Dos fotógrafos y toneladas de roca: el resultado está entre ambos

Esquivos habitantes de las paredes calcáreas del Norte de la Península salen de la crisálida cada fin de semana en busca de la belleza en un universo vertical.

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Mientras el ser humano corre hacia su propia destrucción y se auto complace buscando motivos para odiar al prójimo, reconforta saber que siempre existen elementos superiores a nuestro ego y que perduran eternamente, ajenos del todo a nuestro paso efímero y destructivo por la tierra.

Una búsqueda constante de la belleza que nos rodea siempre ofrece una grata recompensa, intangible pero enormemente placentera. Unos la encuentran en el arte, o en la simpleza de un torso desnudo y contorsionado, o en la abstracción de lo terrenal o en la explosión de colores que ofrece un bosque caducifolio en otoño. Pues bien, dentro de esas incontables formas que puede adquirir algo bello, un pequeño grupo de humanos, esquivos habitantes de las paredes calcáreas del Norte de la Península, vuelcan sus esfuerzos cada fin de semana en buscarla precisamente en una mezcla de las anteriores.

Su cometido no es dado a reconocimientos ni aplausos. Ellos reciben la recompensa a cada momento, suspendidos a decenas de metros del suelo mientras tratan de congelar para siempre un instante irrepetible y asistiendo de cerca a la lucha titánica de la mujer y el hombre contra la roca. Su resultado final es un bisonte de dos dimensiones en una caverna, o más bien lo equivalente en estos tiempos modernos: una expresión artística que aglutina las emociones más primitivas.

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Izquierda: la determinación es imprescindible en este juego. Sabemos por la foto que al escalador le quedan unos metros algo comprometidos hasta el siguiente seguro. Alex López derrocha templanza en Trucíos. Derecha: ¿Miedo? El oleaje truena debajo y el viento es intenso. El no saber qué va a ocurrir nos estremece. Javi Mata tiembla en los acantilados de la Costa Quebrada. Fotografía izquierda: Reini Wallmann; Fotografía derecha: Jose Alberto Puente.

 

El escalador coge altura y todo tiene sentido en su propio cosmos. El ruido de la actualidad, los bombardeos de noticias, los focos de luz, las cataratas de información diaria, los debates, las tertulias, los héroes y los villanos, los malos y los buenos; toda la amalgama de estímulos nocivos se esfuma ahí arriba y la lucha constante contra la gravedad focaliza todos los sentidos en uno solo. Llegar más arriba, no caer, alcanzar la cadena pero regidos bajo el principio fundamental en todo: no descuidar el camino; el proceso es, sin duda, la esencia de este juego. Al igual que Ítaca regaló a Ulises un hermoso viaje, la escalada nos brinda un baile preciso, intenso y elegante que cobra sentido por sí mismo. Llegar a la meta no tiene razón bajo cualquier circunstancia.

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Izquierda: el cerebro es un músculo igual de importante que el bíceps o el antebrazo cuando escalamos. Recordar y reproducir secuencias durante la ascensión se asemeja a aprenderse una coreografía. Bárbara Peña da con la clave en El Desfiladero. Derecha: Un poco más, siempre un poco más hasta que alguna de las piezas del engranaje falla. Aritz Aparicio alarga su brazo al máximo en La Hermida. Fotografía izquierda: Reini Wallmann; Fotografía derecha: Jose Alberto Puente.

 

Reflejar el carácter de la escalada en una fotografía no resulta sencillo en ningún caso. Alguien ajeno quizás se pregunte rascándose la cabeza dónde se sitúa el fotógrafo, cómo ha subido ahí o si estará cómo y seguro. Con algo de intuición cualquiera puede responder a estas preguntas, pero tal vez eso no es lo que importa. Y si nos preguntamos, ¿Por qué sube?

