Apuntes de Travesías: Anita

En ésta ocasión, me gustaría abordar un tema más terrestre, porque también navegando se puede aprender de los lugares, la gente y la historia.

Zarpando de Comodoro Rivadavia
Zarpando de Comodoro Rivadavia

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Cuando empecé a leer de navegantes se abrió otro mundo ante mí. Esa experiencia no es fácil de transferir. Hay plenitud, libertad y un contacto con la naturaleza muy intenso. Cuando te alejas de la costa todo lo vivido en tierra es una nebulosa. El presente es lo que tiene el peso más importante. Esto te da intensidad y transparencia. Vivo comprobándolo, pero siento que hay que compartirlo, porque lo justo es “pasar el testimonio”, como a mi me lo han pasado.

En ésta ocasión, me gustaría abordar un tema más terrestre, porque también navegando se puede aprender de los lugares, la gente y la historia.

“Anita”

Anita saltó al barco entre el golpeteo de las balas, el estruendo de los cañones, y las llamaradas que comenzaban a asomarse desde el interior del bergantín capitán. A nadie le delegó la dolorosa misión, la bella amazona no lo dudó... gateando por la cubierta del Río Pardo -entre el hedor de la sangre y los restos despedazados de sus compañeros menos afortunados- alcanzó la escotilla, descendió la empinada escalera, corrió hasta la bodega, y con sus bien torneados aunque delicados brazos -más hechos para el amor y el deleite que para las penurias de la guerra- fue cargando las armas y municiones poco a poco, indiferente a los cañonazos, ajena a los agujeros que se abrían en el maderamen, hasta rescatar esa preciada carga antes de cumplir la orden: encender el fuego que llevara a la escuadra catarinense al fondo de la Laguna, para evitar así que cayera en manos imperiales.

Monumento-a-Garibaldi-en-Laguna

Monumento a Garibaldi en Laguna

A cargo de la retirada, en ese instante de sorpresa ante el rugido y el fulgor apocalíptico, Giusseppe Garibaldi enmudeció, y no pudo evitar algunas lágrimas furtivas. Fue Anita, simplemente “Anita”, la que entre las batallas, las campañas, las derrotas y la dolorosa realidad de una guerra imposible, inspirara con su amor a todo un ejército de valientes republicanos, que no dudaron en pagar con su sangre el delirio de resultar un tanto adelantados a su tiempo.

Hace ya muchos años conocí Laguna, el primer puerto al que arribamos de Brasil; cuando viajamos durante seis meses desde la Patagonia hasta Angra dos Reis en nuestro anterior velero, el Gandul II, sin motor, sin radio, sin electrónica.

El-Gandul-II

El Gandul II

Cuando más cuesta llegar a un sitio a veces más valor se le encuentra. La rompiente de la barra cortaba el aliento, en el último momento entró una pequeña barca de pesca y pudimos identificar el paso. Pero la cosa iba difícil igual. Los pescadores se percataron y nos pasaron un cabo en una buena maniobra, remolcándonos una centena de metros hasta el lado bueno. Pura adrenalina. Su motor, un Yanmar de 8 HP, arranque a manivela, monocilíndrico. Una antigualla, como el de casi todas las canoas de pesca del sur de Brasil (los había de 8 a 18 HP). Sin caja de cambios, el eje de la hélice iba directo de la salida de fuerza del motor. Su barco, una simple canoa de fondo plano. La belleza de lo simple (esas canoas, y el “Imagine”, un velero de tablero marino de unos 10 metros de eslora que conoceríamos allí, me inspirarían para el diseño y la construcción de nuestro futuro catamarán “Gandul”, que haríamos al regresar de aquel viaje).

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En Laguna

Desde aquella visita estoy interesado en la vida de la heroína local. Garibaldi fue un famoso republicano del Siglo XIX, que vivió una vida pintoresca y aventurera, que se inició en Italia, siguió en Brasil, luego en Uruguay, hasta el regreso a su patria; una vida plagada de hechos rescatados por la historia, que fuera narrada, entre otros, nada menos que por la pluma de Alejandro Dumas. ¿Y Anita? La enciclopedia de a bordo hablaba bastante de Garibaldi pero no mencionaba a su valiente esposa (Ana María de Jesús Ribeiro da Silva).

