HISTORIAS CON VIDA

La vendedora de naranjas

Siempre he pensado que lo verdaderamente importante de viajar es el contacto con la gente, el descubrir otras formas de vivir, de ser, de sentir…

Alguien dijo que las aventuras realmente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese sentido siempre he pensado que lo verdaderamente importante de viajar es el contacto con la gente, el descubrir otras formas de vivir, de ser, de sentir…

Ese Estúpido hombre blanco del que hablaba Michael Moore está muy arraigado en nuestra conciencia occidental, y a veces paseamos por el mundo mirando a los demás por encima del hombro, como si nuestra vida fuese la correcta y el resto tan solo un “quiero y no puedo”. Despreciamos la sabiduría ancestral de pueblos infinitamente más civilizados que nosotros donde un anciano no es un estorbo, sino un sabio curtido en mil batallas de la vida; donde la madre tierra no es algo que esquilmar, sino una parte fundamental de su condición.

Viajar sin entender eso y sin contagiarse de la esencia humana es como sentarse a ver la televisión, y acaba siendo la línea que separa al turista del viajero.

Hace un par de décadas yo era un estúpido hombre blanco de viaje por Guatemala. De camino al Lago de Atitlán viví la experiencia de conocer el famoso Mercado indígena de Sololá, una auténtica explosión de color y actividad sin parangón en el continente americano. Como si de un hormiguero humano se tratase, las calles estaban abarrotadas de telas, frutas y especias. Las voces de las vendedoras se mezclaban con el sonido de gallinas y patos, y era tal la mezcolanza de colores y olores que de alguna manera llegaba a aturdir. Toda mi preocupación era no perder a mis amigos Santi y David, que cada poco desaparecían de mi vista engullidos por el gentío.

Al llegar a una zona más despejada algo nos llamó la atención. Desde el suelo nos dedicaron la sonrisa más bonita que había contemplado nunca. Era una anciana menuda, de piel curtida y vestida de mil colores. Sobre la cabeza llevaba un paño doblado a modo de sombrero. Con los ojos entornados por el sol se dirigió a nosotros:

 Phil Marion   - ¿Naranjas señor?

Su acento quiché era tal que le costaba hablar castellano, y su sonrisa era una mezcla a partes iguales de dientes dorados, blancos y ausentes. Sentada frente a un cesto de paja, su única mercancía consistía en apenas dos docenas de naranjas

    - ¿A cuánto las vende, señora?

    - A medio Quetzal

Desprendía tal simpatía que no lo dudamos. Quisimos tener un gesto con ella.

    - De acuerdo señora, le compramos todas

De pronto intuimos que algo iba mal. Su amplia sonrisa se apagó como si hubiese sido ofendida en lo más profundo de sus creencias. En un tono muy diferente replicó:

    - No, no va a ser

Por un instante nos miramos confundidos. Nos habíamos ofrecido a comprar toda su mercancía y pagar por ella, sin duda no nos había entendido, pensamos.

    - Pero señora, le estamos diciendo que queremos todas las naranjas. Así podrá venderlo todo. ¿No le parece bien?

No podía imaginar que su respuesta me haría reflexionar durante semanas, porque aunque simple, encerraba una filosofía de vida y una forma de ser que me llevó mucho tiempo comprender. De alguna manera sacudió mi mente occidental mostrándome un abismo entre dos mundos.

En un gesto serio y con mucha dignidad nos dijo:

    - Si les vendo todo a ustedes… ¿qué voy a hacer el resto del día?

 

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