Atrapado bajo la nieve

Esta es una historia de supervivencia y heroísmo en medio de la fatalidad, de esas que nos dicen que cuando no es tu tiempo de morir, ni la más despiadada naturaleza podrá llevarte.

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El 3 de enero de 1982, Donnie Priest de 10 años de edad, se quedó dormido durante un viaje en una avioneta pilotada por su padrastro. Sólo llevaba los calcetines puestos en sus pies. También iba su madre  a bordo. No sintió el impacto cuando el pequeño avión se estrelló contra un talud cubierto de nieve cerca de la orilla noreste del Parque Nacional de Yosemite. Su madre y su padrastro murieron en el acto, pero Donnie fue rescatado después de pasar cinco días bajo temperaturas de congelamiento. Aquí la historia.

Hace 36 años se desató un gran temporal en la cadena montañosa del Pacífico de los Estados Unidos. La gran tormenta se convirtió en el desastre natural más letal que azotó a California desde el terremoto de 1906. El saldo trágico fue de 33 fallecidos, pero como siempre, en medio de la fatalidad surgió una historia de supervivencia y heroísmo, de esas que nos dicen que cuando no es tu tiempo de morir, ni la más despiadada naturaleza podrá llevarte.

Ron Vaughan era un piloto aficionado que había alquilado una avioneta bimotor para viajar con su esposa e hijo a Oklahoma donde pasaría las vacaciones de Año Nuevo. La familia residía en Odena, California, donde él se desempeñaba como químico de laboratorio y su esposa era una reconocida abogada. Su hijastro Donnie tenía 10 años de edad.

El viaje de regreso lo iniciaron el 3 de enero en medio de una mañana soleada y sin ningún contratiempo. Vaughan realizó una pequeña escala en el aeropuerto de Mammoth Lakes para abastecerse de combustible, y aprovechó para solicitar a los controladores de vuelo permiso para sobrevolar la Sierra Nevada -y cruzar directo a California-, lo cual fue rechazado puesto que ya habían sido alertados sobre el temporal.

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Cadena montañosa del Pacífico

Otra vez en el aire, Vaughan insistió en sobrevolar la Sierra, según un informe de la agencia de aviación. De un momento a otro el avión comenzó a perder altitud debido a los fuertes vientos, hasta que lo perdieron. Había desaparecido del radar.

El avión se estrelló muy cerca de la cima del White Mountain, pico de aproximadamente 4000 m de altura. El parabrisas se rompió con el impacto, y la nieve en forma de un pequeño alud acabó con la vida de Vaughan y su esposa. Donnie que estaba sentado detrás de su padrastro no tuvo heridas de consideración, de hecho dormía al momento del accidente pero el súbito golpe lo despertó.

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El niño no llevaba ropa de invierno y obviamente enseguida empezó a sentir mucho frío. Estaba confundido, no sabía lo que había ocurrido y además a esa edad no se tiene un concepto muy claro sobre la muerte. Sólo sabía que sus padres no le respondían.

Trató de alcanzar una frazada que sobresalía sobre el equipaje, pero no lo consiguió. No tuvo la fuerza suficiente. De a poco se le iban amortiguando las piernas y ese momento recordó que no tenía puesto sus zapatos, se encontraba sólo en calcetines. En medio de aquella oscuridad perdió la noción del tiempo y empezó a sentir sueño, mucho sueño y se desvaneció hasta perder el conocimiento.

La nieve que sepultó el avión había creado una especie de cueva interna, que mantuvo la temperatura más elevada que en el exterior, pero lastimosamente aquel temporal impidió que salieran las patrullas de rescate aéreo durante dos días.

Los equipos comenzaron la búsqueda recién al tercer día, pero no pudieron hacer mucho, ya que el localizador de emergencia de la avioneta que debió haberlos guiado hacia el accidente, no estaba funcionando. Esto hizo que los rescatistas solamente pudieran hacer una búsqueda visual desde el aire, situación que era por demás difícil ya que la nieve había cubierto cualquier vestigio de accidente. Sólo podían hacer conjeturas acerca de la ruta que tomó la avioneta, y en base a eso, “adivinar” por donde podría haber sido el accidente. Un ex rescatista que participó en la búsqueda recuerda: "Las cosas que son relativamente grandes en el suelo, desde el aire parecen una cabeza de un alfiler."

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El equipo de búsqueda del Parque Yosemite y la tripulación del helicóptero de rescate que contaba con el experto en búsquedas John Dill, estudiaron minuciosamente los informes de radar, las lecturas del transpondedor, grabaciones de tráfico aéreo y más para perfeccionar la zona de búsqueda. Trabajaban día y noche.
Al quinto día, los expertos les aconsejaron que no esperen encontrar sobrevivientes. El piloto del helicóptero de rescate, Dan Ellison, también se mostraba pesimista:

 

"Había nevado tanto y durante tanto tiempo que era improbable que cualquiera de nosotros encuentre la nave. Peor aún sobrevivientes”.

 

Sin embargo, ese quinto día, desde el helicóptero alguien divisó algo en medio de un enorme campo de nieve. Primero pensaron que era un tronco de pino blanco, pero en realidad estaban viendo el extremo de la cola del avión.

