viernes. 26.06.2026
Parte II

¿Qué es la literatura de montaña? Acerca de «lo literario», acerca de los valores promocionados por la literatura de montaña y acerca de las mujeres escritoras

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Hace algunos días, comencé un ensayo en relación a la literatura de montaña. Esta es la segunda entrega de ese ensayo. En la primera parte ofrecí algunas definiciones no definitivas para aproximarme a la cuestión. Y también lancé algunas consideraciones con respecto al rol que juega la épica en la literatura de montaña. Esta vez, toca hablar de la obsesión de la literatura de montaña por ofrecer algo siempre nuevo —y fracasar en el intento—, así como de los valores promovidos por la literatura de montaña. Finalizaré esta segunda parte del ensayo lanzándome al barro de un tema polémico: el de la supuesta subversión asociada a la literatura de montaña escrita por mujeres.

¿Importa realmente lo literario a la hora de componer una obra perteneciente al género de la literatura de montaña?

Muchas son las voces que, en las introducciones, prólogos, prefacios y preámbulos a los libros de literatura de montaña, prometen que lo que usted está a punto de leer es, sin duda, «algo diferente». Muchas son las voces que, en un acto un tanto altanero o lameculista —dependiendo de si la introducción la escribe el autor del libro o el amigo del autor—, juran que lo que va a ocurrir en las páginas inmediatamente posteriores es original de verdad: nada parecido a lo que se viene dando en el género hasta la fecha. Por supuesto, no hay ni que decir que la mayoría de esas voces fracasan y terminan haciendo lo de siempre. Aunque, obviamente, ese lo-de-siempre nunca es absolutamente lo de siempre. Siempre hay variación, novedad. Pero no a causa del genio individual de la pluma de turno, sino porque nadie puede escapar de la diferencia. No obstante, igual que no se puede hacer exactamente lo mismo dos veces, tampoco se puede —como consecuencia de un mero hecho de voluntad— pretender que lo que se ha escrito es original en términos absolutos.

Supongo que la literatura de montaña no puede deshacerse con facilidad de este pequeño lío, pues se encuentra en la encrucijada entre dos mundos que siempre se han jactado de inaugurar el universo entero varias veces: tanto el ámbito de lo literario como el ámbito del alpinismo están saturados de pionerismos, de primeras veces, de inicios. Así que no es de extrañar que la gente que se aficiona a escribir literatura de montaña caiga en este vicio: el vicio de la génesis.

Como la mayoría de los ejemplos de literatura de montaña, al final, terminan cayendo en los clichés de siempre, resulta especialmente cómico que en tantos prólogos se prometa con tanta vehemencia que lo que se va a hacer es algo muy distinto. Los manuscritos que de verdad lanzan propuesta poéticas arriesgadas terminan siendo rechazados. «Lo diferente» se ha convertido para el género de la literatura de montaña en un mero motivo literario. Apelar a la originalidad es algo que ya forma parte del género en sí mismo. Pero eso no quiere decir que haya verdadera innovación literaria. Hay que entender que la originalidad es en los libros de literatura de montaña solo un elemento temático; un tópico, si se quiere —igual que lo son el abrir-huella, la conquista de las cimas, o los ataques a cumbre—. Pero el acto de originar algo diferente no es una operación que se ejecute, no es un proceso que se ponga en práctica al componer los libros de literatura de  montaña. Toda innovación poética es, muy al contrario, censurada.

Hay quienes argumentarán que sí que hay textos que se salen de la norma, que hay textos gamberros, que hay textos anti-heroicos. Personalmente, creo que esos textos —muchos de ellos intentan rescatar el espíritu yosemítico más rebelde, la estética del dirtbag— son solo una reacción a la norma, una participación en clave contestataria de lo mismo de siempre. Y, por esta razón, creo que no se salen del canon normativo.

Una de las formas más efectivas para identificar en qué consisten los clichés propios de la literatura de montaña es leer textos que no necesariamente adoptan la forma de un libro. Hay muchas publicaciones de redes sociales o artículos de blogs en los que se percibe el esfuerzo por imitar una cierta literatura de montaña considerada culta o, al menos, canónica. Esta literatura, la mayoría de las veces, imita o bien el estilo más clásico, profundo y un tanto pedante o el estilo más gamberro y desenfadado.

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Los valores promovidos por la literatura de montaña: ¿poética o propaganda?

En este apartado, seré breve y directa: ¿por qué hay tantas narrativas, tantos relatos, que hablan hasta la saciedad de la bondad de los valores que se destilan del montañismo? Con demasiada frecuencia, se da por hecho que el alpinismo es un nido de virtud: el compañerismo, la solidaridad, el esfuerzo, la humildad, la honestidad suelen destacarse como los valores más importantes que se desarrollan al practicar alpinismo, al escalar o al realizar una travesía de montaña. Lo cierto, no obstante, es que al montañismo también le es intrínseco el egocentrismo, la envidia, la competitividad, la mentira, el machismo, el clasismo, la colonialidad... Cuando se habla de los valores del montañismo, y en aras de producir narraciones complejas, haríamos bien en recordar todo esto.

