miércoles 21.08.2019

Revelations

En el caso de Jerry Moffatt, su actuación sobre la piel del planeta se nos antoja envidiable. Jerry parece haber vivido como a muchos de nosotros nos hubiera gustado hacerlo.

Revelations

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Revelations

Jerry Moffatt

Traducción de Rosa Fernández Arroyo

Desnivel

Madrid, 2018

256 páginas

 

 

 

Hay un momento en que esta raza, derivada de algo semejante a un mono, se pregunta qué es lo que ha vivido. De hecho, en la mayoría de nosotros la pregunta es mucho más superficial, y por tanto una carga de profundidad en la línea de flotación: ¿de verdad hemos vivido? ¿Esto que nos ha ido sucediendo, mientras esperábamos a que llegara la vida, era la vida? Apenas nos queda energía para una última rebelión, la más inmediata, la que atañe a intentar poner el relato del pasado en su sitio antes de que terminen unos días y unas noches en los que no hemos llegado a conquistar nada, ni siquiera lo inútil. En el caso de Jerry Moffatt, su actuación sobre la piel del planeta se nos antoja envidiable. Jerry parece haber vivido como a muchos de nosotros nos hubiera gustado hacerlo. Su biografía está repleta de aventuras en las rocas, en el mundo vertical o en el desplome, donde parece haber pasado más horas que sobre el suelo horizontal.

Si nos atenemos a lo que va sugiriendo a lo largo de este libro autobiográfico, su éxito como escalador se debe a su tesón, sí, a su incapacidad para rendirse, como él va confesando, pero, sobre todo, a llegar a percibir que lo natural es la escalada. Es un territorio en el que se siente tan seguro como cualquiera de nosotros en el salón de nuestros hogares. No importa el dinero, no importa el hambre, no importan los ladrillos de canto que van cayendo más allá, en otro mundo tan diferente al que él ha elegido habitar. Importa, eso sí, y mucho, la amistad. Jerry Moffatt se muestra cordial con todo el mundo, y fraternal con los más cercanos. Comienza su carrera como escalador siendo adolescente, y antes de cumplir veinte años ya estaba superando los grados más altos hasta entonces catalogados. Su historia es la historia de la escalada en roca contemporánea: desde el séptimo grado hasta el noveno. La envidia que siente el lector es la de saber que ya no protagonizará la época donde los escaladores eran un cruce entre bohemios, punkies y hippies, herederos de una contracultura que sabían llevar al límite, que entendían que no debía molestar a nadie. Ni siquiera cuando descubren el placer por las motos, pues ser motero en ese tiempo quería decir algo diferente a lo que supone en la actualidad. Incluso un vehículo tan dañino como ese, servía para contactar con la naturaleza.

Moffatt, y sus compañeros, no creían correr más riesgos escalando, aunque fuera en solo integral, que por el hecho de no tener dinero. Su memoria es un repaso un tanto artístico a las hazañas en la escalada, pero también un homenaje a la edad de la sencillez, a la inocencia. En el libro abundan las descripciones de vías, en las que el sentido que se impone es el del tacto. Moffatta, cuando escala, es todo tacto y todo equilibrio. En realidad, se podría resumir su actitud en el profundo conocimiento del arte de la propiocepción, ese sentido que descartamos por ser tan intuitivo que apenas paramos a reconocerlo, ese que nos transmite la involuntaria sensación de movimiento del cuerpo. Junto a la motivación, constituye el eje sobre el que basa el relato. Moffatt viene a decir que no hay sueño imposible, pero sabe que son necesarias unas cualidades innatas. De hecho, el relato centrado en su cuerpo se detiene apenas en dos o tres ocasiones, como a cuenta de la muerte de su hermano pequeño, que nació con un defecto congénito en el corazón, o la de Wolfang Güllich. Muertes que le enseñaron a practicar con más intensidad el ejercicio de saberse en el mundo, de hacernos nuestra propia suerte.

A la hora de la verdad, aunque no lo mencione, se trata de despedirse sabiéndose un digno ser vivo, una persona digna, un buen amigo. Moffatt se refugió durante años en una tribu, pues como tal vive él los años ochenta y noventa, antes de la masificación de la escalada. Incluso cuando se decide a competir lo hace con un cierto romanticismo: voy, gano una vez y me vuelvo. Es otro ejercicio de lucha. Y si uno no lucha, lo sabe hasta el diablo, es un cadáver con unas cuantas células todavía en funcionamiento. Hacia el final, brevemente, nos cuenta cómo se ha reinventado cuando los años le impidieron seguir ejecutando ejercicios de escalada de dificultad. Para Moffatt, este libro es una repetición de su vida, una prueba de reescalada. El lector se asombrará al cotejar el espíritu de esos años con la historia de la última década, por ejemplo. Asusta mirar al abismo del pasado, ver la velocidad con la que todo se transforma. Moffatt nos regala un poco de esos buenos tiempos, los comparte con el lector. Pero no cabe asustarse. El vértigo no es pensar tanto que aquella fue una edad de oro, como suponer que la que estamos viviendo lo será para nosotros cuando se nos vaya agotando la energía y no nos veamos con fuerzas para reinventarnos. Pero eso, todo sea dicho, no importa. El futuro no existe, o al menos no está sucediendo. Lo que podremos guardar para siempre, eso sí, son las leyendas, nuestro archivo de bienestar perpetuo. Revelations contribuye a esa parte grata y permanente de la vida.


 

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