Duque, montañero y explorador: la vida de película de Luis Amadeo de Saboya

Luis Amadeo de Saboya retratado por Vittorio Sella

Del Cervino al K2, del Ártico al Ruwenzori, ésta es la vida del aristócrata que convirtió la montaña en una forma de exploración total.

Hay hombres a los que les basta el apellido. Otros, en cambio, parecen empeñados en demostrar que la sangre no sirve de gran cosa cuando empieza el frío, cruje la nieve bajo los pies o el mapa se convierte en una conjetura. Luis Amadeo de Saboya nació en Madrid en 1873, hijo de Amadeo I de España, y podría haberse quedado en una existencia de corte, uniforme y protocolo. Sin embargo, acabó levantando su nombre allí donde la biografía deja paso a la geografía, en el Cervino, en Alaska, en el Ártico, en el Ruwenzori y en el Karakórum. Fue príncipe, sí, pero sobre todo fue una de esas figuras de frontera que ayudaron a empujar la montaña desde el alpinismo europeo clásico hacia la gran era de las expediciones extraeuropeas.

© Vittorio Sella | 1896 | Glaciar Tviberi

Hay algo en él que sigue resultando magnético más de un siglo después. No encaja del todo en la imagen del aristócrata caprichoso que colecciona cumbres como otros coleccionan trofeos, pero tampoco en la del explorador puro, ajeno al aparato político y militar de su tiempo. Hombre formado en la disciplina de la Marina italiana e introducido en el alpinismo desde joven por el barnabita y meteorólogo Francesco Denza, metódico hasta el extremo y atraído por la montaña no como escenario pintoresco, sino como lugar de prueba. Esa mezcla de mando, ambición y resistencia explica buena parte de su leyenda.

Su historia empieza, en cierto modo, lejos de la altura. Tras la abdicación de su padre, la familia volvió a Italia, y el niño que había nacido en Madrid creció entre Turín, la educación naval y los veranos alpinos. Muy pronto la montaña dejó de ser una postal. En esos años se encuentra el origen de su pasión, una pasión que no tardó en hacerse seria. Mientras otros jóvenes de su rango recibían una educación para ocupar el lugar que les había sido asignado, él parecía buscar otro tipo de legitimidad, una que no venía dada por el título sino por la capacidad de aguantar, organizar y subir.

© Vittorio Sella | 1890 | Gistola y Tetnuldi

La clave está en que Luis Amadeo no se acercó al monte como un turista del riesgo. Antes de convertirse en el duque de los Abruzos que hoy recuerda la historia, fue un alpinista de verdad. En la primera mitad de la década de 1890 se curtió en los grandes macizos alpinos, en el Gran Paradiso, el Monte Rosa, el Mont Blanc y el Cervino. Y fue precisamente el Cervino, por la arista de Zmutt, el que terminó de definirlo. Aquella ascensión de 1894 no fue una excentricidad principesca, sino una tarjeta de presentación en la élite del alpinismo de su tiempo. Con poco más de veinte años ya había comprendido que la montaña podía darle algo que ni la corte ni la sangre podían ofrecerle, una identidad propia ganada a pulso.

© Vittorio Sella | 1896 | Kashmir

A partir de ahí, su vida cambió de escala. Los Alpes dejaron de ser un aprendizaje y se convirtieron en un trampolín. En 1897 dirigió la expedición italiana que logró la primera ascensión del Mount St. Elias, en Alaska, una montaña de 5.489 metros situada entre glaciares inmensos, nieblas oceánicas y una sensación de lejanía que entonces era todavía más radical que hoy. Aquella empresa lo colocó entre los grandes nombres de la exploración alpina internacional. El St. Elias no era solo una cumbre alta. Era una montaña remota, compleja, ligada todavía a un mundo en el que explorar significaba abrir paso, observar, narrar y regresar con algo más que la satisfacción de haber pisado arriba.

