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¿Qué me llevo tras subir un ocho mil?

Sal&Roca | 28 de agosto de 2019

Los primeros años de vuelta de una expedición necesitaba casi dos semanas para poder acoplarme a la rutina, ahora en cambio, en unas pocas horas podría empezar a trabajar, si no fuese porque mi cuerpo me pedía a gritos descansar.

Tengo ganas de llegar al trabajo, tengo ganas de compartir la ilusión de este viaje con mi equipo, incluso de conocer a los nuevos miembros que se han incorporado en mi ausencia. Lo primero, escucharlos a todos, conversar con cada uno de ellos, en qué trabajan, qué ha sucedido en las últimas semanas, cómo se encuentran…

Mientras hago la aclimatación a mi día a día, tengo tiempo de valorar, de ver con perspectiva todo aquello que me ha podido aportar esta última expedición, experiencias que sin ninguna duda podré aplicar a mi vida personal y profesional, y que tendré la oportunidad de compartir.

Durante los momentos previos

Hago memoria de los meses anteriores al comienzo de la expedición, recuerdo los preparativos antes de la salida, los entrenamientos, buscando esos huecos para poder cumplir con el planing, organizando al milímetro mi día a día, todo ello con el objetivo de poder llegar en las mejores condiciones.

El reto recaía en compaginar todo esto con mi vida personal y mi trabajo, la búsqueda de patrocinadores (ArumaniGraugoOmnielectricSomos Deportistas), preparar las reuniones, coordinar la comunicación, y entre medias vivir un poco…

Todos tenemos una capacidad límite de gestión, podemos llevar 2, 3 o incluso más proyectos a la vez, ¿pero cuál es el punto en el que todo lo que llevamos entre manos empieza a resentirse?

Hacemos las cosas por la satisfacción que nos pueden provocar, pero estamos siempre tan cerca de esa sensación de insatisfacción… ¿cuál es nuestra responsabilidad en ello?… Para mí el 100%!!!

Tengo claro que ese nivel de gestión multitarea me tensionaba muchos de los temas que llevaba entre manos, además, el pensar en el Manaslu hacía que mi cabeza se llenara de preocupaciones, creencias sobre lo que me podría encontrar allí, de las cuales no me podía ocupar hasta que no llegara al pie de la montaña. Todas ellas, materializadas finalmente en la primera semana de aclimatación, como os he ido relatando en el diario de la expedición durante esos primeros días.

¿Qué ha cambiado en mí?

Me viene estos días a la mente también, cuando en la carrera de ingeniería, en la asignatura de materiales, conocí la propiedad de la elasticidad, que decía algo así como que algunos materiales al influir sobre ellos fuerzas externas, estos, nunca volvían a su posición original, sobrepasando así, otro concepto llamado el límite elástico.

La expedición a un ocho mil tiene esta propiedad, y esta actividad deportiva, además, te da la oportunidad de observarte de forma detenida y minuciosa, porque materialmente hay mucho tiempo para pensar, y porque las situaciones en las que te ves inmerso te provocan, casi por obligación, que pares, te escuches, te observes y que te cuentes todo aquello que tu corazón y tu cabeza están sintiendo en ese preciso instante, para poder decidir, actuar.

Una de mis grandes áreas de mejora siempre ha sido el verme superado por mis miedos, miedo al qué dirán, miedo a saber si seré capaz, miedo al fracaso, miedo a lo que vendrá, miedo, miedo, miedo y también, por supuesto, miedo a morir… este último natural y humano, nos paraliza, y está totalmente justificado.

En cambio, los anteriores miedos son más “fácil” superarlos de lo que realmente creemos, simplemente actuando, experimentando, justamente pasando por esa fase de “miedo” en la que no queremos entrar, y que nuestros pensamientos construyen esa creencia que nos impide alcanzar nuestros objetivos.

La responsabilidad sobre la acción, el abrazar la incertidumbre y convivir con ella, siendo consecuentes con lo que puede pasar, depende solo de nosotros, ¡ESA ES LA CLAVE!

Otra de las claves de esta expedición han sido las conversaciones conmigo mismo, por las que, tanto en situaciones reales, como en situaciones hipotéticas construidas en mi cabeza, he conseguido ser plenamente consciente de lo que me decía mi interior, de cómo mis pensamientos y mis creencias me estaban influyendo, y he podido manejar esto de una forma consciente.

Me llevo un grandísimo avance para poder gestionar mejor mis emociones.

El observar y sentir estos miedos y parar a escuchar conscientemente estas conversaciones que mantenía conmigo mismo, han sido una poderosa herramienta para poder descubrir quién, de verdad, soy y puedo llegar a ser, transformándome de forma definitiva.

Me llevaré para siempre…

Por supuesto, la cima, y más que la cima, a la que estuve a punto de renunciar, me llevo mi propia imagen de la llegada a una cima, llena de chinos y sherpas a nuestro alrededor con botellas de oxígeno, la imagen de una ascensión de cielo negro y estrellas brillantes, la imagen de los nueve años aprendiendo junto a mi amigo y guía David Pujol, y de un regalo que un amigo me hizo antes de partir.

Un estribillo que sonaba en mi cabeza cuando acallaba las voces que me pedían que me diera media vuelta por las congelaciones que pensaba que tenía en los dedos de los pies. ¡Gràcies Xavi!

Y ya con la cima en el bolsillo, repaso mentalmente, con perspectiva, la perseverancia de las horas de ataque a cima, la motivación durante los días de aclimatación, el entusiasmo de las semanas de preparación física, los meses de voluntad para combinar mi trabajo con entrenamientos y vida personal, y el compromiso conmigo mismo durante los años de preparación emocional que me han llevado a lograr este objetivo…

Y es entonces cuando recuerdo lo que pensaba hace unos años sobre eso de subir un ocho mil: “Yo nunca sería capaz de hacerlo, por mis condiciones físicas, por mis capacidades mentales, por mis recursos económicos…”

Y tras esta completa expedición hacía dentro de mí, como diría Daniel Torán, después de este desarrollo personal que he vivido y vivo en la montaña, estoy preparado para afrontar los nuevos retos profesionales que en mi empresa, Arumani, estamos llevando a cabo, construyendo entre todos la nueva Arumani que queremos, y para aportar mi nuevo yo a todos aquellos retos que se me presenten en cualquier ámbito de mi vida.

Sumando ahora todos estos párrafos, la parte emocional, la parte física, mi vida profesional y personal… en una parte de la ecuación, lo que observo definitivamente tras el signo igual, es que soy yo el protagonista y el único responsable de ir construyendo la mejor versión de mí mismo.

¡¡ACTÚA!!


Jesus-Policarpio

Jesus Policarpio Queralt

En mi día a día dirijo una empresa de un equipo humano formado por más de 30 trabajadores dedicada a realizar montajes industriales. Mi pasión, la montaña. De la unión de ambos, mi experiencia en la dirección de empresas, y el aprendizaje que me ha dado la montaña, he puesto en marcha el proyecto YOU CAN SUMMIT www.youcansummit.com

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