La siguiente vez fondeamos en Florianópolis, así que volvimos a Laguna por tierra, a rastrear huellas de la leyenda, que me prometí continuar en Italia, cuando los vientos y los dioses me llevaran por el Mediterráneo, navegando el tiempo.

La causa era la República, con su promesa de justicia e igualdad; Anita y Giusseppe eran algunos de sus abanderados en zonas gauchas y catarinenses. Él, un italiano de veintiocho años -que se fugó de su tierra al ser condenado a muerte por el propio rey Carlos Alberto-, acababa de entrar en Laguna como victorioso comandante de la flota, tras burlar el bloqueo imperial pasando sus barcos por tierra, arrastrados por bueyes, para sorprenderlos por el río Tubarau; y ella, una hermosa joven brasileña de solo dieciocho años de edad, huérfana de padre desde los diez, casada por imposición a los catorce y separada de hecho desde los dieciséis, entusiasmada por la causa libertaria que había abrazado desde niña -si alguna vez lo fue-, cuando su tío Antonio buscó refugio en su casa tras salvarse con lo justo de morir a manos de los monárquicos.

Aparejos-de-la-flota-republicana

Aparejos de la flota republicana

Fue cuando Garibaldi comenzó a sentir la falta de una mujer que una mañana, paseando sobre el castillaje de la Itaparica al alzar la mirada a tierra con el catalejo la divisó entre las casas de la Barra. De inmediato se dirigió hacia allí. Entrando en aquella vivienda se encontraron, quedaron los dos estáticos y silenciosos, mirándose como dos personas que no se ven por primera vez. El tano, en italiano y un portugués primitivo le dijo: “Tu debes ser mía”. En sus memorias recuerda: “Al decirle aquella frase até un nudo, decreté una sentencia que solo la muerte podía infringir. ¡Había encontrado un tesoro prohibido, pero también un tesoro de gran precio!”

La pasión no pudo esperar, una llama encendida que aún arde en algunos corazones y que escribió páginas heroicas en dos mundos. Tuvieron cuatro hijos, Menotti, el primero, nació en Brasil. A los nueve días fue salvado por su madre cuando los imperiales intentaron tomarla prisionera nuevamente. Ella escapó a caballo hacia la selva con su bebé, sin más que una camisola. Sobrevivió comiendo hierbas y raíces, y su hijo bebiendo la leche materna, hasta que ambos fueron encontrados por Giusseppe al cabo de cuatro días.

Durante los combates Anita fue heroína, soldado, enfermera, esposa, madre; y siempre referencia. Murió en 1849 -a la edad de veintiocho años- posiblemente de Tifus, durante la famosa “retirada de Roma” que comandara su esposo, estando embarazada de cinco meses del que hubiera sido su quinto hijo.

Giusseppe vivió hasta los setenta y cuatro años, antes de morir en 1882. Al final de su vida llegó a escribir una serie de novelas y sus memorias, y alcanzó a ver reposar los restos de su compañera en su casa de retiro, en al Isla de Caprera.

Inmersos como estamos en nuestra confortable y tecnificada sociedad global, tantas veces vacía de valores profundos, y aunque uno se referencie con el Mahatma Gandhi a la hora de transformar verdaderamente una situación, encontramos en estas vidas -plagadas de luchas épicas y hechos de valor desmedidos, y muchas veces, también injustificables- la posibilidad de una mirada distinta, que con ojos limpios pondere la apuesta de vivir abrazando una causa más grande que la de uno mismo.


Gustavo Díaz Melogno es navegante viajero, además de monitor de vela, regatista, diseñador y constructor naval.

Sus sueños de mar, viento y libertad, lo llevaron hasta el Cabo de Hornos y la Antártida a vela, y poco a poco lo fueron transformando en un vagabundo del mar. Autor de los libros “Entre el cielo y el Mar”, y “Gandul, a fuerza de sueños”.


 

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