Dolor, cuerpo, escalada: entrevista a Víctor Sánchez

Víctor Sánchez abriendo la vía «Fuentina» en Camarmeña en solitario

En castellano, el verbo doler organiza sintácticamente las oraciones en las que participa de una forma particular. El sujeto del verbo doler es aquello que me duele; y yo paso a ser, en segundo plano, el complemento indirecto. Lo que duele es una muela, la barriga, una cicatriz. Las partes del cuerpo asumen la agencia y producen su efecto sobre ese «yo» que pretende ser siempre el protagonista broncíneo, el ejecutor de acciones, el gobernador. Yo soy quien padece mi cuerpo. O, quizás, más bien yo soy aquello que, cuando siente ese dolor, se da cuenta de que no hay nada más allá del cuerpo. Que vivir era esto —es esto—: ser un cuerpo. Otra pregunta sería qué es eso de ser un cuerpo. Pero intentar encontrar una respuesta nos llevaría a un texto infinito.

¿Cómo se experimenta la intersección entre la escalada y el dolor? Para hacerme esta pregunta, he considerado el dolor como una experiencia corporal amplia: el dolor como manifestación encarnada de una enfermedad, de una condición divergente estigmatizada, de una situación social, de un estado emocional. El dolor es la lesión, el padecimiento crónico aún no diagnosticado o indiagnosticable, la depresión, la diferencia con respecto a una norma que busca dominar, la precariedad vuelta desesperanza. Muchas son las voces que han explicado en qué consiste su vivencia del dolor mientras forman parte del mundillo de la escalada y del alpinismo: Beth Rodden hablando de su vínculo con los trastornos de la conducta alimentaria, Luis Miguel Eguiluz relatando la incertidumbre de su salud quebrada, Svana Bjarnason narrando su endometriosis, Rolo Garibotti contando acerca de su esclerosis múltiple, Manuela Vos mostrando el modo en el que su cuerpo tetrapléjico articula la vida después de un accidente de escalada, Lor Sabourin nombrando el espesor de la tristeza de lo queer cuando aún no encuentras tu cuerpo en el mundo que te rodea, los miembros del proyecto palestino Wadi Climbing describiendo la violencia de la ocupación israelí, Drew Hulsey visibilizando su cuerpo gordo escalando y combatiendo la gordofobia...

Para abordar el tema del dolor, he decidido llevar a cabo una serie de entrevistas. La de hoy nos acerca al relato particular de Víctor Sánchez, quien habla acerca de su relación con la histaminosis crónica:

¿Cómo describirías tu cuerpo? ¿En qué consiste tu cuerpo?

Abriendo en solitario la via «Wabi Sabi»

Uff, pues no sabría cómo expresarlo. Aparentemente, mi cuerpo es como el de cualquier persona sana, entendiendo el concepto de «sano» como el de poder disfrutar de una vida normal dentro de la complejidad y subjetividad de lo que es una vida normal. Más allá de la estructura que lo define —células, tejidos, etcétera—, pienso que es algo así como una máquina compleja que no funciona correctamente, y con respecto a la cual, hasta la fecha, nadie ha sabido solucionar un problema que probablemente no tenga solución. A veces necesitamos soluciones contundentes y/o efectivas, pero quizás no tengamos tanto conocimiento de nuestro cuerpo como creemos, y sobre todo, interés en adquirirlo.

Por así decirlo y ante un trastorno que podría definir como psicosomático, mi cuerpo es ahora uno de mis mayores enemigos.

¿Cuál es la forma en la que se manifiesta el dolor en tu caso?

Pues el dolor se manifiesta de múltiples formas, ya que experimento una sintomatología muy amplia y variada. Podría empezar por las migrañas, las cuales me han incapacitado durante varios días sin poder levantarme de una cama; además, he llegado a sufrir un brote en mitad de una pared mientras abría una vía en solitario, momento en el que, sin intención alguna de dramatizar o exagerar, tuve  que buscar una repisa para echarme, y, sin más, cerrar los ojos y esperar.