Porque, probablemente, si no lo recordamos, caeremos en la creación de panfletos que lo único que hacen es apuntalar una idea momificada de las cosas, pero que no se abren a la percepción de la expresión de esas mismas cosas. La literatura de montaña puede hacerse de muchas maneras. Restringir su potencia a la obligación de rendirle pleitesía a un retrato idealizado del alpinismo es muy triste.

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La mujeres escriben

Existe un prejuicio bastante generalizado que consiste en considerar que cuando las mujeres (cis) acceden a algún espacio históricamente habitado por la masculinidad más hegemónica, este espacio muta y pasa de manera automática a convertirse en un espacio mejor. Resulta evidente que la presencia de cuerpos excluidos hasta un momento determinado de espacios específicos comporta algún cambio. En el terreno de la literatura de montaña, por ejemplo, el hecho de que cada vez proliferen más textos escritos por mujeres (cis) da lugar a que una serie de temas que antes afloraban solo de refilón, ahora sean más habituales, como el de la maternidad, el de la menstruación, el de la menopausia, o el de los comportamientos machistas... Sin embargo, ser mujer (cis) no es garantía de nada necesariamente. Ser mujer (cis) no es siempre sinónimo de promoción-de-la-justicia-social.

Aunque no sea una mujer que se dedicara a la literatura en sentido estricto, Elizabeth Hawley —la conocida como notaria del Himalaya— promovió mediante su escritura burocratizada una narrativa muy concreta del alpinismo: la narrativa de lo oficial, la narrativa de la fiscalización de la cima. Miss Hawley era una mujer. Miss Hawley era, al mismo tiempo, una de las grandes colaboracionistas del alpinismo entendido como un sistema meritocrático, altamente deportivizado, mercantilizado y espectacularizado. La presencia de Miss Hawley en tanto que mujer en un mundo masculinizado no provocó ninguna transformación revolucionaria. Al revés: su presencia contribuyó a la perpetuación, a la prolongación y al apuntalamiento del alpinismo como ejercicio de conquista —ahora, además, «oficialmente» certificado—.

Otro ejemplo que demuestra que ser mujer no te salva de nada lo podemos encontrar en algunos de los fragmentos del libro de literatura de montaña escrito por una mujer que probablemente sea el más idolatrado por el público en el contexto español. Hablo del libro de Miriam García Pascual, Bájame una estrella. Si bien esta obra ha dado lugar a frases que se han convertido con el tiempo en verdaderos lemas en el mundillo del montañismo —«el precio de la libertad es la soledad, y el precio de ser pájaro la esclavitud del viento»—, también ha sido el soporte de otros pasajes inundados de mirada colonial, como el que sigue:

HUASCARÁN

23-7-88

Subimos al Huascarán «porque es el más alto», como los niños pequeños. Para llegar a Musho usamos el transporte más popular: un camión cargado de sacos, gente, armarios, y hasta el cajón de un muerto.

Me gusta como se viaja en Perú; simplemente paras un carro o un camión y regateas el precio. Lo único que me fastidia es que nos quieran cobrar el doble que a los indios y que siempre metan diez veces más de lo que entra.

Mi intención al presentar este fragmento no es el de mancillar la imagen y la memoria de una persona que ya está muerta. Mi intención es precisamente la de seguir dialogando con esa persona a pesar de su muerte. Los textos que deja un cuerpo tras de sí como consecuencia de su trayectoria permiten, en efecto, que las conversaciones puedan tener lugar más allá de la ausencia. Por otro lado, es evidente que, a pesar de poder haber sido «buenas alpinistas» o «buenas personas», las mujeres (cis) también perpetúan formas injustas de habitar el mundo.

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La perpetuación de la subjetividad y las prácticas coloniales sigue estando a la orden del día en la actualidad. Y no hay que irse muy lejos para percibirlas. En febrero de este mismo año, 2025, por ejemplo, las Cholitas Escaladoras visitaron Asturias. Los relatos que acerca de su vista se redactaron en los medios de comunicación —muchos de ellos, de izquierdas— eran una muestra evidente de este poso colonial que aún vertebra la forma blanca y occidental de producir la realidad. Los textos periodísticos estuvieron llenos de comentarios folclórico-exotizantes que ensalzaban lo «colorido» de las polleras de estas alpinistas aimaras, o su carácter naturalmente aguerrido. Cuando leí todos estos textos, no pude evitar que me vinieran a la mente dos citas procedentes de dos libros de muy distinta índole. Por un lado, pensé en una cita de Frantz Fanon en su obra Piel negra, máscaras blanca: «No tendremos ninguna piedad por los antiguos gobernantes, por los antiguos misioneros. Para nosotros el que adora a los "negros" está tan "enfermo" como el que los abomina». Esta cita me atrevesó porque los artículos que había leído en relación a las Cholitas no eran unos que las desacreditaran o las menospreciaran. Muy al contrario, eran textos infantilizadores que las celebraban desde una óptica que seguía siendo absolutamente racista y supremacista: las blancas concediendo el reconocimiento a las históricamente subalternizadas. Puro p/maternalismo. Por otro lado, pensé en el modo en el que la Enciclopedia Álvarez, instrumento pedagógico por excelencia del régimen franquista, describía a los diferentes pueblos de España de un modo pintoresco, produciendo un cliché simplificador y reduccionista: «los asturianos son generalmente de gran corpulencia y de buen humor», «los valencianos sobresalen por su afición a la pintura, escultura y música, y no es raro encontrar entre ellos a grandes artistas»...

