jueves. 04.06.2026
Parte III

¿Qué es la literatura de montaña? Un alegato personal en defensa de una literatura de montaña minoritaria

olga-blazquez (5)

Aquí llega la tercera y última entrega del ensayo sobre literatura de montaña. En esta ocasión, en lugar de analizar los aspectos más hegemónicos de la literatura de montaña existente, intento plantear algunas propuestas para componer otro tipo de literatura. Un tipo de literatura que esté más anclado a la vida frágil de los cuerpos, una vida ingobernable cargada de diferencia. Si has llegado hasta  aquí sin haber leído las dos partes anteriores, te recomiendo que dediques unos minutos para echarles un vistazo.

¿Qué es lo menor/minoritario? ¿Cómo sería una literatura de montaña menor o minoritaria?

Gilles Deleuze y Félix Guattari definen en algunos de sus escritos lo menor/minoritario no como aquello que es menos en cantidad o tamaño con respecto a una supuesta mayoría. No se trata nunca de una cuestión meramente cuantitativa. Se deviene minoritario como consecuencia de vivir una vida lo menos articulada posible según el mandato y el gobierno de las grandes categorías, como por ejemplo la categoría de HOMBRE.

Deleuze y Guattari dirán que no hay devenir posible en lo mayoritario, en lo mayor. Lo mayoritario es fuente de clausura, de muerte, de acabamiento, de dominio. El devenir es siempre minoritario, no hay forma de vida propiamente dicha que no sea minoritaria en el sentido en el que entienden este concepto los mencionados autores. Y así lo explican ellos mismos en el capítulo de Mil mesetas titulado «Devenir-intenso, devenir-animal, devenir-imperceptible»:

¿Por qué hay tantos devenires del hombre, pero no devenir-hombre? En primer lugar, porque el hombre es mayoritario por excelencia, mientras que los devenires son minoritarios, todo devenir es un devenir-minoritario. Por mayoría nosotros no entendemos una cantidad relativa más grande, sino la determinación de un estado o de un patrón con relación al cual tanto las cantidades más grandes como las más pequeñas se consideran minoritarias: hombre-blanco, adulto-macho, etc. Mayoría supone un estado de dominación, no a la inversa. No se trata de saber si hay más mosquitos o moscas que hombres, sino cómo “el hombre” ha constituido en el universo un patrón con relación al cual los hombres forman necesariamente (analíticamente) una mayoría.

Prolongando hasta el territorio que nos atañe ahora esta propuesta para pensar el mundo planteada por Deleuze y Guattari, cabría preguntarse entonces cómo sería una literatura de montaña minoritaria. Desde mi punto de vista, una literatura de montaña minoritaria sería aquella que no intenta ser, parecerse, imitar o calcar la gesta, la épica o la hazaña.

Muy bien, me diréis entonces, pero eso, ¿cómo se realiza en concreto? ¿Cómo se practica ese tipo de escritura? Traigo algunos ejemplos a continuación que pueden servir de pista.

Fuentes alternativas para practicar narrativas minoritarias en el ámbito de la literatura de montaña

La comedia es uno de esos surtidores a partir del cual puede surgir lo minoritario. Sin embargo, no lo es por la razón que parece más obvia. En la comedia, no prolifera lo minoritario porque lo cómico haga reír. La risa puede ser cruel. La comedia puede fácilmente desviarse hacia la burla despiadada. La risa también es patrimonio del tirano. Por eso, una razón de más peso que puede explicar por qué la comedia es susceptible de dar lugar a literaturas minoritarias tiene que ver con que, en su búsqueda artística específica, la comedia torna visibles muchas de las costuras del entramado social en el que nos inscribimos. En otras palabras, la comedia evidencia las vergüenzas, lo que se mantiene oculto por decoro, lo que pretendía ser serio por imposición. En el ámbito de la literatura de montaña, existen ejemplos específicos que ilustran todo esto que estoy diciendo. Citemos, por ejemplo, la novela Hasta arriba, de W. E. Bowman, donde un grupo de alpinistas de dudosa pericia llevan a cabo una expedición de tintes épicos para escalar una montaña de 40.000 metros de altura. Otro texto irónico clásico —de principios del siglo XX— es The Roof-Climber’s Guide to Trinity: Containing a practical description of all routes. Se trata de un libro anónimo  —pero atribuido a Geoffrey Winthrop Young— donde se describen —siguiendo el estilo de las guías de montañismo, pero en plan jocoso— diferentes itinerarios para escalar el Trinity College de Cambridge. Este texto inaugura una serie de publicaciones que, durante las siguientes décadas, harán las veces de  textos sagrados vinculados al noble arte del roof climbing o night cimbing inglés, una práctica gamberra consistente en escalar los edificios de la universidad con nocturnidad y alevosía. Otras muestras cómicas vinculadas a la literatura de montaña, aunque no sean consideradas estrictamente como literatura, son la canción de Javier Krahe titulada La Yeti, en la que un señor se entrega al alpinismo para olvidar la infidelidad de su mujer —«cuando todo da lo mismo, por qué no hacer alpinismo» reza el estribillo—, o algunos de los sketches de los Monty Python: pueden destacarse en este sentido el Kilimanjaro expedition sketch, el Climbing the North Face of the Uxbridge Road sketch o el Mountaneer sketch.