Sin embargo, lo más habitual  e incapacitante es el dolor articular, parecido al del reuma o artrosis, principalmente en los dedos de las manos, codos y rodillas. Habitualmente y por la falta de nutrientes —debido a que mi cuerpo no los absorbe—, además de por mi pobre alimentación, sufro constantes roturas de fibras en diferentes grados. Estas roturas se centran en codos, antebrazos, hombros, ingles y cuádriceps. La falta de ingesta de proteína, unida a que constantemente tengo por los suelos la vitamina D, la B12, el magnesio y el potasio, hacen que cualquier actividad física sea incompatible, o al menos tengo que controlar mucho los niveles de esfuerzo para evitar romper o tener dolores.

¿Cómo repercute la histaminosis crónica en tu práctica de la escalada?

Explorando una sima en Picos de Europa

Pues podría decir que es el mayor condicionante que he tenido en mi vida: cada año escalo considerablemente menos días a causa de la incapacidad. Cuando me da respiro, estoy bien, o diría que muy bien, pudiendo, por así decirlo, explotar la capacidad física de mi cuerpo en su totalidad. Cuando sufro un brote, el cual puede durar un día o semanas, me quedo totalmente incapacitado. Por hacer una representación gráfica con números, y aunque no me gusta hablar de grados, diría que un día puedo hacer un 8b durante la jornada, y otro tener que bajarme de un 6b, algo que me ha pasado bastantes veces.

Dentro de la amplia sintomatología, y alejada del dolor, está la fatiga crónica, una sensación horrible y de impotencia, ya que es como si de repente te quitasen toda tu energía o te pusiesen una mochila de ochenta kilos las veinticuatro horas del día. A veces, ni siquiera puedo caminar sin una sensación de ahogo, o escalo con la sensación de tener los codos rotos o calambres continuos al mínimo esfuerzo que hago con diferentes músculos, algo que me hace ser prudente y apretar lo justo. Normalmente, cuando todo esto ocurre y aun así intento escalar, las consecuencias para los siguientes días son nefastas en cuanto al dolor e incapacidad, principalmente por no asumir lo que me pasa e intentar hacer lo que siempre he podido hacer sin la presencia de este problema.

Otro aspecto que he sufrido, y me ha condicionado hasta el punto de sufrir una caída de más de treinta metros mientras estaba abriendo una vía junto a un buen amigo, es la pérdida de sensibilidad de algún miembro del cuerpo, como brazos, manos o piernas. Esto a veces es habitual mientras duermo: algún día me he levantado de la cama y nada más intentar ponerme en pie, me he caído al suelo sin poder levantarme al no sentir mis piernas durante más de media hora, por poner un ejemplo entre muchos otros.

¿Cómo lidias con la incertidumbre a la hora de abrir vías en solitario teniendo en cuenta que los brotes provocados por la histaminosis crónica pueden suceder en cualquier momento? ¿O sabes más o menos en qué circunstancias pueden suceder?

Pues curiosamente la soledad es una de las mejores medicinas que he encontrado y es estando en soledad como apenas he sufrido brotes importantes. Para entender el problema, es importante destacar que hay dos fuentes, muy por encima de otras que tampoco hay que descuidar, que hacen que la histamina se dispare en el cuerpo: el estrés y la alimentación. Mi alimentación es pobre. Desde el 2016, solo he encontrado el arroz y alguna verdura como alimento totalmente seguro. El resto de ingestas son una lotería, más cuando los brotes pueden aparecer en el momento o tardar una semana en hacer acto de presencia, es algo así como una bomba de relojería o lotería. Sin embargo, el estrés es el mayor enemigo de esta enfermedad, lo cual genera una rueda que se retroalimenta, ya que pasar hambre, sentirse mal, o  la tensión al escalar —actividad en la que el ego, al menos en mi caso, se ve amenazado por lo que sé que puedo hacer frente a lo que mi cuerpo hace cuando sufre un brote— alimentan e incrementan el problema; por no hablar de sentirse juzgado por los demás, algo que he experimentado varias veces en la escalada y que de alguna forma también genera otro tipo de dolor.