Pongamos un ejemplo. Amanece un día radiante en la Costa Quebrada. Sopla ligera brisa del sur que deja el aire seco y la superficie del mar como una balsa de aceite; la roca, adherente como el velcro. Se enciende la chispa y una premonición se gesta durante el día a la espera de la hora dorada. El fotógrafo planea el cuadro mientras transcurre la jornada, saboreando con picardía el resultado e imaginándose mil composiciones diferentes. La localización está clara; la cobertura del cielo y la luz no tanto, pero todos sabemos que una pizca de incertidumbre en el futuro siempre es necesaria para dotar de sentido al mundo. Llegado el momento, el artista se suspende y frota sus manos. Comienza el baile minutos antes del ocaso y acaba cuando el sol retira el gesto a la superficie libre del mar. La escena, tan real como volátil, ya es un conjunto de píxeles. Quizás la idea que se fraguó durante el día difiere del fruto obtenido, pero la imagen queda guardada para siempre y el momento ya es imperecedero. El resultado no desprende gesta, ni sufrimiento, ni concentración, es simplemente una postal cotidiana del hogar mientras hacemos lo que más nos gusta una tarde de septiembre.

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La luz en la hora dorada se queda grabada y repite en la memoria como el ajo. Jorge Díez navegando en la fisura de la Costa Quebrada. Fotografía: Reini Wallmann.

 

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Existe un camino dentro de la cueva blanca que no va por el suelo, pero tampoco lo encuentras mirando hacia arriba. Antes de subir, el fotógrafo ya sabía qué estaba buscando. Jorge Díez descifra el jeroglífico en Cuevamur. Fotografía: Jose Alberto Puente.

 

Existen cien motivaciones diferentes en esto, pero todas fluyen sobre una línea común. Expresarse, revelar un sentimiento sin necesidad de disertar. Bien sabemos que perseguir firmemente el deseo con todas las fuerzas implica la erupción desbocada de emociones, y este arte sabe mucho de eso. En la mayoría de los casos, la rabia tiene una connotación negativa; aquí es dicha. El agobio también la tiene; aquí es fundamento. La extenuación produce placer, la duda despierta la astucia y el miedo se convierte en libertad.

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El grito que retumbaba en la caverna todavía reverbera en esta fotografía. Alex López turba la calma en algún lugar del Desfiladero. Fotografía: Jose Alberto Puente.

 

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Izquierda: existe una fuerza, más bien débil pero de un alcance casi incalculable, que hace que las masas se atraigan. En este caso, los gravitones -recientemente descubiertos- quieren traer de vuelta a la tierra a Oscar Gutiérrez a toda costa. Derecha: precisión, fuerza y equilibrio, pero sobre todo concentración. La mirada de Alberto Hontalvilla habla sola. Fotografías: Reini Wallmann.

 

Sea como sea, para jugar siempre hay apetito y este recreo da mucha hambre. Más allá de toda la mezcolanza de emociones que uno trata de expresar con más o menos tino, al final todo se puede resumir en algo extremadamente sencillo. Somos demasiado humanos para tomarnos el trepar excesivamente en serio. Aunque Lucy decidió hace unos cuatro millones de años que ya era momento de bajarse del árbol, un instinto infinitamente primigenio aflora todavía hoy en nosotros, y gracias a nuestra lograda -o no- evolución, hemos sido capaces de modificarlo en toneladas de placer cada fin de semana. Ahí reside la verdadera belleza del asunto: ¡la pura felicidad que nos atrapa en las alturas!

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La vuelta a la tierra siempre es satisfactoria. Jose Puente disfrutando del ocaso en Ramales. Fotografía: Reini Wallmann.

 

Nota: las fotografías son obra de Jose Alberto Puente y Reinhard Wallmann. A pesar de ser ambos capaces de encadenar hasta grados de 8b+ y de dejarnos boquiabiertos con sus fotografías, no son escaladores ni tampoco fotógrafos; uno es ingeniero y el otro es médico, están afincados en Cantabria… ¡y si no están tramando algo se ponen muy nerviosos! Si quieres ver algo más de sus trabajos:

https://www.instagram.com/japhimagenes/

https://500px.com/japhimagenes

https://www.instagram.com/reinishots/

https://reinishots.myportfolio.com


 

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