jueves. 08.12.2022
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Fotografía Flickr de xerofito. Protegida por una licencia CC BY-SA 2.0

Conocí a Mirela el día de mi cumpleaños en una discoteca de su ciudad natal en Bulgaria un mes antes de que ella se marchase de Erasmus a Barcelona y yo me volviese a trabajar al norte de Alemania. Mantuvimos una relación epistolar, o más bien facebookelar, hablábamos todas las semanas- Yo estaba bastante enamorado y ella creo que también aunque se esforzaba en disimularlo bastante más que yo, no obstante cuando su erasmus terminó y ella regresó a Sofia supe que yo también debía volver porque con dos mil kilómetros entre nosotros la relación no iba a ir a ningún sitio. En aquel momento yo no tenía mucho dinero, pero tenía una bici de montaña y un plan infalible: Regresar a Bulgaria pedaleando .

Algunas personas se preguntarán por qué querría nadie cruzar Europa en bici pudiendo coger un avión, pero la respuesta es seguramente obvia para los lectores habituales de esta revista: Atravesar Europa en bici mola, siempre ha molado, desde que se inventó la bici. Es más, la Unión Europea se creó con el objetivo principal de facilitar que Europa fuese atravesada en bici, por eso las estrellas de su bandera forman una rueda. Pero no estamos aquí para hablar de historia Paneuropea, estamos aquí para hablar de mí y de cómo por primera vez en mi vida le puse alforjas a una bici y las llené hasta las trancas de ropa, cacharros de cocina campera, tienda, saco, cámaras, trípode y mil millones de por si acasos. Mi bici, otrora conocida como “El potrillo de aluminio'' pasó a ser un enorme elefante de hierro, una bestia con la que era difícil mantener el equilibrio, pero me dio igual, ya estaba decidido y comencé a pedalear.

El destino de mi primera etapa era Lübeck, antigua capital de la Hansa, una agrupación comercial y defensiva de ciudades del báltico creada en el siglo XIV con el objetivo principal de facilitar entre ellas el turismo en bici (Cómo le corresponde a toda agrupación comercial que merezca la pena). Esta era una etapa corta de unos 70 km por una vía ciclable muy cuidada, a veces asfaltada y otras de tierra muy lisa, que para ir en bici muy bien, pero como aventura se sentía un poco plana… no sé, todavía no parecía mucho como un viaje que fuese a cambiar mi vida, además yo como cualquier otro milenial lo que quería era ser youtuber y los videos que salían en esta carretera perfecta eran un tostonazo solo comparable a los videos de lluvia o fuego en ¨Ultra HD¨.

Al llegar a Lübeck las cosas siguieron siendo como son en Alemania, perfectas y maravillosas pero sin mucho sabor a nada, a través de una plataforma online había contactado con un tipo que me dejaba quedarme en su casa, no recuerdo ni como se llamaba ni qué pinta tenía porque fue una experiencia completamente estéril, me recibió por la tarde, me dejó un sofá para dormir y por la mañana me piré en dirección a Schwerin con la sensación de que cruzar Europa en bici ya no es lo que era.

Lo peor que le puede pasar a un cicloturista es nada, si no te pasa nada lo estás haciendo mal. Y yo lo estaba haciendo fatal, ahora rodaba bajo el sol por una carretera perfectamente recta y plana, como de postal, sin un solo bache, con grandes árboles a ambos lados para darme sombra y rodeado de pequeñas fincas agrícolas, no hacía ni mucho frío ni mucho calor y cada dos por tres cruzaba por algún pueblito de aspecto medieval encantador con una fuente en el medio en la que llenar agua, una puta mierda vamos. Tanto es así que después de 3 o 4 horas aburriéndome como una ostra sobre ruedas llegué a Schwerin, con su castillo de Disney en una isla en medio de un lago y sus impresionantes jardines palaciegos y su puente de piedra construido por orden de Johann Albrecht I de Mecklenburg con el objetivo de algún día poder acceder al castillo en bicicleta, sueño que por desgracia jamás vió realizado el propio Johann ya que la bicicleta no se inventaría hasta un par de siglos después de su muerte, una pena. El que sí intentó entrar con la bicicleta más gorda de la historia en palacio fui yo, principalmente porque solo iba a pasar un par de horas en Schwerin y no tenía lugar seguro donde dejarla, pero al parecer ya nadie recuerda la sabias palabras de Johann Albrecht I ¨El Ruedas¨ cuando en su lecho de muerte dijo: ¨Dejadles que entren con la bici hasta la cocina y si el palacio se convierte en museo que las dejen ahí junto a la garita de seguridad que al segurata seguro que no le importa echarles un vistazo¨.