Para mí, la soledad es uno de los mayores tesoros que  he encontrado en mi vida. Me gusta estar solo y en especial afrontar los problemas solo; por ello, me viene muy bien ante esta enfermedad. Escalando sueltas mucha más adrenalina, lo cual creo me ayuda a controlar la histamina, ya que, aunque sea igualmente una fuente de estrés, es un estrés diferente, digamos que me gusta pasar miedo escalando y es algo que a posteriori me relaja. Independientemente de todo esto, la soledad me permite elegir sin condicionar a nadie, hago lo que me da la gana, nadie me juzga y eso me permite elegir sin sentirme un ser egoísta, o volver a casa con mi autoestima intacta.

Más allá de todo lo anterior, intento solo comer alimentos seguros, o, si me noto mal, directamente no comer, pero nunca dejo de salir a escalar hasta donde el cuerpo y fuerzas me dejen, aunque a veces el resultado sea tan contradictorio como el dolor de la frustración.

¿En qué momento comenzó el dolor? ¿Qué supuso para ti en un primer momento la aparición del dolor en relación a la escalada y a tu pertenencia a eso que se llama «la comunidad escaladora»?

Escalando en hielo en los Alpes

Pues los problemas empezaron allá por 2016. En un primer momento, experimenté un tipo de sintomatología que no me generaba dolor, como problemas en la piel, ojos, fuertes episodios de ansiedad  o insomnio. Años después, en torno al 2018, cuando vivía una situación familiar delicada unida a varias pérdidas que me afectaron mucho, digamos que de repente empecé con brotes dolorosos y generalizados por todo el cuerpo. En un primer momento, acudí a diferentes especialistas pensando que simplemente me había lesionado, hasta que me di cuenta de que ni ellos mismos le encontraban explicación a lo que veían que me ocurría. He de decir que he encontrado mucho rechazo médico, y palabras como «imposible» o «loco» resonaban frecuentemente en mi cabeza. Digamos que viví años de total incomprensión por parte de los profesionales de la medicina y también por parte de mi familia.

Con respecto a la escalada, ha sido y es complicado, más aún cuando la gente te conoce por algo y espera ciertas cosas de ti. Queramos verlo o no, existe una absurda rivalidad  en el mundo de la escalada, donde, en lugar de entendernos y tratarnos como personas que en algún momento de la vida podemos ser vulnerables a algo, nos juzgamos con la etiqueta de un número seguido de una letra, o a través de la necesidad de compararnos o medirnos.  Yo he formado parte de esto, y esta enfermedad me ha enseñado mucho al respecto.

Muchas veces, cuando estás en un sector rodeado de gente que por la razón que sea te conoce, notas que están más atentos a ver qué haces que a comprender cómo te encuentras si un día no eres capaz de hacer algo que habitualmente haces con facilidad. Sentirme juzgado me ha afectado incluso más que la propia enfermedad, generando un dolor interno extraño. Es por esto que me gusta escalar solo o con amigos que me conocen, que me comprenden y que no me juzgan. A veces, un comentario o mirada cuando sufres un problema de este tipo genera un dolor que te llevas a casa.

Todo esto me ha hecho reflexionar muchas veces acerca de dejar la escalada, algo que no descarto si no aprendo a convivir con ello, ya que me genera un estrés que no es nada bueno para la histaminosis, y, de alguna manera, yo mismo soy culpable de ello. Siempre he pensado que el remedio está en mis manos, pero bien sea por mi naturaleza, condición o forma de ser, no logro evolucionar.

¿Cómo evolucionó tu relación con la histaminosis crónica y cómo es ahora?

Pues la evolución es cada vez más rápida para mal. Cada año, son más los días malos en comparación con los buenos, y podría decir que, desde comienzos del 2024, todo se aceleró mucho más al sufrir un brote que me dejó totalmente incapacitado durante más de tres meses, período en el que ni siquiera he podido trabajar, probablemente ante una fuerte situación de estrés personal que me ha cambiado la vida, amenazando con ello y en contra de mi voluntad, mi libertad y todo por lo que he luchado durante estos últimos años. Todo esto se suma a mi accidente del 2012.