Conviene detenerse ahí porque en esa expedición aparece una de las presencias más hermosas de toda su biografía, la de Vittorio Sella. El gran fotógrafo italiano acompañó al duque en Alaska y dejó imágenes que hoy siguen pareciendo de otro planeta. La importancia de Sella no fue ornamental. No estaba allí para hacer recuerdos de lujo de una aventura aristocrática, sino para construir, casi al mismo tiempo que ocurría, la iconografía moderna de la montaña remota.

© Vittorio Sella

Esa alianza entre aventura y representación iba a hacerse todavía más poderosa dos años después, cuando Luis Amadeo se lanzó hacia el norte con la expedición de la Stella Polare. Entre 1899 y 1900 dirigió una de las grandes empresas árticas de su tiempo. No alcanzó el Polo Norte, pero la expedición logró una latitud récord de 86°33′49″ N, una cifra que entonces equivalía a colocar su nombre en el centro del mapa heroico de la época. El viaje, sin embargo, no se parece al relato limpio del triunfo. Hubo hielo, desgaste, sufrimiento físico y una congelación severa que le costó dos falanges. La grandeza de ese episodio está precisamente ahí, no en la cima inexistente de un polo no alcanzado, sino en la capacidad de convertir una empresa incompleta en una afirmación de carácter.

El Ártico dice mucho de él. Dice que era ambicioso, pero no temerario en un sentido banal. Dice que aceptaba el dolor como parte de la empresa. Y dice también que pertenecía a una época en la que el fracaso no anulaba el valor de una expedición si esta ampliaba el conocimiento, desplazaba la frontera o probaba una forma de estar en el mundo. La aventura nunca fue para él una simple cuestión de adrenalina. Era una forma de método. Incluso cuando el cuerpo pagaba el precio.

© Vittorio Sella

Uno de los grandes errores al contar su vida sería imaginarlo como un héroe solitario. No lo fue. A su alrededor hubo una red de hombres sin los cuales su leyenda sería mucho más pobre. Umberto Cagni, a quien conoció en su primera vuelta al mundo a bordo del Amerigo Vespucci, fue uno de sus compañeros fundamentales. Joseph Petigax, guía valdostano, se convirtió en una figura de confianza tanto en los Alpes como fuera de Europa. Y luego estaba Filippo De Filippi, médico, científico y cronista, que ayudó a fijar por escrito el sentido geográfico y científico de muchas de aquellas empresas. En el caso de Luis Amadeo, mandar nunca significó explorar solo. Significó saber rodearse.

Eso se ve con claridad en la expedición al Ruwenzori de 1906, una de las más reveladoras de toda su carrera. Allí, en las llamadas Montañas de la Luna, el duque no se limitó a encadenar ascensiones. La campaña sirvió para estudiar topografía, geología y glaciología, y acabó produciendo una cartografía detallada del macizo. Este es quizá el mejor momento para entender qué clase de pionero fue. No solo el primero en llegar, sino uno de los últimos exploradores de una tradición que aún veía la montaña como territorio por medir, nombrar, fotografiar y comprender.

También en Ruwenzori reaparece Sella con toda su fuerza. Sus fotografías de la expedición no solo registraron paredes, glaciares y campamentos. También contribuyeron a fijar una cierta idea del paisaje africano de altura, de su vegetación insólita, de su aire irreal, de su mezcla de ciencia y aventura. En ese sentido, la amistad entre ambos fue algo más que un vínculo personal. Fue una colaboración que unía la pulsión de conquista geográfica con la necesidad de traducirla en imágenes. Luis Amadeo abrió rutas. Sella enseñó al mundo cómo se veían.

Y entonces llegó el Karakórum. En 1909, el duque de los Abruzos dirigió la expedición italiana al K2, una de las montañas que todavía hoy siguen teniendo algo de mito intacto. No alcanzó la cima, pero ese hecho, en su caso, casi agranda el relato en lugar de empequeñecerlo. La expedición subió hasta 7.493 metros en el Chogolisa y dejó una cartografía fiable de los glaciares Baltoro y Godwin-Austen. Sobre todo, su nombre quedó unido para siempre a la montaña en la famosa arista de los Abruzos, la ruta más célebre del K2.

