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La verdad incómoda

Sal&Roca | 31 de Marzo de 2019

El libro es un tributo a tres grandes guías alpinos. Es cierto, sí, que se cuestiona la verdad oficial.

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annapurna

 

 

Annapurna, la otra verdad.

David Roberts

Traducción de Neus Gimeno Gimeno

Tushita

Barcelona, 2018

270 páginas

 

 

 

 

Cuando David Roberts (1943) se propone narrar la historia de la primera ascensión con éxito a una cumbre de más de ocho mil metros, sus sospechas ya le han llevado a una conclusión: Maurice Herzog, autor de Annapurna, primer ocho mil, miente. No solo miente, sino que lo hace con premeditación, con una estrategia planificada desde que se gestó la expedición. Y no se limita a faltar a la verdad, sino que además lo hace por culpa de un espíritu iluminado. Según las intuiciones de Roberts, Herzog se imprime a sí mismo la convicción de un Mesías y esa imagen será la que le lance al estrellato, la que le mantendrá con vida, con una buena vida, hasta que le llegue la muerte. David Roberts es un periodista y alpinista especializado en resolver casos abiertos. Ya habíamos leído Grandes engaños de la exploración. Pero también es un autor que ofrece sus capacidades a gente como Alex Honnold para intentar transmitir los fundamentos emocionales de su pasión, como comprobamos en Solo en la pared. Este libro se publicó en el año 2000 y desde entonces las aguas se han calmado bastante. Parece haberse llegado a un consenso sobre el mito de la expedición al Annapurna, en el que Herzog, efectivamente, no es el tipo tan grande, el tipo que jamás comete errores, el tipo que decide, el líder carismático, el que pacifica y pone tanto músculo como los demás, que se retrata a sí mismo en su libro. Pero tampoco es un don nadie. Aquella expedición holló la cima del Annapurna gracias a él, a su convicción, a su resolución y a sus capacidades físicas. Si bien su aportación fue imprescindible, también lo fue la de los otros miembros de la expedición, a saber: Gaston Rebuffat, Lionel Terray y Louis Lachenal, sobre todo.

El libro es un tributo a estos tres grandes guías alpinos. Es cierto, sí, que se cuestiona la verdad oficial, sobre todo al leer un párrafo como este: “En 1998, Foutharkey, uno de los pocos sherpas de la expedición que aún seguía con vida, vino a París. La prensa acudió al evento y Herzog, que no lo había visto en cuarenta y ocho años, le saludó brevemente. Justo después, Bernard George, que estaba filmando un documental del Annapurna, entrevistó al sherpa. Con la ayuda de un intérprete y en vos muy baja, Foutharkey comparó la opinión que su pueblo tenía de Herzog con la de Sir Edmund Hillary, quien después del Everest se dedicó a construir escuelas y hospitales para los sherpas: “Hillary es un héroe nacional en Nepal mientras que Herzog no creo que lo sea… Estuve cargando a este hombre a cuestas, hasta que empecé a notar que tenía sangre en la boca, y hoy solo tiene cinco minutos para mí. No me lo puedo creer””.

Se trata de un párrafo concluyente. No se refiere a terceros testimonios ni a interpretaciones, no es parte de la investigación documental, sino el parecer de un testigo y, lo que es más, de un testigo pobre, de un testigo que no pretendía pasar a la historia, pues hasta desconoce en qué consiste la historia. Aunque a lo largo del libro Roberts encuentra diferentes versiones y muchas dudas, es aquí donde derriba el mito de Herzog. Y lo hace casi sin darse cuenta. El libro, por lo demás, es una reconstrucción de las leyendas de Rebuffat, Terray y Lachenal, los tres alpinistas que fueron sus faros, sucesivamente, en su formación humana. Roberts comienza reseñando sus pasados, su construcción, su formación y su desparpajo. Los ubica en el nacimiento no ya del alpinismo modernos, sino del amor purísimo a la actividad al aire libre. Posteriormente entramos en la expedición, en las decisiones cuestionables que se tomaron justo antes de subirse al avión, como la firma de un contrato por el que Herzog conservaba la exclusiva del relato, hasta el regreso a Delhi, trabado por el ansia de Herzog de protagonizar alguna fotografía. Durante la exposición del ascenso, Roberts no niega los valores y virtudes de Herzog, pero su intención es sobreponer a los tres grandes y darles el relieve del que el propio Herzog duda en algún momento de su libro. Lachenal se vuelve más astuto de lo que se nos dibujaba, Terray un hombre con contradicciones además de una fuerza de la naturaleza, Rebuffat un romántico insuperable.

Roberts se entrevista con los familiares y hasta descubre manuscritos inéditos de los tres, que le sirven para atar cabos. Su trabajo es encomiable, pero es mucho más encomiable su amor por los amigos del Annapurna. Una vez cerrado el capítulo de la expedición, y mientras narra el proceso en que destina viajes y tiempo a investigar, Roberts les acompaña en sus logros posteriores: la resiliencia de Lachenal, el buen espíritu deportivo de Rebuffat, los logros de Terray como jefe de expedición. En tiempos revueltos, siguen perteneciendo a esa estirpe de los hombres, tan escasa, que llevan la antorcha cuando nos adentramos en la caverna. Ese es el resumen del espíritu de este libro: frente a alguien que quiso deslumbrar, la luz que emitieron, que emiten, los tres amigos, es esa tan escasa, tan poco habitual, que aparta las tinieblas. Es el tipo de luz que más necesitamos. Por eso estamos agradecidos al esfuerzo que ha hecho David Roberts.


 

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