Los rescatistas hicieron el descenso por medio de cabos desde el helicóptero y no detectaron señales de vida. Al llegar al sitio empezaron a excavar en la nieve y cuando la pala golpeó un lado del avión escucharon un grito ahogado. Siguieron cavando lo más rápido que podían para llegar rápidamente hasta donde estaba el niño.

La temperatura corporal de Donnie era de 26ºC cuando la media es de 37º. Sus pantalones estaban congelados y los tobillos atrapados en el hielo. Para colmo, el equipo de rescate luchaba contra las ráfagas de viento mientras trataba de descender la camilla por un cable de acero, pero el aire causó una acumulación de electricidad estática que puso en riesgo la misión.

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Quitaron al niño los pantalones congelados, lo envolvieron en una manta y lo sujetaron a un arnés para subirlo al helicóptero y enseguida lo trasladaron al Hospital de la Universidad de Stanford donde lastimosamente debieron amputarle las piernas.

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Donnie luego de la amputación

Pocos meses después del accidente, Donnie se había convertido en una pequeña celebridad. Como sabían que le gustaba el béisbol, fue invitado de honor a un juego que protagonizaban los Atléticos de Oakland, su equipo, donde se le concedió el honor de lanzar la pelota inicial en el inicio del campeonato de 1982. A pesar de estar copado de invitaciones y entrevistas, tampoco se olvidó de volver al Parque Yosemite para agradecer a los rescatistas que lo encontraron.

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A medida que el tiempo fue pasando y la noticia quedaba en el olvido, Donnie tuvo que adaptarse a su nueva vida. Se fue a vivir con su padre y con el tiempo se dio cuenta de que aún con prótesis podía seguir practicando deportes, así que aprendió a esquiar y formó parte del equipo de lucha colegial. Luego en la universidad sufrió la rotura de una de las prótesis, y eso fue lo que lo condujo a su actual actividad. Se dedicó al negocio de la ortopedia, y con su experiencia pudo ayudar a otras personas con sus aparatos y prótesis fabricados a la medida y personalizados.

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A pesar del tiempo transcurrido y de haberse realizado como profesional, Donnie siempre sintió un vacío, sabía que le faltaba llenar algo que no podía definir. Sabía que aquel accidente y aquellas montañas lo habían marcado de por vida, sentía que la cordillera le debía algo y estaba dispuesto a enfrentarse con sus demonios, sin importarle su discapacidad.

Tuvieron que pasar más de 25 años del fatídico accidente, para que pudieran darse todas las condiciones, y así fue, logró contactarse con aquel antiguo equipo de rescate, citarlos y convencerlos para que lo acompañen al sitio de donde lo rescataron. Los ex rescatistas (ya jubilados) no dudaron ni un momento y aceptaron. Lo que Donnie necesitaba nuevamente, era escuchar las historias de su rescate y rellenar algunos vacíos en su memoria, lo echaba de menos, y sabía que las únicas personas que podían darle datos fidedignos eran ellos, y nada mejor si aceptaban ir con él al lugar mismo del siniestro.

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Donnie y sus rescatistas dos días antes de la expedición

Llegó el gran día y el equipo comenzó la travesía una mañana soleada de septiembre del 2007, fue la primera vez que Donnie pudo ver despejada la cumbre del imponente White Mountain. Mientras subían por las faldas de la montaña, el muchacho pensaba: "Es increíble que algo tan trágico pueda suceder en un lugar tan hermoso".

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El sendero rápidamente desapareció y el trayecto se fue haciendo más difícil de lo que Donnie esperaba. Tuvo que aprender a cruzar un río tambaleándose en un delgado tronco de árbol y a sortear una vegetación agreste y tupida. No le importó tampoco, que después de cruzar el río una de sus prótesis se enganchara en una raíz de un matorral y lo hiciera caer estrepitosamente. Cada paso que Donnie daba, requería del doble de oxígeno de lo que gasta una persona sin sus limitaciones, y cuando el altímetro alcanzó los 3000 m de altura, casi no podía respirar, o lo hacía con mucha dificultad.

Por fin el lugar del accidente ya estaba a la vista, pero la ruta de acceso se veía muy complicada. Era una pendiente de piedras sueltas y resbalosas, seguidas de un gran manto de nieve. Fue un acceso muy difícil para todo el grupo de alpinistas, y con mayor razón para alguien en la condición de Donnie. Hubo tramos de la montaña más empinados que otros, pero él no se rindió ni permitió que lo ayudasen; cuando no podía caminar o peligraban sus prótesis, se ponía en cuatro extremidades y se arrastraba o gateaba. El asunto era llegar al sitio en el que “volvió a nacer” hace más de 25 años.

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Donnie Priest sobre los restos de la avioneta

Y lo hizo. El 12 de septiembre del 2007, después de seis horas de tenaz caminata, de cambios de vestimenta y equipo para alpinismo, Donnie llegó al sitio de su accidente, donde le esperaban los restos de la avioneta como mudos testigos, de lo que bien pudo ser su tumba. Apenas desde ese día sintió que ya no estaba atrapado bajo la nieve...


Fuentes e imágenes:

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Artículo escrito por Carlos Suasnavas originalmente publicado en el blog Sentado Frente al Mundo, protegido por una licencia CC BY-NC 3.0 EC


 

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