Viaje a Irán poco antes de la guerra

Este segundo capítulo de la serie no pretende resolver el país, y por suerte tampoco lo simplifica. Lo recorre. Lo escucha. Se deja explicar por quienes lo habitan.
Segundo artículo de la serie sobre los videos que ha grabado nuestro amigo y colaborador Caminante Rojo en Irán, aquí puedes leer los otros dos

El segundo vídeo de la serie que El Caminante Rojo dedica a Irán se titula Viaje a un país al borde de la guerra, nombre que no parece elegido por capricho ni por marketing, sino por esa forma en que la realidad a veces se adelanta a cualquier metáfora. Fue subido apenas quince días antes del comienzo de la guerra entre Irán y Estados Unidos, y por eso hoy se ve de otra manera. Ya no es solo un recorrido por un país complejo, antiguo y contradictorio, sino también el retrato de un instante suspendido, de un lugar que todavía sigue con su vida cotidiana mientras en el horizonte se acumulan los presagios.

Antes de llegar a las calles, a los bazares o a los carteles políticos, hay una explicación de la historia de Irán desde el siglo VI antes de Cristo hasta hoy. Una decisión que obliga a mirar el presente iraní no como una anomalía ni como un titular, sino como el resultado de una continuidad histórica abrumadora. Irán no aparece aquí como un país encerrado en su conflicto actual, sino como una civilización que arrastra imperios, derrotas, invasiones, revoluciones y memorias superpuestas. Ese gesto inicial cambia la perspectiva de todo lo que viene después. Ya no se trata de visitar un país exótico al borde del abismo, sino de entrar en un territorio donde el pasado sigue negociando con el presente a cada paso.

La visita a Persépolis confirma esa impresión. Allí, acompañado por su guía Shahrzad, el vídeo encuentra uno de sus momentos más fértiles. Las ruinas no son filmadas como un decorado muerto ni como una postal para turistas, sino como una presencia todavía activa, una forma de recordar que hubo un tiempo en que desde este territorio se pensó el mundo a escala imperial. Persépolis impone por su tamaño, pero sobre todo por lo que sugiere: la obstinación de las piedras frente a la fragilidad de los regímenes, el contraste entre la larga duración de una cultura y la precariedad de cualquier coyuntura política. La conversación con Shahrzad introduce además algo que Víctor sabe manejar bien, y es la importancia de las mediaciones humanas. Los lugares cambian cuando alguien los cuenta desde dentro. Dejan de ser patrimonio y se convierten en experiencia.

Después llega el té, los dulces típicos, la charla improvisada... Y ahí el vídeo vuelve a encontrar una de las grandes verdades del viaje. Un país no se comprende solo en sus monumentos ni en sus discursos oficiales, sino en esas pausas menores que parecen anecdóticas hasta que uno entiende que son precisamente las que mejor sostienen la memoria. Compartir un té en Irán no es solo una cortesía ni una escena amable para la cámara. Es una forma de hospitalidad, una invitación a bajar la guardia, a escuchar sin prisa, a aceptar que los países también se revelan en sus ritmos y en sus gestos de bienvenida.

El paseo por el bazar prolonga esa idea. Como ocurre en tantas ciudades de Oriente Medio, el bazar funciona al mismo tiempo como mercado, termómetro social, archivo de costumbres y teatro cotidiano. Allí no solo circulan mercancías, sino también maneras de hablar, de negociar, de mirar. En esos pasillos llenos de té, telas, dulces y ruido hay algo más verdadero sobre un país que en muchas explicaciones geopolíticas. El bazar permite entender que Irán no es solamente un Estado sitiado por sanciones, consignas y tensiones internacionales, sino también una suma de rutinas materiales, de economías pequeñas, de conversaciones a media voz y de formas de continuidad que sobreviven a cualquier amenaza exterior.

Hay también un paso por un santuario y una compra, y la escena sirve para recordar hasta qué punto lo religioso sigue siendo inseparable de lo cotidiano en Irán. Pero el vídeo no se limita a mostrar la dimensión solemne del lugar. Le interesa más bien esa mezcla de espiritualidad y vida ordinaria, de devoción y costumbre, de recogimiento y comercio, que suele definir mejor el funcionamiento real de muchos espacios sagrados. No hay una separación limpia entre lo trascendente y lo práctico, y quizá por eso la visita resulta más interesante. Lo religioso no aparece como una escenografía rígida, sino como algo incorporado a la vida diaria, como una textura social que se respira más que se explica.

Más adelante, el viaje a Teherán cambia el registro. Si Persépolis remitía a la profundidad del tiempo, la capital introduce de lleno en el espesor político del presente. La antigua embajada de Estados Unidos, convertida desde hace décadas en uno de los símbolos más reconocibles de la ruptura entre ambos países, concentra en unos pocos muros muchas de las obsesiones del relato contemporáneo sobre Irán. El vídeo la recorre no solo como un lugar histórico, sino como un emblema todavía operativo, como una herida convertida en iconografía. Y desde ahí, las calles de Teherán, con sus carteles, sus consignas visuales y sus señales de propaganda, completan el paisaje de un país donde la política no se esconde en despachos ni en editoriales, sino que ocupa fachadas, avenidas y paredes.

Sin embargo, lo más interesante es que el vídeo no reduce Teherán a esa dimensión. Bajo los carteles y las consignas sigue habiendo una ciudad vivida, recorrida, habitada por gente que compra, conversa, trabaja, se desplaza y continúa con su día mientras el mundo insiste en pensarla solo como un tablero de confrontación. Esa fricción entre la vida corriente y la presión de la historia es probablemente lo mejor que deja este episodio. El Caminante Rojo se acerca a Irán como quien sabe que en los países más simplificados por el relato internacional suele esconderse una realidad mucho más rica, más contradictoria y más humana.

Visto ahora, con la guerra ya iniciada, Viaje a un país al borde de la guerra tiene algo de documento involuntario. No porque prediga nada de manera explícita, sino porque captura el umbral. Filma un país antes del estruendo, cuando todavía es posible detenerse en las ruinas, aceptar un té, perderse en un bazar o leer los muros de una ciudad sin saber del todo qué vendrá después. Y quizá ahí reside su valor. Frente a la velocidad con que la guerra devora matices, el vídeo devuelve a Irán una densidad que casi siempre se le niega: la de su larguísima historia, la de su vida cotidiana y la de su gente concreta.

Este segundo capítulo de la serie no pretende resolver el país, y por suerte tampoco lo simplifica. Lo recorre. Lo escucha. Se deja explicar por quienes lo habitan. Y en tiempos en que Irán vuelve a aparecer reducido a amenaza, enemigo o escenario, eso ya es una forma de resistencia narrativa.