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En busca del Capitán Zero

Sal&Roca | 03 de Diciembre de 2018

Allan Weisbecker
Allan Weisbecker

Este libro, junto con Años salvajes se convierte en una de las Biblias de los que practican surf.

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En busca del Capitán Zero

Allan C. Weizbecker

Traducción de Juan Romero Morales

Varasek

Madrid, 2018

381 páginas

 

 

El recurso no es nuevo: viajar a ras de suelo buscando a alguien. Estaba en El corazón en las tinieblas, pero en este caso, a la obra que nos remite es a Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, si es que Allan C. Weizbecker conoce la novela del italiano. Allí un narrador se interna por todos los rincones de la India con intención de localizar a su mejor amigo, desaparecido hace tiempo. Lo que en ese caso era fábula, aquí es biográfico: Weizbecker recorre en canal todo México y toda América Central buscando a un amigo cuyo vínculo brotó en la pasión por el surf. De ahí que su autocaravana se detenga en playas y playas, siempre junto al mar, esa agua salada que tanto cura, para buscar olas en las que, de alguna manera, comulga con la amistad que les unía y con la naturaleza que adora. El viaje y la actividad tienen algo de huida, que en este caso es tanto como decir algo de sensatez. Paradójicamente, tiene una meta. Deja atrás un mundo falso, a una edad en la que se considera que uno padece la última crisis de identidad, cuando todavía no ha cumplido los cincuenta años. En Estados Unidos ha sido un buscavidas, cuya mayor fuente de ingresos fue escribir guiones para una serie titulada Miami Vice. Su viaje y su comunión con el mar contiene algo de elegía, una última tentativa de dejarse llevar por la seducción, por el canto de sirenas, que es la brújula por la que nos deberíamos orientar todos de vez en cuando, antes de que sea demasiado tarde. El viaje se traza, de manera también metafórica, hacia el sur. Es toda una emigración.

Y como tal transforma. Refleja algo más que una pasión deportiva. Para Weizbecker el surf y la forma de vida alrededor del surf es, precisamente, vida. Hay mucho de meditación en las descripciones que ofrece de las olas y el mar, algo a lo que no es ajeno otras actividades como la pesca o incluso la temporada en que vivió del contrabando. La convivencia que establece con los paisajes, no solo los marinos, es una descripción de cómo reflejar en el interior de uno mismo el desorden natural. Y al hacerlo propio se convierte en parte de lo que somos. Y eso es muy gratificante, es algo así como darle un significado cósmico al surf, como utilizarlo de metáfora, de meditación. Y para ello no valen tanto las competiciones deportivas como ser un Outsider, un fuera de la ley, uno de esos personajes que solo aparecen en los relatos de frontera.

Mientras pregunta a todo el mundo, en las playas, por su amigo, valiéndose de una foto, y recorre unos países maravillosos, en los que está presente cierto riesgo, en compañía, como no, de un perro, observa mucho y reflexiona mucho. Pero no se trata de llegar a una conclusión, sino del proceso inherente a la sensación de agarrar la vida por las riendas y domarla tanto como nos es posible. Durante la lectura uno no deja de hacer sus previsiones sobre qué ocurrirá cuando se tope con el amigo, pues no cabe duda de que su tesón se verá recompensado. Tal vez, como en la obra de Conrad, el mal se haya adueñado de él, o tal vez sea mirarse a un espejo. Incluso por momentos uno duda de que no sea una proyección, es decir, que no se esté buscando a sí mismo. Pero Wiezbecker es mucho más prudente que todo ello y volverá, con cada duda, con cada tropiezo, a su refugio del surf. Ha perdido su guía de viajes y apenas se orienta por el trazado de la costa y algunas indicaciones de carretera. El viaje es mucho más puro y eso le permite sentir el mar, y también los bosques o los montes, incluso la selva. Sentir la diferencia entre el día y la noche, entre los hombres buenos y los esquivos. Y de vez en cuando le trabaja la memoria:

“Liberar el pasado tiene un efecto de doble filo, igual que mirar un viejo álbum de fotos. Muchas sonrisas de reencuentro, pero también tristeza. Añoranza de cómo eran las cosas. Arrepentimiento de cómo eran las cosas”.

Este libro, junto con Años salvajes (puedes leer aquí la reseña), se convierte en una de las Biblias de los que practican surf. Al contrario que el volumen de William Finnegans, es mucho más reflexivo, la aventura está contenida en el viaje y en el surf están las sensaciones que llevan a la meditación. No abarca toda una biografía, pero sí la conclusión de ella, que se traza sobre lo vivido y no sobre los acontecimientos. Y sí, está la amistad, ese sentimiento que nos hace más nobles y que, en el caso de gente como Wiezbecker se expresa de forma rotuna. No puede ser menos, pues pertenece a la estirpe que define un marinero pirata con el que se tropezó hace años: “El que ha nacido para ser colgado no necesita temer al agua”.


 

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