Energía y cambio climático. Retos para el 2018

La mitigación del cambio climático y la adaptación al mismo son retos clave del siglo XXI. 

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La mitigación del cambio climático y la adaptación al mismo son retos clave del siglo XXI. En el núcleo de estos retos se encuentra la cuestión de la energía; más concretamente, nuestro consumo global de energía y nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Para tener éxito en limitar el calentamiento global, el mundo necesita con urgencia utilizar la energía de manera eficiente, así como cambiar a fuentes de energía limpias para transportar, calentar o enfriar.

El clima global está cambiando, lo que entraña riesgos cada vez más graves para los ecosistemas, la salud humana y la economía. El reciente estudio de la AEMA «Climate change, impacts and vulnerability in Europe 2016» [El cambio climático: efectos y vulnerabilidad de Europa en 2016] indica que las regiones de Europa también se enfrentan a los efectos del cambio climático, como la subida del nivel del mar, el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, las inundaciones, las sequías y las tormentas.

Tales cambios se producen debido a las grandes cantidades de gases de efecto invernadero que emiten a la atmósfera muchas actividades humanas en todo el mundo, incluida, en particular, la quema de combustibles fósiles para la generación de electricidad, la calefacción y el transporte. Esta combustión también emite contaminantes atmosféricos que dañan el medio ambiente y la salud humana.

A escala mundial, el consumo de energía representa, con diferencia, la mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero derivada de las actividades humanas. Alrededor de dos tercios de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales están ligadas a la quema de combustibles fósiles que se usan para calefacción, electricidad, transporte e industria. También en Europa los procesos energéticos son los mayores responsables de la emisión de gases de efecto invernadero: un 78 % de las emisiones totales de la UE en 2015.

Nuestro uso y producción de energía tiene una enorme repercusión en el clima, y lo contrario es también cada vez más cierto. El cambio climático puede alterar nuestro potencial de producción de energía y nuestras necesidades energéticas. Por ejemplo, los cambios en el ciclo del agua influyen en la energía hidráulica, y el ascenso de las temperaturas aumenta la demanda de energía para los sistemas de refrigeración en verano, mientras que reduce la de los sistemas de calefacción en invierno.

En general, las emisiones de efecto invernadero relacionadas con la energía pueden reducirse de dos formas: apostando por fuentes de energía más limpias (por ejemplo, sustitución de los combustibles fósiles por fuentes renovables no combustibles) y/o reduciendo el consumo general de energía por medio del ahorro de energía y el aumento de la eficiencia energética (por ejemplo, mejoras del aislamiento de los hogares o utilización de medios de transporte más ecológicos).

No obstante, para evitar los peores efectos del cambio climático es necesario que estas medidas se adopten muy pronto, mucho antes de que se agoten las reservas de combustibles fósiles. Cuantos más gases de efecto invernadero emitamos a la atmósfera, menos probabilidad hay de que reduzcamos los efectos perjudiciales del cambio climático.

Habida cuenta de la urgencia de esta labor, la cuestión es, por tanto, si seguimos o no invirtiendo y planificando invertir en energía basada en combustibles fósiles. Las decisiones políticas para subvencionar una fuente de energía pueden influir en las decisiones de inversión. En este sentido, las subvenciones y los incentivos fiscales han sido cruciales para impulsar la producción de energías renovables a partir de la energía solar y eólica. Lo mismo cabe afirmar de las inversiones en combustibles fósiles, que en muchos países  siguen estando subvencionadas.

En los últimos años, numerosos inversores anunciaron su decisión de desinvertir —retirar su inversión— en actividades relacionadas con los combustibles fósiles. Algunos de estos anuncios se basaban en cuestiones de índole ética, pero otros reflejaban dudas en relación con el sentido comercial de tales inversiones, teniendo en cuenta el tope en la cantidad total de gases de efecto invernadero que puede emitirse (a menudo denominado «presupuesto de carbono») para limitar el calentamiento global a 2 °C a finales de siglo.

La producción de energía suele exigir grandes inversiones, y una central de producción de energía, una vez en marcha, se espera que esté operativa durante décadas. Las inversiones actuales y previstas en tecnologías convencionales contaminantes pueden ralentizar la transición a fuentes de energía limpias. Tales decisiones de inversión pueden bloquear las opciones y los recursos energéticos durante décadas, dificultando la adopción de soluciones nuevas.

Abordar el dilema de la energía y el clima no es fácil, pero ya se están perfilando muchas innovaciones prometedoras. Un informe reciente titulado «Sustainability transitions:Now for the long term» [Transiciones sostenibles: ahora para el largo plazo], de la AEMA y la Red Europea de Información y de Observación sobre el Medio Ambiente (Eionet), muestra algunas de las innovaciones realizadas en diversos sectores que tienen el potencial de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero relacionadas con la energía. La reducción de los deshechos alimentarios, los cultivos urbanos, mejores cadenas de suministro y  viajes aéreos con energía solar son tal vez pequeñas piezas de un gran rompecabezas, pero que juntas muestran que pueden emerger tecnologías y prácticas innovadoras que allanen el camino para un cambio más amplio en relación con la sostenibilidad.

Fuente Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA)

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