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Viajes astrales – Vol.4

Facundo Díaz | 30 de marzo de 2020

El autor en su primer cruce oceánico
El autor en su primer cruce oceánico

(para Olivia, que juega a cruzar el océano) 


Mis elementos: Hago acopio de mis elementos, los míos: el mar y sus olas (las olas reales, las olas gigantes que recorren los océanos como demonios errantes). Junto mis elementos y los exhibo: el viento y su caricia, el sol, y, en las noches de calma, las estrellas infinitas. Respiro hondo y recupero mis elementos: la arena de la playa, las aves distantes, los peces fugaces. Invoco mis elementos, y los llevo conmigo.

Un brindis: Quiero proponer un brindis por el primero que tuvo esa fantástica idea: ¡la idea de vivir en un barco! Hubo marineros, comerciantes, militares, colonos… ¡piratas! Supongo que para ellos el barco sería su hogar; pero no es por ellos que brindo: brindo por el primero que eligió el barco por encima de cualquier trozo de tierra firme: ese hombre inició una tradición secreta, una logia efímera, ¡una historia de amor! ¡Ese tipo era un genio!

Mato grosso: Me centraba en la primera línea de plantas, y observaba su espesura, buscando un recoveco, una entrada, una puerta. Imaginaba un sistema de caminos secretos, estrechos túneles entre la vegetación, por donde se llegaría a las frutas más dulces, los balcones de piedra en la montaña, las flores gigantes, las calas ocultas donde una estrecha linea de arena blanca separaría el verde oscuro del agua transparente. Pensaba que tal vez los pescadores conocían el mato grosso, o la gente del pueblo (yo quería conocerlo).

Pero ellos tampoco lo conocían, nadie lo conoció nunca; nuestra especie, tristemente, nunca lo conocerá.

La distancia en el mar: El tiempo en el mar es de un material brumoso, y la distancia se disuelve dentro, repartida sin sentido. La distancia en el mar funciona de otra forma: se pierde la noción de lo lejano y lo cercano: todo está lejos, pero todo está presente, y en la guardia del amanecer uno puede tomar un café con el pasado, y ya ni es pasado, ni está lejos.

El barco de Teseo: Desde el último de los días del rey Egeo, el barco aún lleva sus negras velas. Cierto es que el sol las ha desteñido y fueron cambiadas numerosas veces, también las maderas de su casco y su cubierta se pudrieron y fueron remplazadas. Siglos antes de nuestra era, ya se sustituyó el viejo mástil y la pala del timón. Así va transmutando todo: las mamparas interiores, las escotillas, el bauprés, roda y quilla. En algún momento quedó en la playa abandonado, y fue desmantelado. Yo escuché que en Crimea, un capitán se jactaba de llevar la rueda del barco de Teseo, y en la costa de Libia apareció flotando un mástil con jirones de una vela negra: ahora sirve de velamen a un pequeño bote de pescadores. Y ahí sigue: la nave de Teseo ahora es muchas naves, muchas estelas, y seguirá transcendiendo, repartiéndose, creciendo.

Dos capitanes: El problema es que este barco tiene dos capitanes: uno es correcto y sensato, el otro es un vividor, un borracho. Uno de los capitanes mantiene la cubierta ordenada, y un prolijo cuaderno de bitácora; el otro viste harapos y lleva aún, en la barba, sal de la última tormenta. Esos son los dos capitanes: uno es un caballero, el otro es casi un animal. Cada uno es libre a su manera; cada uno esclavo del rumbo que eligió tomar. Este barco tiene dos capitanes, y está a punto de naufragar.

Querida brújula: Llevamos días discutiendo. Querida brújula, tu solías ser fiel: sin importar cuántas tripulaciones desertaron de mi barco, tu siempre me acompañaste. Pero las cosas ya no son como antes: la soledad nos está afectando a los dos. Hace días ya que no nos ponemos de acuerdo: que si el norte aquí, que si el este allá. A veces una ola te hace girar desorbitada, y tengo que aguantar la risa porque esas cosas a ti ya no te hacen gracia. Vieja brújula terca, no voy a ir donde tu me digas. No volvamos a la misma historia, brújula querida, el norte… el norte es un espejismo.


 

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