Resultó que el segurata no solo no recordaba la famosísima cita del Duque de Mecklenburg sino que tampoco estaba por la labor de dejarme apoyar la bici contra la garita y menos aún de echarle un vistazo, a juzgar por su cara le hacía falta un café… o dos y mirándolo retrospectivamente creo que hubiera podido sobornarle con un par de Strudels, pero en aquel momento y abrumado ya de tanta arquitectura medieval decidí marcharme.

Mi intento de escapar del medievo fue en vano, el medievo me perseguía. Nada más cruzar al estado de Brandemburgo me encontré con el escudo de armas medieval de su primer distrito (Prignitz).

logo

¿Un ganso y un lobo? ¿Por qué? No había visto ni un solo ganso en todo mi trayecto y en Alemania no hay lobos desde hace siglos… o tal vez el escudo representaba un perro de caza y quizás hubieran cazado ya a todos los gansos, no le dí muchas más vueltas hasta que no llegué al Putlitz un par de horas más tarde y me encontré con otro escudo curiosamente similar.

Wappen_Putlitz

¨What da fuck is going on con los gansos?¨ pensé en inglés, porque soy una persona culta y políglota. ¿De verdad hay tantos como para que todas las ciudades tengan uno en el escudo?

Quizá tenga que fijarme más, me dije, y comencé a jugar al ¨pato, pato, ganso¨ solo que no había ni patos ni gansos, solamente un ciclista solitario mirando como un loco en todas direcciones y gritando ¨Ganso!!¨ cada vez que un ave cruzaba su campo visual, seguido de un ¨Ehhh nooo¨ cada vez que resultaba ser una corneja o algún otro ave.

Este juego no duró mucho porque se estaba haciendo tarde y yo tenía que buscarme un sitio para acampar. Lo encontré en un pequeño bosque antes del siguiente pueblo, era un sitio discreto, entre un río y una charca, a un nivel inferior que la carretera al otro lado de la cual había una granja con un perro que parecía bastante tranquilote. Eso me dio confianza.

Lo que me jodió un poco la confianza fue estrenar la tienda rompiendo una de las 2 varillas que le debían dar estructura, intenté arreglarla con cinta pero se había rajado longitudinalmente y por mucho que hubiera conseguido unirla había perdido completamente su flexibilidad. Pude montar la tienda de mala manera pero parecía que hubiera sido abandonada en el bosque hace años y ahora viviese en ella una familia de mapaches violentos.

Para hacer las cosas peores (y por tanto mejores si atendemos a mi propia lógica cicloturística) el lugar que había elegido para acampar no tenía el suelo muy regular y quizá un poco más pedregoso de lo que recomienda la OMS. Y ahí me encontraba yo haciendo contorsionismo dentro de una tienda ruinosa cuando de pronto escuché un graznido…y luego otro y aleteos… ¿GANSOS? No podía ser cierto, había encontrado los pinches gansos de las leyendas medievales, no podía contener mi excitación, estaba a punto de salir de la tienda para confirmar mi descubrimiento cuando escuche un aullido, parecía como si el perro de la granja vecina se hubiera escapado de cacería, los gansos empezaron a aletear más fuerte, se oían más perros… quizá era mejor quedarme en la tienda y que no me tomasen por un enemigo.

La fiesta canina duró más de lo esperado y yo la verdad no conseguí pegar ojo hasta la madrugada pero cuando por fin caí en las redes de morfeo me despertó la lluvía y acabé recogiendo la tienda tal y como lo haría un zombie en una ciénaga, muerto por dentro y cubierto de barro por fuera.

