Viajes astrales – Vol. 2

Andrew Wyeth - Adrift
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El faro: Es imposible pensar que una mano humana ha levantado este titán de piedra que se enfrenta al mar, sobre los acantilados negros. Desde aquí observo el horizonte: ya no hay barcos, ya no hay otro rastro de vida: sólo tormenta y roca, unidas en su rugir constante (algún día yo seré parte de ese rugir).

Mi nombre es Usiel, soy el guardián del faro: subo los escalones de piedra, la espiral de ecos espectrales, conversando en soledad frases que solía decir mi padre, dichos de marineros, títulos de libros que no he leído…

El cormorán: El remo se hunde sin alterar la superficie del agua, se tensan los músculos del antebrazo, el tolete repite su crujido minúsculo. De los animales del río, tu eres el más inquieto, el cangrejo el más desconfiado, el más hermoso el cormorán. El remo se hunde, el antebrazo se tensa, el tolete repite su crujido minúsculo. De los habitantes del río, tu eres el más inquieto, el cangrejo el más lateral, el más lúcido el cormorán.

Necesidades: Tres días pasé en el puerto, antes de entender por qué me miraban raro: necesitaba ropa nueva, y pasar por el peluquero (una visita al dentista tampoco me vendría mal). Pero sus miradas no cambiaron: necesitaba perfume, coche y teléfono. Intentando satisfacer a mis jueces, pinté mi barco, cambié el toldo, limpié el óxido. Pero mis jueces no estaban conformes, siempre encontraban alguna carencia. En el mar, yo no sabía nada de estas necesidades, pero estaban ahí, en tierra, esperándome.

No se terminaban nunca, y comprendí que el peligro en tierra era ese: yo vencía mis necesidades, o ellas me vencerían a mí, o las ahogaba, o dejaba que mis necesidades me ahoguen.

Whisky: Yo iba tarde al bar del puerto, y allí me invitaban whisky para que yo, ya borracho, contara mis historias; y me hacían preguntas, y se reían a carcajadas: se reían de mis historias, y se reían de mí. Luego yo volvía a mi bote, para cruzar remando el oscuro río: confundido por el alcohol, encontraba mi barco casi a tientas, y me arrastraba sobre la cubierta, noche tras noche. Hasta que una mañana de resaca, levanté el ancla y las velas, y me fui de ese río.

En el bar del puerto siguen ellos, noche tras noche, cavilando sobre el whisky, y a veces alguno menciona mi nombre, recuerdan mis historias y luego vuelven al whisky, pero ya no se ríen.

Salir del cuerpo: Entre el estupor y el insomnio, nos va invadiendo esa sensación de que el cuerpo es muy frágil, de que con gusto nos liberaríamos de esta coraza torpe, para escapar a los caprichos de las dolencias y las enfermedades del cuerpo. Queremos salir del cuerpo, sobrevivir a nuestro cuerpo, escapar, convertirnos en algo efímero y perdurable. Habrá tercos científicos que se enreden en ecuaciones ciegas; nuestra alquimia ya encontró esa fórmula: lo sentimos en la música, lo llamamos literatura, lo vemos en las velas cuando están llenas de viento.

Emigramos: Amarramos nuestros toldos y alfombras sobre lomos de camellos, y buscamos los caminos del desierto. Nos hicimos al mar en galeras de remo, para comerciar más allá de las Columnas de Hércules. Viajamos a caballo hacia el oeste, para encontrar tierras y mujeres fértiles. Hacinados en camarotes sin ventanas, cruzamos el charco, escapando de la guerra. En las costas de Libia, entregamos los ahorros de una vida, para subir con nuestras familias en frágiles barcos de madera. Emigramos: nos tocó en suerte el destino del emigrante; emigramos con nuestra derrota, nuestro orgullo, y nuestra esperanza.

Oasis de mar: Una claridad sutil se colaba por los agujeros de la persiana. Volvía del sueño como el náufrago que llega flotando a una costa; en ese trance, oía mi propia respiración sonando como olas mansas en la orilla, los pasos impacientes de la gente en la calle, me sonaban como el murmullo del agua contra el casco, en las intermitencias de la vigilia y el sueño, las palomas se volvían gaviotas, un coche era una ráfaga, y los ruidos del camión de la basura parecían los de la driza contra el mástil. Fue un oasis de mar por la mañana: antes de despertar en la ciudad, volví a soñar con mi barco.


 

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