Más allá de la comedia, otro terreno fértil para el desarrollo de la literatura de montaña minoritaria es el del haiku. Con esto, no quiero decir que haya que escribir haikus de montaña para ser más antisistema que nadie. Lo que digo es que algunas de las cuestiones que se tienen en cuenta a la hora de componer haikus resultan interesantes si lo que se quiere es practicar un tipo de escritura que no sea pomposa y grandilocuente. Vicente Haya, en su libro Aware. Iniciación al haiku japonés, plantea a modo de sucintos títulos algunas de estas «reglas» del haiku. Una de ellas es especialmente aplicable a la literatura de montaña y dice así: «no puedes hablar de ti mismo fingiendo que hablas de la Naturaleza». ¡Cuántos libros nos habremos tragado en los que la descripción del entorno salvaje es instrumentalizada para ensalzar la figura del héroe solamente!

También se pueden aprender las técnicas de lo minoritario leyendo a Tolkien o a Ursula K. Le Guin. De Tolkien y su noción de la hazaña —que nunca es ni individual ni heroica—, ya hablé en la primera parte de este ensayo. Por su parte,  Ursula K. Le Guin, emplea la ficción en muchos de sus escritos como herramienta para pensar lo hasta ahora impensado. El mejor ejemplo de ello es su relato «Sur», compuesto en forma de informe ficticio donde se describe una expedición realizada por un grupo de mujeres latinoamericanas a la Antártida. La ficción de Le Guin plantea la posibilidad de que esa expedición fuera la que llegó —anónimamente— al polo sur por primera vez, antes incluso que Amundsen y Scott. La autora, a través de este relato, cuyo título es un guiño al texto escrito por Shackleton, titulado South, introduce en la retórica de la exploración un vocabulario que le era ajeno a la épica: el del trabajo doméstico, el de la no necesidad de plantar una bandera para demostrar la hazaña, el de los cuerpos que menstrúan, que se queda embarazados, que no pretenden ser heroicos...

Y, para terminar, no querría cerrar este apartado sin referirme a otras plumas que me parece imprescindible citar para trazar las huellas de una hipotética genealogía de lo minoritario en la literatura de montaña —algunas de estas plumas han sido citadas ya en las anteriores entregas de este ensayo, pero la reiteración merece la pena—: Julio Villar, Eider Elizegi, Simón Elías, Brigitte Simonet, Isaac Puente...

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Un caso especial: las erratas y su potencial subversivo

El 4 de julio de 2019, desde el perfil de Facebook de la mítica revista Desnivel, se publicó un texto sintético que servía de resumen para introducir una noticia. El texto de la publicación era el siguiente: «Simon Messner, hijo de Reinhold Messner, hace en solitario y en estilo rápido y ligero, la primera del Toshe III (6.200m) pariendo [sic] desde el CBA (4.600m), bajo condiciones difíciles de nieve y meteo inestable». Está claro que quien redactó aquellas palabras no quería usar el verbo parir, sino partir. Sin embargo, la errata situó el texto en un maravilloso mundo alternativo. ¡Y todo gracias a una simple letra: a una t que se había perdido por el camino! La errata, por sí misma, dio lugar a nuevas posibilidades imaginativas. Por un lado, sirvió para apuntalar aún más el discurso de lo épico. Ya no solo se hacen caras norte invernales sin oxígeno: ¡ahora se hace alpinismo pariendo, rompiendo aguas! ¡Hay que explorar los límites últimos de la condición humana! Por otro lado, la errata permitía pensar en la posibilidad de que la dirección de la revista Desnivel se hubiera convertido en una firme defensora del movimiento queer y del transfeminismo: el texto con la errata se leería entonces como un intento por visibilizar la actividad deportiva puntera de cuerpos de hombres gestantes.

La errata es aquello que no es responsabilidad de nadie. Es aquello que ocurre sin querer. Es aquel acontecimiento sencillo y humilde que puede desbaratarlo todo y alumbrar nuevos imaginarios que no son el resultado de ningún genio individual. Y por eso mismo, merece la pena prestarles atención.

A modo de conclusión: contra el éxito

Una literatura de montaña minoritaria no se centraría solamente en lo épico del triunfo ni en lo épico de las muertes que se producen en alta montaña, dramáticas, trágicas. Una literatura minoritaria se articularía desde la curiosidad, se interesaría por lo anónimo, daría cabida a la posibilidad de un alpinismo no deportivizado. No haría esfuerzos por ser pedante ni por ser barroca. Una literatura minoritaria exploraría los recovecos, se pondría a sí misma en jaque. No le doraría la píldora a quienes «molan», ni le rendiría pleitesía a ningún pedestal.

Este es el tercer artículo de una serie de tres acerca de la Literatura de Montaña. Pincha a continuación para leer la Parte I: Algunas definiciones no concluyentes y una reflexión acerca de la épica