Por suerte una vez me puse a rodar no tardé mucho en llegar a Pritzwalk, el siguiente pueblo en el que podría encontrar una cafetería para refugiarme. Por desgracia Pritzwalk tiene algunas calles empedradas que resbalan como un demonio en cuanto les caen cuatro gotas, una trampa mortal para cicloturistas trasnochados en la que yo intentaba con todas mis fuerzas no caer, pero como todas mis fuerzas no eran demasiadas en ese momento acabé panza arriba en un charco a las 8 de la mañana y sin haberme tomado ni un café. Se conoce que no todo en Alemania está hecho para facilitar el turismo en bici.

Ni siquiera intenté volver a montarme en la bici, simplemente me arrastre con ella hasta el primer local abierto que encontré, que resultó ser una gasolinera cutre. Debí entrar dando bastante pena porque el dependiente enseguida me preguntó si necesitaba ayuda y me ofreció poner mis cosas a secar junto a un radiador. Me pregunto de dónde venía, a dónde iba… ese tipo de preguntas filosóficas que se le hacen a un viajero lleno de barro. Le conté la noche de mierda que había pasado y cuando le hablé de los perros y los gansos él con toda normalidad me dijo ¨Eso eran lobos¨ y siguió a lo suyo. Nunca he pillado muy bien el humor alemán pero supuse que estaba de broma porque en Alemania no hay lobos, así que solté una media risa falsa de cortesía y me pedí un café largo y un croissant que me supo a piedra y me senté un rato a lamerme las heridas.

Me dolía el cuerpo, me dolía la cabeza, me dolía un poco la garganta y me dolía el orgullo, pero sobre todo me dolía el cuerpo, menudo batacazo, sentía como cada milímetro de mi ser se amorataba.

Ya había parado de llover pero yo no me sentía con fuerzas para continuar así que decidí buscar un hostal para pasar el día y recuperarme un poco. El más cercano que encontré estaba en Perleberg lo que suponía desviarme 25 Km de la ruta que tenía planeada, muy apropiadamente el hostal se llamaba ¨Plan B¨, me lo tomé como una señal y me puse en marcha.

Antes de salir de Pritzwalk mientras cruzaba la plaza central, algo llamó mi atención, sobre la puerta del ayuntamiento estaba colocado el siguiente escudo municipal:

Stadtwappen_Pritzwalk

Un águila que lo está pasando un poco mal, un árbol y lo que a este punto solo puedo pensar que es un lobo. En aquel momento no quise darle mucha importancia pero si que me hizo replantearme que quizá el comentario del gasolinero no iba tan en broma. Unos 10 km más adelante, pasé frente a un Palacio-Museo llamado ¨Wolfhagen¨, que se puede traducir literalmente por ¨Villalobos¨ o ¨Tierra de lobos¨.

Yo nunca he sido muy de creer en el destino, pero en aquel momento me pareció que las señales empezaban a amontonarse, como si Alemania estuviera intentando decirme algo. Por eso, lo primero que hice al conseguir una habitación en el ¨Plan B¨ fue sacar el portátil para tratar de encontrar respuestas, lo segundo fue caer rotundamente dormido con el portátil sobre las rodillas en una postura no muy cómoda.

Esta vez no me despertó la lluvia pero me despertaron los dolores, quizás mientras dormía me giré sobre el moretón que no debía… por suerte el portátil seguía intacto, en el suelo, pero intacto. Lo recogí y continué donde lo había dejado, buscando en Google ¨Lobos en Alemania¨ y lo que descubrí a continuación te sorprenderá, bueno, quizás no, quizás tu ya te vienes oliendo la tostada desde hace un par de párrafos pero a mí me sorprendió. Resulta que en Alemania sí hay lobos y no son pocos pero además su distribución coincide sospechosamente con mi hoja de ruta. En aras a visualizarlo mejor, he aquí una superposición de la ruta cicloturista que yo tenía pensada para mi viaje:

wolfRoute2 (1)
La ruta que yo tenía planeada en azul y la distribución del lobo en naranja y rojo.