Los textos de literatura de montaña escritos por mujeres (cis) no logran tampoco producir, necesariamente, nuevos imaginarios: el libro Première de cordée de Martine Rolland, por ejemplo, es el relato autobiográfico de la que es considerada la primera guía de alta montaña. Este escrito no aporta, en cuanto a temática se refiere, ninguna novedad sustancial: el pionerismo sigue siendo la tónica general, de manera que queda evidenciado que la igualdad que muchas mujeres (cis) reclaman no es más que el acceso al mundo de los señores, tal y como ha sido organizado y orientado por el machismo. Para más inri, el título de la obra de Rolland es un guiño a la novela clásica de la literatura de montaña escrita por el idolatrado Roger Frison-Roche, Premier de cordée. Lo único que se ha modificado es el género gramativcal de la primera palabra del título para adaptarlo, esta vez, a la voz narrativa en primera persona de la autora.

Y esto me lleva a una cuestión que queda muy bien plasmada a través de la intervención de uno de los personajes del libro de Virgine Despentes, Querido capullo: ¿que sentido tiene reclamar el carácter revolucionario de la voz femenina per se? ¿Qué necesidad hay de promover todo el rato la visibilidad y el empoderamiento si estas estrategias no hacen muchas veces más que apuntalar el mismo mundo de siempre? Siguiendo el discurso del personaje de Despentes:

Yo he sacrificado mi tranquilidad por ese sueño. El feminismo. Y hoy he decidido ser sincera. Estas son las que salen ganando en esta revolución en la que tanto he creído: feministas traficantes de armas. Feministas heterofachas. Feministas convencidas de la importancia del jefe, feministas ávidas de prebendas, de recompensas, de logros, de reconocimiento social. Feministas propolicía, projuicio, clasistas. Identitarias. Así llamadas virtuosas. Es decir, el feminismo de las respetables, de las limpias y arregladas, de las carceleras y de las que dan lecciones.

Queridas hermanas, un esfuerzo más, ya casi somos tan estúpidas como los tíos. Poder aparte. Imitamos las mismas asambleas necias. La misma indignación fingida. La misma rabia carcelaria. El mismo amor a la autoridad. La misma pasión por el papá que nos escucha y dicta justicia. Llamémosla mamá, si lo preferís, y así nos quedamos tranquilas. El juego es el mismo. Y lo que acabáis de hacerme a mí no os lo voy a perdonar más de lo que se lo he perdonado a los hombres. Para ser exacta: ni más ni menos. Es la misma mierda. Después de tanto tiempo comiéndola, sé reconocerla.

En el número 14 de la publicación Cuadernos de negación, dedicado al trabajo doméstico, esta misma idea queda reformulada como sigue: «el objetivo del feminismo liberal es la meritocracia, no la igualdad. En lugar de abolir la jerarquización social, su objetivo es feminizarla, asegurando que las mujeres en la cima puedan alcanzar la paridad con los hombres de su propia clase». La cima en este fragmento es una metáfora —pues el texto no habla de alpinismo—, pero viene que ni pintada para el tema que nos ocupa en este ensayo.

En conclusión, resulta del todo evidente que ni ser mujer (cis) ni ser feminista garantizan que se estén produciendo fugas y otredades habitables desde el punto de vista de la literatura de montaña. No obstante, creo que sí que hay libros escritos por plumas de mujeres (cis y no tan cis) que sí permiten dibujar contornos esperanzadores. Mencionaré como ejemplos los siguientes: el relato «Sur», de Ursula K. Le Guin, el diario Mi montaña, de Eider Elizegi, o la compilación de testimonios de Brigitte Simonet titulada Femmes de guides. No diré por qué me parecen textos esperanzadores. Lanzo solamente la invitación a leerlos y a extender el debate más allá de estas líneas.

Este es el segundo artículo de una serie de tres acerca de la Literatura de Montaña. Pincha a continuación para leer la Parte III: Un alegato personal en defensa de una literatura de montaña minoritaria