Durante los primeros años, sufría brotes muy espaciados en el tiempo, especialmente los brotes que me dejan incapacitado. Cada año que pasa, y en especial tras el 2024, los brotes son más fuertes y frecuentes en un corto espacio de tiempo. Aunque ahora estoy en medio de un nuevo tratamiento, y sí que estoy notando mejorías considerables, o al menos, estoy comiendo algún alimento más que, en su justa medida y cantidad, mi cuerpo va asimilando.  A día de hoy, mi mayor aspiración es poder comer y no tener que dejar trabajos ante los continuos brotes. Digamos que, en este sentido, la escalada está en otro plano totalmente diferente.

En cuanto al tratamiento que sigo, estoy muy ilusionado, puesto que Clara, la persona que me trata como nutricionista, pertenece al mundo de la escalada y el deporte, con lo que comprende mis problemas, no solo con respecto al deporte, sino también en relación a mi autoestima, motivación y la gestión de ciertas situaciones que me pueden hacer sentir mal.

Por otro lado, está la necesidad de trabajar, más cuando vengo de una familia muy humilde de la que un apoyo externo es casi imposible de obtener por razones más que lógicas. A causa de esta enfermedad, he dejado de guiar, el oficio de toda mi vida tras veintitrés años de actividad. En estos momentos, hago trabajos verticales en industria, y he de decir que estar en espacios confinados no me viene nada bien para este problema, a causa de los contaminantes, pero el trabajo es algo vital para, entre muchas otras cosas, el sustento de mis hijos, o para poder pagar un tratamiento. Es por esto que, en estos momentos, la vida me obliga a priorizar el trabajo, y ya luego está lo que la enfermedad me deje hacer en otros ámbitos de la vida.

¿Qué piensas ahora que no pensaras antes del diagnóstico? ¿Han cambiado tus ideas con respecto a la escalada?

Escalando el «Pilar del Cantábrico», en el Picu Urriellu

Pues digamos que ahora estoy asimilando y asentando un problema real que antaño pensé que iba a ser algo pasajero. He trabajado mucho conmigo mismo para entender y aceptar que lo que me pasa forma ya parte del funcionamiento «normal» de mi cuerpo. Ahora solo tengo que adaptarme y trabajar en que, al menos, esto no me genere estrés o frustración, algo con lo que me está resultando difícil lidiar y que no descarto a futuro tratar.

Mis ideas con respecto a la escalada siguen siendo las mismas. Simplemente, cuando la vida me lo permite —teniendo en cuenta la necesitad de trabajar y de atender otros asuntos, lo cual me deja poco tiempo libre—, intento aprovechar sin miramientos algún momento en el que estoy bien para no pensar en otra cosa que no sea disfrutar de la escalada, aunque he de reconocer que a veces la motivación está ausente al verme en muchas ocasiones mal. Es por ello que alterno momentos de no parar y rozar la obsesión con algo como abrir vías, con esos momentos donde tengo la sensación de ser un minusválido o vivir en un cuerpo de noventa años, que es cuando me pregunto a mi mismo si merece la pena seguir escalando. Digamos que vivo en una montaña rusa de emociones extrañas.

¿Ha habido alguna otra experiencia o realidad, además de la de la histaminosis crónica, que haya hecho que reconsideres tu vivencia del cuerpo?

Además de la histaminosis, sufro de candidiasis intestinal severa, probablemente fruto de la medicación que tomé tras mi accidente del 2012, unida a ser alérgico a la cándida y a la humedad, algo que me ha hecho momentáneamente  mudarme a climas mas secos como Madrid. Digamos que incluso ambos problemas pueden tener relación entre si, ya que la Candida es muy puñetera.

Además de esto, está también una lesión que tengo fruto de un accidente escalando. Aunque cada día que pasa mi aprendizaje y adaptación a la vida es mayor, mi pie izquierdo no solo me genera dolor diario, sino también, en muchos momentos, frustración e incapacidad escalando, ya que no tengo ni movimiento ni sensibilidad o fuerza. Es difícil sobrellevar esa sensación de no ver tu pie, no saber si está apoyado, o no saber si podrás hacer fuerza con él. Sin embargo, puedo decir que la tolerancia al dolor se ha convertido en algo que mi cuerpo cada día que pasa nota menos, es decir, que estoy aprendiendo a convivir con él sin que ello signifique que no esté presente. Otra cosa es el dolor interno de la frustración y, por qué no, de mi propio ego.