© Vittorio Sella | K2

Ese episodio basta por sí solo para situarlo en la historia del alpinismo mundial. Antes de que el Himalaya y el Karakórum se convirtieran en los grandes teatros del alpinismo del siglo XX, Luis Amadeo ya estaba allí, empujando la altura posible y formando parte de una cultura expedicionaria que aún mezclaba exploración, cartografía, fotografía, prestigio nacional y resistencia física. En ese sentido, fue un hombre bisagra. Venía del gran siglo de las exploraciones geográficas, pero anticipó el siglo de las grandes montañas extraeuropeas. Ahí reside su verdadera dimensión pionera.

Su vida, sin embargo, no cabe solo en el hielo y la roca. Hubo también una carrera naval importante. Durante la Primera Guerra Mundial alcanzó altas responsabilidades en la Marina italiana y dirigió fuerzas navales en el Adriático, destacando en la evacuación de miles de refugiados serbios desde la costa albanesa. Este detalle devuelve al personaje a su tiempo político real. Luis Amadeo era, en muchos sentidos, una figura del propio Estado, de su aparato militar y de su prestigio internacional. Y esa condición ayuda a entender mejor lo que vendría después.

Desde 1919 impulsó en Somalia un gran proyecto agrícola en la cuenca del Uebi Scebeli y en 1920 fundó la Società Agricola Italo-Somala. Aquella empresa, que daría lugar al Villaggio Duca degli Abruzzi, hoy Jowhar, formó parte del entramado colonial italiano en el Cuerno de África. No conviene romantizar este último capítulo como si se tratara simplemente de un aristócrata cansado que se retira a cultivar una utopía tropical. Fue una empresa productiva, hidráulica y agrícola, sí, pero también una empresa colonial.

© Vittorio Sella | 1890 | Pico Lahili

Esa es la sombra que cualquier retrato honesto de Luis Amadeo debe aceptar. Admirar su papel en la historia de la montaña no exige blanquear el mundo al que perteneció. Más bien al contrario. Obliga a entender que muchos de los grandes exploradores europeos de su tiempo se movieron dentro de una lógica en la que la curiosidad científica, la ambición personal, el prestigio nacional y la dominación imperial se tocaban con demasiada facilidad. En él, esa contradicción no es un matiz secundario, sino parte de la verdad del personaje.

Y, sin embargo, incluso aceptando esa complejidad, su figura conserva una potencia muy rara. Tal vez porque en su mejor versión representó algo que hoy la montaña ha ido perdiendo en parte, esa idea de expedición total en la que subir no era solo hacer cumbre, sino leer el territorio, fotografiarlo, nombrarlo, medirlo y regresar con una historia capaz de ensanchar el mundo. Tal vez también porque supo rodearse de gente como Sella, Cagni, Petigax o De Filippi, hombres que convirtieron cada empresa en algo más que una hazaña individual. O tal vez porque su vida entera parece movida por una inquietud muy simple y muy poderosa, la necesidad de llegar más lejos que el lugar al que había sido destinado por nacimiento.

© Vittorio Sella | 1890 | Funeral en Georgia

En la historia del montañismo hay nombres que valen por una cumbre y nombres que valen por una época. Luis Amadeo de Saboya pertenece a estos últimos. Fue el duque de los Abruzos, sí, pero también el hombre del St. Elias, del récord ártico, del Ruwenzori cartografiado y del K2 antes del K2 moderno. Un explorador de cuando aún era posible confundirse entre la ciencia, la épica, la ambición y el poder. Un aristócrata que quiso merecerse a sí mismo en lugares donde el linaje servía de poco. Y un personaje que, mirado hoy, sigue obligándonos a sostener dos ideas a la vez: que fue uno de los grandes pioneros de la montaña extraeuropea y que su aventura no puede separarse del mundo imperial que la hizo posible.