 17 ronda los 1.000 euros. La cifra, leída en cualquier capital europea, puede parecer alta pero asumible; leída en Teherán, cuando se compara con un salario mensual normal de unos 175 euros, adquiere otra dimensión. De pronto el escaparate deja de ser una anécdota pop y pasa a ser una radiografía: un objeto global convertido en artículo de lujo extremo dentro de una economía castigada por la inflación, la devaluación y las restricciones externas. El consumo aspiracional existe, sí, pero vive completamente desacoplado del ingreso medio.

El propio vídeo subraya esa desproporción sin necesidad de grandes discursos. Un billete de cine en ese mismo centro comercial cuesta menos de un euro. La entrada al ocio popular convive así con la inaccesibilidad de la tecnología premium. En la misma ciudad donde un móvil vale varios meses de salario, una sesión de cine sigue siendo asequible. Son asimetrías de una economía enferma, pero también de una sociedad que sigue buscando espacios de normalidad y de placer compartido dentro de sus estrecheces.

Fuera del centro comercial, el relato vuelve a lo mejor que tiene esta serie: la calle como lugar de conocimiento. Un puesto de fresas, una botella de agua, un paquete de tabaco iraní, una carrera en taxi pedida desde una app local y a un precio ridículo para cualquier visitante europeo. Más tarde, unos hombres juegan al backgammon junto al fuego y mantienen una breve conversación con él. No hace falta que digan mucho. Basta la escena: la lumbre, el tablero, la noche, la pausa. En otros artículos sobre Irán probablemente entrarían antes las consignas, las sanciones, el programa nuclear o el pulso regional. Aquí, sin desaparecer del todo, todo eso queda desplazado por algo más difícil de simplificar como es la textura de una vida cotidiana que insiste en seguir adelante.

Y sin embargo la política no desaparece. Está en el precio de las cosas. Está en las marcas deformadas. Está en la necesidad de importar teléfonos por rutas indirectas. Está en el contraste entre un café elegante y una moneda erosionada. Está en la aparente tranquilidad de la calle después de unas protestas que tuvieron detrás una asfixia económica muy concreta. Está, incluso, en esa cena final en un Kentucky Fried Chicken improbable, donde la globalización llega disfrazada y aun así sigue siendo perfectamente reconocible. Teherán aparece así como una ciudad que vive dentro de una contradicción constante, rechazada por el orden internacional, pero atravesada de arriba abajo por sus símbolos, sus deseos y sus mercancías.

Como cierre de la trilogía, este tercer vídeo y este tercer artículo no buscan una gran conclusión solemne. Terminan en otro sitio: en la vida ordinaria. El primer capítulo servía para recordar que Irán es una civilización vieja, compleja y mucho más profunda que los titulares. El segundo lo situaba en el borde del conflicto, en el clima eléctrico de un país observado siempre desde la amenaza. El tercero, en cambio, baja la escala y completa el cuadro. Enseña qué ocurre cuando toda esa historia, toda esa presión exterior y toda esa tensión política aterrizan en la rutina de una ciudad.

Tal vez la imagen que deja este viaje del Caminante Rojo sea la de un país menos abstracto que el que discuten los gobiernos y menos nítido que el enemigo perfecto con que fantasean los bloques. Una sociedad diversa, hospitalaria y exhausta, obligada a improvisar normalidad dentro de una economía torcida. Un país que ha aprendido a convivir con la sanción, con la inflación y con la sospecha exterior sin dejar por ello de parecerse, por debajo de todo, a cualquier otro lugar donde la gente hace vida más o menos normal. Vista desde hoy, sin embargo, esa imagen ya no puede leerse igual. Mientras este artículo se cierra, Irán está siendo bombardeada y muchas de las personas, los lugares, trayectos y escenas que aparecen en los vídeos pueden haber quedado alterados o directamente dañados por la guerra. Eso no vuelve irrelevante lo que se vio entonces; al contrario, permite entender mejor qué había detrás de aquellas calles, aquellos cafés y aquellas conversaciones. Porque al final el viaje también muestra eso, la vida cotidiana de una sociedad bajo presión antes de que esa presión se convirtiera en destrucción abierta.

Conociendo los "restaurantes falsos" de Irán