Me quedé helado, no sabía que se suponía que debía hacer en esta situación, por un lado sentía que no debía rendirme, que no debía asustarme, que lo mejor era continuar con la aventura tal como la había planeado, pero por otro lado me sentía reventado, medio enfermo, asustado y un poco perdido. Evalué las opciones en mi mente y la cosa estaba clara, podía continuar en bici y ser devorado por los lobos dándole un final muy épico a mi aventura o reinventarme a mismo al más puro estilo Madonna y pillarme un tren de Perleberg a Berlín. Elegí lo segundo, siempre he sido una diva.

Tal y como se recibe a una diva, me recibieron a mí Nestor y Jara en Berlín, me llevaron a cenar hamburguesas, me ofrecieron de su riquísima kombucha casera, me prepararon la cama en un sofá comodísimo, me dieron las llaves de su casa y se fueron de vacaciones 10 días. Dormí cómo un bebe en aquel sofá y al día siguiente lo primero que hice al despertarme fue mear sangre, esto no te lo veías venir ¿Eh?. Si, a mi también me pilló de sorpresa, parece ser que sí me sentía un poco enfermo es porque lo estaba.

El médico que mi seguro de viajes me mandó a casa me dijo que se trataba de una infección de orina, pero que no era muy grave, me pinchó una dosis gorda de antibióticos y me dejó una caja de pastillas para completar el tratamiento por mi cuenta. Me alegré mucho de no estar en una película de Hollywood de esas en las que en cuanto un personaje tose un poco a mea algo de sangre ya sabes que no va a llegar vivo a los títulos de crédito. Yo por suerte en un par de días ya me sentía como una rosa, una rosa pobre, una rosa a la que le queda el dinero justito pa sobrevivir como mucho un par de semanas en Alemania, una rosa cuyo dinero valdría el doble, por el cambio de moneda, si ya estuviese en Bulgaria…

Con la tranquilidad que me aportaba que me hubiesen dejado un apartamento durante 10 días pude contemplar la situación con un poco más de perspectiva, hice algunos cálculos y me di cuenta que ni en el mejor de los casos llegaría a Bulgaria en bici con el dinero que me quedaba, es probable que no alcanzase ni Rumania. No quería pedir dinero a nadie, ni quedarme a trabajar en Berlín temporalmente, pensé en vender alguna cosa pero por muy cargada que fuese la bici, tampoco se puede decir que sus alforjas llevasen nada que tuviese demasiado valor económico… Quizás lo que más dinero valía era la bici en sí misma y las propias alforjas que estaban casi nuevas, pero cuando uno ha decidido cruzar Europa en bici, vender la bici puede resultar contraproducente e incluso polémico en algunos círculos cicloturisticos. Además si vendía y la bici y las alforjas, ¿donde iba a llevar mis cosas?.

Todo este embrollo mental me estaba dando demasiados dolores de cabeza así que decidí consultarlo con mi amigo Alejo, que también vive en Berlín y me había invitado a cenar con él y su familia. Cuando le comenté mi situación Alejo lo vió claro, se acercó a una pequeño cuarto despensa y del estante superior sacó una mochila de alpinismo ochentera, verde y roja, muy usada y con algunas cinchas algo desgastadas, pero todavía perfectamente funcional y me dijo ¨Esta mochila me la dió mi hermano cuando me vine de Colombia y me sirvió para traer todo lo que necesitaba, hace años ya que no la uso y aunque a veces he pensado tirarla, en el fondo siempre crei que llegaria un momento en el que volvería a ser útil¨ me hizo entrega de la mochila sin mucha ceremonia y añadió ¨Todo lo que no quepa aquí, no merece la pena¨.

Mochilejo1 (1)

Mochilejo2 (1)
La mochila de Alejo ahora conocida como el ¨Mochilejo¨ para recordar sus orígenes, sigue en activo y espero que aún le queden muchos años de uso.

Le hice caso. Conseguí vender la bici y me puse a buscar vuelos, la mayoría se me salían de presupuesto así que me pase muchas horas rebuscando en páginas de ofertas y últimas plazas, hasta que por fin encontré lo que buscaba: Berlín / BER - Sofia / SOF por 15 Euros.

Aterricé aquí el día del Cumpleaños de Mirela y desde entonces lo seguimos celebrando juntos. Definitivamente Alemania estaba intentando decirme algo.

Fotografía Flickr de xerofito. Protegida por una licencia CC BY-SA 2.0